jueves, 22 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


Ilustración ©MarcoASantanaS 

Apagado o fuera de cobertura hasta nuevo aviso.
Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo para todos los que me siguen  o pasen casualmente por aquí.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Improvisando Al Son De Las Mareas


Los días pasan, las horas vuelan y el espacio en la botella varía según el estado emocional en el que me encuentre. Si me deprimo sus paredes se contraen y si me ilusiono sus paredes se dilatan. En este reino, el silencio es mi aliado, la soledad mi compañera y las corrientes, las amantes seguidoras que propulsan mi viaje en la botella.

Así pasan los días, así vuelan las horas, y a medida que mi tiempo de vivir se acorta, mi tiempo de soñar aumenta. Haciéndome prever en la distancia, un esbozo de mi último viaje, que para mi sorpresa, no se muestra desdeñoso; más bien, hace intuir, que será un trayecto generoso. Agasajado por mis personajes, deleitado por mis canciones y arropado por la tenacidad de mi esperanza. Esa que nunca me abandona. Que me cuida con recelo de las tinieblas venenosas que aniquilan los anhelos y sumergen a las personas en la apatía irreversible de dejarse arrastrar por corrientes caprichosas ajenas a los universos que perciben.

Los días pasan y las horas vuelan en este, mi pequeño reino. No es un reino importante para nadie, ni aspiro a que lo sea. Es importante para mí y eso es lo que realmente cuenta. Enfocando la vida a través del cristal verde de una botella, escudo perfecto para un viajero sin rumbo, naufrago indiscutible de los acontecimientos que le ha tocado vivir, me abro comino con sigilo, ya que no me gusta hacer ruido, rumbo a ninguna parte, pues mi destino ineludible a bordo de esta botella es afrontar lo que venga improvisando al son de las mareas.

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martes, 20 de diciembre de 2011

Liebres y Tortugas



El Disléxico nace, no se hace. Son personas normales que asimilan la información por vías cerebrales diferentes a las supuestamente habituales. Los conocimientos escogen un camino más largo para asentarse en el cerebro, sin que por ello se deje de prender la llama del conocimiento. Por ello, estimadas y abundantes liebres, no deberíais subestimar a estas adorables y escasas tortugas, ya que, como alguien dijo una vez: "Lo que cuenta no es llegar primero si no saber llegar".


Ilustración ©MarcoASantanaS

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sábado, 10 de diciembre de 2011

Náufrago


Robinson Crusoe será el más conocido de los náufragos pero indudablemente no es el único. El tráfico de mensajes en botellas demanda un control más exhaustivo de las rutas marítimas en estos tiempos de aguas tan revueltas. Evitar posibles colisiones, con las consecuentes perdidas innecesarias de los valiosos contenidos que transportan, es prioritario. Pues, bien es sabido, que nadie expresa mejor sus sentimientos, que el que habita en soledad, aislado de su entorno por ajena voluntad. Es una verdad irrefutable. La soledad nos acerca de tal manera a nosotros mismos, que terminamos abriendo puertas inesperadas en los lugares más recónditos de nuestro ser. Lo que sale a flote no siempre gusta, pues, sin lugar a dudas, es más grato dejarse atrapar por el ruido, el bullicio y las distracciones de nuestra sociedad moderna, que centrarse, mirar al espejo del alma y hacer frente a lo que somos en realidad. - “La ignorancia es la felicidad”- se suele decir en estos casos.


Y es que, hoy en día, ser un Náufrago en un mar de gente no implica mayor esfuerzo. Suele suceder, que si eres una persona feliz y sin complejos, los demás se distancien de ti porque creen que no te tomas la vida en serio. Es más, si por el contrario,  eres una persona sumida en una mala racha y tu estado de ánimo no alcanza ni para una pizca de buen rollo, igualmente, todos huyen de ti como si portases la fiebre amarilla. Es una ecuación simple. El buen rollo incomoda y el malo repele. Lo mismo da. La cosa es guardar las distancias por si acaso. Nunca se sabe.

