sábado, 9 de octubre de 2010

Una Demostración De Amor



Érase una vez, una madre que no sabía como demostrar el inmenso amor que sentía por su hijo. Es más, le incomodaba ver a las otras madres exhibiéndose, premeditada y públicamente, con exageradas carantoñas a sus pequeños, cosa que su marido no entendía a pesar de amarla. Ella, ante el más leve reproche por dicha actitud, se cerraba en banda, ignorando a su esposo por completo. Lo cual entristecía mucho al hombre, pues, le hacia dudar de los sentimientos de su esposa hacia su hijo.

El caso, es que, dando una elegante fiesta en el jardín de su casa, justo en un momento en el que se disponía a salir por la puerta del porche con una bandejita de canapés en la mano, vió como el 4x4 de su marido rodaba sin control, de culo y cuesta a bajo por la pendiente de acceso al garaje. Sin inmutarse pensó: “Ahí va el cacharro de mi marido, una vez más, a hacerse pedazos contra el muro” pero, tan pronto terminó la frese, vio a su hijo jugando, justo, en la misma pendiente, en mitad de la trayectoria del citado vehículo. Dándole un vuelco el corazón, soltó la bandeja de canapés, la cual, se estrello contra el suelo esparciendo los bocaditos por doquier, y sin dudarlo, se lanzó al rescate.

Desgraciadamente, los tacones y la falda ajustada que había escogido para la ocasión, jugándole una mala pasada, la hicieron caer de bruces contra el suelo, golpeándose e hiriéndose en el codo, la barbilla y la rodilla. No obstante, sin dar muestras de dolor, se recompuso con presteza, se quitó los zapatos de tacón, se rompió la falda con las manos, y ensangrentada, corrió, velos como una gacela, con la mirada fija en su niño.

Su marido y el resto de los invitados al verla correr se percataron de la fatalidad que se avecinaba, sin embargo, no supieron reaccionar, todos, inmovilizados, se quedaron absortos, mirando como se desenvolvían los acontecimientos.

Ella, negándose a malgastar fuerzas pidiendo ayuda. Atravesó, como una exhalación, el trecho que le separaba de los asistentes y se abrió camino a empujones entre ellos. Inclusive, se vio obligada a pasar por encima de la mesa donde habían depositado, con un gusto exquisito, las bebidas y de más degustaciones, esparciéndolas por el suelo.

Corrió como nunca lo había hecho, sin que nadie hiciera otra cosa más que mirarla. Cuando el vehículo estaba a poca distancia de su hijo, se interpuso velos entre ambos, cogió a su retoño y viendo que no le quedaba tiempo para más, se medio giró sobre él a modo de escudo y extendió, en un acto reflejo, uno de sus brazos hacia el 4x4, en ademán de pararlo.

Niño y madre murieron arrollados por el todo terreno sin que se pudiera hacer nada. Su marido, cegado por el dolor y la impotencia, e incapaz de emitir palabra, se desmoronó llevándose las manos a la cabeza. Los que le rodeaban se apresuraron a atenderle. El resto de los presentes, aterrados, en silencio y con lagrimas en los ojos, no salían se su asombro.

En un momento dado, una voz masculina, se atrevía a romper el silencio para decir con la voz quebrada: - ¡Dios mío! Eso ha sido una insensatez. A lo que una voz femenina repuso, embargada por la emoción: - ¡No! te equivocas, eso ha sido una demostración de amor.


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