Cientos, miles o quizá más, encuentran en el aislamiento su razón de ser, y visto, lo dicho, quién se los puede reprochar. Aislarse, pensar, ser uno mismo, abrazar la auténtica felicidad. Qué maravilla tan difícil de alcanzar. Pues, para no llevarnos a engañemos, es bueno aclarar, que convertirse en Náufrago es sencillo pero mantenerse a flote jamás lo ha sido, ni lo será. Vivir requiere su esfuerzo, es una ley natural. Y para que no haya confusiones que nos desvíen de la realidad, tendremos que cuidar muy bien nuestros pasos, escoge con sabiduría la botella a tripular, y usar la cabeza, que para algo está. Nunca dejes de pensar. Así te será fácil ser un Náufrago entregado a la mar. Un ser adherido a la esperanza, que es la mejor tabla a la que te puedes agarrar. Surcando los volubles mares de la vida y sus corrientes saturadas por el exceso de tráfico de mensajes en botellas. Consecuencia de lo mucho que se desea decir y de lo poco que se desea escuchar.

Un Náufrago, accidental o no, se halla ajeno al ensordecedor mundo de los hombres, posee la capacidad de captar el auténtico e imperceptible sonido del mundo. Adherido con firmeza a lo primero que pilla a mano para seguir a flote en este sinfín de tempestades, es poseído por la citada cualidad, que lo mantiene receptivo a lo que sucede más allá de las fronteras de su mundo interior. Permitiéndole, observar en silencio desde su privilegiada posición, a los infelices que temen hacen frente a sus reflejos. Siendo testigo involuntario de los que son tragados por las olas. Simples corderos en las filas del matadero. Que sin oponer resistencia, se acomodan al va y ven de las olas, ponen sus vidas en sus manos y dejan que los arrullen despreocupadamente hasta recibir, de manos de estas, el estacazo definitivo que los catapulta a la cima de la montaña de ahogados que se asienta en el seno de las tinieblas de nuestra maleable realidad.
¿Para qué preocuparse? ¿Para qué pensar si ya lo hacen por ellos? Porque claro, pensar, lo que se dice pensar, requiere un esfuerzo demasiado grande para los que se dejan engullir con facilidad por las mareas ruidosas y bulliciosas. Movidos por el miedo al aislamiento, por el miedo a abrazar la soledad, por el miedo a asumir, que como todos, son Náufragos en esta realidad en la que flotamos a la deriva.

Si señores, pensar requiere un gran esfuerzo. Hacer girar los engranajes por uno mismo, sin estimulo externo, no es tarea fácil. No hemos de olvidar, que existen distintos niveles de almacenamiento de neuronas, sin que ello implique, que, el que más tiene, más razone. De ahí, la diferencia entre Náufragos y Ahogados, pues el Náufrago, es el que, a pesar de los contratiempos, lucha por seguir a flote; y el Ahogado, el que se ve incapaz de hacer frente a lo que se le viene encima, dejándose llevar, si más, a las oscuras profundidades sin retorno. Ignorando, que si lanzara alguna que otra botella (perfectamente etiquetada con sugerencias de lo que porta en su interior) al mar de la vida, podría contribuir, de algún modo, a su salvación.
Pero tristemente, los mensajes de estas entidades tienden a ser ilegibles. Suelen tener la maquinaria del pensamiento poco engrasada. Sumidos en la confusión, unos solo piensan en lo que buscan y otros no saben lo que buscan. Unos no piensan porque no se encuentran y otros se encuentran sin pensar. Cientos de galimatías a la deriva generando ignorancia, es decir, engañosa felicidad.

Esta claro, que, ser maleable, moldeable, manejable y aceptable para ser arrastrado al unísono por la marea general, no ayuda en modo alguno a la hora de afrontar las ineludibles tempestades que nos azotan día sí y día también. Solo los Náufragos, conocen esa verdad. Porque, el que ha luchado contra ellas y lo ha podido contar, sabe cómo adherirse a una tabla, soportar vientos y mareas, abrazar tierra firme y lanzar mensajes en botellas compartiendo sus verdades.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Roca

Esta es la historia de un vinicultor que vivía al pie de un volcán. Sus tierras tenían la particularidad de nacer en la base del mismo y extenderse algunas hectáreas en ascensión al cráter. Justo en la mitad de las susodichas había una enorme roca de piedra caliza que se elevaba como un gigantesco menhir, marcando la línea divisoria que delimitaba las tierras cultivadas de las que aún no lo estaban. Y es que, el vinicultor, no estaba dispuesto a ceder ante la citada roca. Soñaba con dejar sus tierras diáfanas antes de terminar de cubrirlas de vides, pero el obstáculo anteriormente expuesto enturbiaba sus aspiraciones, por lo que le había declarado la guerra encarecidamente.

Todas las madrugadas, antes de salir el sol, dedicaba una buena parte de su tiempo a picotear la base de la roca, con la esperanza de que ese tronco pétreo cediera en cualquier momento y cayera vencido al suelo. Cuanto deseaba que llegase ese día. El día del fin del adversario. El día en el que sus tierras no se vieran mutiladas por ese miembro hostil para el cultivo.

Su esposa, una mujer humilde y trabajadora, llena de supersticiones, pensaba que la roca era propiedad de los duendes del fuego (unos personajes surgidos de las leyendas populares del lugar) y que su marido, con esa actitud, los estaba ofendiendo, por lo que el día menos pensado se vengarían por su osadía.

Así transcurrían sus días. Él plantando cara a golpes de pico a su odiada roca y ella pidiéndole que dejase las cosas como estaban, que si los duendes la habían puesto ahí, seria por algo. Enzarzados en posturas irreconciliables convencidos de estar en posesión de la verdad, se distanciaban absurdamente uno del otro, inmersos en sus rutinas cotidianas.

Un buendía el volcán se levantó gruñón. Puestos a discutir él tenía todas las de ganar. El vinicultor, a pesar de oír el tronar de sus rugidos no se amedrentó, se apoyó el pico en el hombro (tal cual soldado de plomo) y partió de madrugada, desfilando rumbo a su obsesión. Haciendo oídos sordos a las suplicas de su mujer, que estaba convencida de que su marido había provocado la ira de los duendes del fuego.

 El sonido del pico contra la roca apenas era audible debido a los crujidos del volcán. No obstante, indiferente a los acontecimientos, nuestro tozudo protagonista no cedió ni un ápice en su fijación y continuó picando con las miras puestas en las hectáreas que iba a recuperar.

De súbito, la tierra tembló con una violencia tal, que el inmenso menhir se doblego como una brizna al viento, cayendo, a plomo, sobre el vinicultor, sepultándolo por completo. Cuando el seísmo cesó nadie podría haber dicho que alguien había estado ahí.

Las horas transcurrieron y el volcán se calmó. Un silencio repentino pareció apoderarse de todo durante unos minutos; hasta ser roto por el canto de unos pájaros y el susurro de la brisa. Haciendo retornar a la sosegada atmosfera que acostumbra reinar en estos parajes.

Llegada la tarde, la mujer del vinicultor, viendo que no volvía, se aventuró a ir en su busca.

Al llegar a la zona de la roca se sobresaltó al verla derribada. Miró en todas las direcciones buscando a su marido pero no lo hallo. Guardó silencio un tiempo, hasta que una expresión de horror se dibujó en su cara, y con la misma, salió corriendo. Huyendo del lugar como alma que lleva el diablo.

Un mes más tarde, volvió al lugar acompañada por dos hombres. Se detuvieron delante de la roca abatida y ella les comento algo en voz baja señalando un costado de la misma.

Los hombres, que venían con unos fardos, sacaron de ellos sendos escoplo y martillo, y acto seguido, esculpieron en la piedra, acorde con los ecos de sus golpes en la distancia, el siguiente escrito:

“AQUÍ FUE ABDUCIDO POR LOS DUENDES DEL FUEGO EL HOSTINADO DE MI MARIDO. EL DÍA QUE SEA LIBERADO, ESPERO QUE LEA ESTO, Y ENTIENDA, QUE YO TENIA RAZÓN Y EL NO”

Ilustración ©MarcoASantanaS

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miércoles, 26 de octubre de 2011

La Llave


Recuerdo un fatídico día en el que me disponía a abrir la puerta de mi coche cuando, tras palparme los bolsillos, descubro que no dispongo de la llave. (Ya saben, esa curiosa herramienta que nos facilita el acceso a su interior) Contrariado por el imprevisto, vuelvo a casa convencido de que se me ha quedado allí.
Una vez en ella, el primer lugar en el que miro es sobre la mesita de la entrada, donde acostumbro a dejarla, pero curiosamente no está. Con la mosca detrás de la oreja, me agacho y busco con la mirada en los alrededores de sus patas; no sea que se me hubiese caído en un momento dado.  ¿Qué extraño? – Pienso en voz alta al ver que tampoco está en el suelo. En ese momento tengo una visión que ilumina mi mente de un modo poco habitual en mí. Haciéndome recordar, que a mi mujer no le gusta que la deje ahí, de mala gana, sobre la mesita de la entrada; que prefiere, que la cuelgue en el armarito de las llaves, junto a las otras.
Me dirijo raudo, velos, hacia una cajita ínfima que se halla colgada en la pared, justo encima de la renombrada mesita de la entrada. – ¡Anda! ¡Que curioso! No me había percatado de lo cerca que está una del otro. – Exclamo sinceramente sorprendido. Abro sus puertecillas de par en par, tirando con los dedos de unos pomos diminutos, y asomo mi nariz prominente en su reducido espacio interior, convencido de que mi búsqueda toca a su fin. Pero no es el caso. La llave no está.
Se me pasa por la cabeza, que es posible, que se me haya caído por el camino, por lo que vuelvo sobre mis pasos escudriñando con la mirada cada recoveco del trayecto hasta el coche y repito la operación de vuelta a la casa, pero nada.
 – Quizá mi mujer la ha cogido por error. – Me digo palpándome nuevamente los bolsillos, por lo que decido llamarla por teléfono y preguntar. Cosa que hago sobre la marcha.
En principio, la conversación fluye con normalidad. Me permito el lujo de gástale algunas bromas mientras ella diserta sobre lo maravillosos, guapos e inteligentes que son nuestros hijo. Pero, cuando ingenuamente convencido de que se ha creado el clímax adecuado me aventuro a exponerle el acuciante tema que me atañe, las tornas cambian. En cuestión de milésimas de segundo, mi mujer, se “rebota” de mala manera, dejando salir al exterior a la niña del exorcista que lleva dentro. Expulsando por su boca, un sinfín de improperios, tacos, rayos, centellas y de más anomalías verbales; que derriban mis defensas auditivas y golpean mis tímpanos sin contemplaciónes, tal cual ondas sicodélicas de chirridos discordantes. Motivo por el cual deduzco que llamarla no ha sido, lo que se dice, una buena idea.
Admito que me veo tentado de colgar el teléfono al instante, pero no lo hago, porque me consta, por experiencia, que volvería a llamar reiteradas veces hasta que me viera obligado a contestarle por puro agotamiento. Y en ese hipotético caso, tendría el motivo añadido de haberle colgado para seguir descargando su cólera en este humilde portador de una neurona, que se afana en enderezar el entuerto en el que ahora se halla inmerso. En consecuencia, opto por dejar el teléfono descolgado, mientras sus gritos aun salen del auricular atropellándose unos a otros, y me alejo, en pos de recuperar la trayectoria de mi arduo periplo por las sendas de esta incógnita tan apabullante… ¿Dónde está la dichosa llave?
Al alejarme, el desagradable discurso procedente del auricular del teléfono disminuye hasta adoptar un tono más moderado, molesto, pero soportable. Momento en el cual no puedo evitar preguntarme:  ¿Cómo es capaz de hablar tan deprisa y durante tanto tiempo sin hacer una pausa para respirar?...
Decido hacer borrón y cuenta nueva. – Empecemos por el principio – Me digo, intentando aclarar mis ideas. – A noche, cuando llegué, tenia la llave en la mano, y si no recuerdo mal, la dejé sobre la mesilla de la entrada. Justo donde mi mujer no quiere que la deje. Pero misteriosamente no se encuentra ahí. – En ese momento lo veo claro. Aquí la única solución es entrar a saco y hacer un barrido general de todo el apartamento.  Así que, sin preámbulos, me dirijo a la habitación de los niños, y sentado en el suelo, empiezo a vaciar las cajas de juguetes una por una y a removerlos en busca de mi preciado tesoro. No sería la primera vez que aparecen revueltas entre ellos.
Sin hacer mención al estado en el que dejo la habitación, una vez termino con ella, arremeto contra el resto sin dejar un lugar en el que mirar.
Asalto al sofá del salón, levanto todos los cojines y meto la mano por todos sus recovecos sin excepción. De estar en su lugar, hubiese presentado una demanda por abuso sexual, es más, dudo que el hecho de que estuviera buscando una llave fuera considerado como circunstancia atenuante. Que le vamos a hacer, en circunstancias extremas uno no puede andarse con remilgos.
Miro en los cajones de mi mesa de noche, en las gavetitas del mueble del salón, debajo de las alfombras, en la lavadora, en la secadora, pero nada.
Con los cuatro pelos que me quedan en la cabeza completamente engrifados, me vuelvo a sentar en el suelo, echando humo por las orejas por lo mucho que he hecho trabajar a mi neurona. Así, desalentado, asumo que he cubierto todo el espacio que comprende el apartamento sin obtener resultado alguno.
En un momento dado guardo silencio, pues creo oír un ruido anormal tras unos libros en el suelo. Me quito el zapato y me dirijo sin reservas directo al lugar de donde proviene el sonido, dispuesto a descargar toda mi frustración sobra la posible alimaña que osa invadir mi espacio. Pero para mi sorpresa, la alimaña, no es otra que el dichoso teléfono descolgado que había caído al suelo escupiendo intoxicado el interminable rapapolvo de mi mujer.
– ¡Dios mío! Aun sigue ahí. – Susurro mientras me siento una vez más en el suelo, con un dolor de cabeza indescriptible y la mirada perdida en el infinito. Así me quedo cavilando en los posibles lugares en los que podría haber dejado la escurridiza llave.
En esto, entra en la habitación mi hijo sujetando una banqueta de plástico celeste con ambas manos, y sin dejar de observarme con esa chispa ausente en la mirada, propia de los niños de su edad, me pregunta: – ¿Estas malito Papi? – Y yo contesto – Sí, muy malito, me duele mucho la cabeza. – A lo que él sugiere – Mami se pone hielo en la cabeza cuando le duele. – Efectivamente, esa era una de sus costumbres. – ¿Quieres hielo? – Me pregunta sonriendo con alegría. – ¿Por qué no?... – Pienso. – Sí hijo, déjame unos cubitos.
Con el rostro iluminado, feliz de poder hacer algo por su padre, pone la banqueta en el suelo, junto a la nevera, se sube en ella de puntillas y malamente abre el congelador. De un saltito atrapa un vaso de cristal y lleno de satisfacción me lo entrega en mano.
– ¡Ah que fío tan bueno! – Me digo, mientras me paso el vaso por la frente. – Que agradable sensación, justo lo que necesitaba. – Así, permanezco un buen rato, hasta que el contenido del mismo y el vapor adherido al cristal empiezan a derretirse. Con las primeras gotas de agua que recorrer mi frente aparto el vaso y me quedo observándolo mientras me sigo flagelando por la perdida de la llave.
Mi mujer sigue con lo suyo al otro lado de la línea de teléfono, ajena, a que yo hace tiempo que he dejado de escucharla. Mi hijo, se ha sentado con su banqueta justo delante de mís narices, mirando cada uno de mis movimientos sin parpadear. El apartamento es un autentico campo de minas. No hay por donde cogerlo. En mi afán por encontrar la llave, no me molesté en volver a colocar las cosas en su sitio.
Ante semejante panorama, alzo el vaso con una mano, emulando a Hamlet de William Shakespeare sosteniendo el cráneo, y cuando me dispongo a recitar el consabido “Ser o no ser” me percato de una sombra oscura en su interior.
Como el hielo está medio derretido, giro la mano de forma mecánica dejando caer al suelo el contenido del citado recipiente. La piedra de hielo cae, estrellándose contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos y dejando al descubierto el secreto que portaba en su interior.
Inmóvil, debido al conflicto de emociones que hierven en mi interior, pregunto a mi hijo con un hilo de voz: – ¿Por qué estaba la llave del coche en un baso de agua dentro del congelador?... – A lo que él responde sin inmutarse: – Para que no se pierda Papi.


Ilustración ©MarcoASantanaS


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martes, 18 de octubre de 2011

Canción: ¡REACCIONA! 2011-09-30

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Ya llega la fecha, y les vemos desfilar.
El circo de los hipócritas, está a punto de empezar.
Embriagados de cinismo, nos pretenden torear,
cargados de promesas, que luego incumplirán.
Dudosa moneda de cambio, que merma la dignidad,
del que danza en la cuerda floja, y del que ya ha caído al mar,
e  implora caridad, ante tanta impunidad.
¡REACCIONA!

Ya llega el debate, a ver quien “mea” más.
Afinan la puntería, sin miedo a salpicar.
Aquí lo que cuenta, es saber avasallar,
hundir al oponente, para que no pueda remontar.
No sea que se haga fuerte, y plantee oposición
a estos, sus designios, delirante epifanía,
que deslumbra en un nirvana,
incuestionables hasta para Dios.
¡REACCIONA!

Ya llega el momento de tomar una decisión.
Plantarse. ¡Decir basta! Cambiar la situación.
Porque el pueblo es el que decide, no el títere  de ocasión,
inflado por los medios, que se vende al mejor postor.
Somos cientos contra pocos, no hay que sentir temor.
El poder está en tus manos, y también la decisión.
Alza el puño mientras gritas, haciendo oír tu voz.
¡REACCIONA!

Y mientras las ventosas, adheridas al poder,
se enquistan, se eternizan, se reparten el pastel.
Sanguijuelas codiciosas, succionando el elixir,
de los que callan y otorgan, porque es más fácil así.
Patética apatía, que esclaviza sin pudor,
y te cede como cobaya, para la especulación,
de la Banca y sus subidas, de la Banca y sus bajadas,
que te clava y te desahucia, cuando no te queda nada.
¡REACCIONA!

Y ahora amigos míos, se presenta la ocasión.
Ya llega la fecha, hay que asumir una posición.
No la desperdicies, escucha la voz de la razón.
Esa que no se equivoca, que habita en tu interior.
Si limitas el poder, mermarás la corrupción.
Es una lógica sencilla, de fácil aplicación.
No reduzcas tu elección, a los polos habituales.
Divide, reparte, vence, y nunca te calles,
y nuca te calles, y nuca te calles.
¡REACCIONA!

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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

domingo, 4 de septiembre de 2011

Una Luz Tenue


Una luz tenue, a un paso de la extinción, se desplaza en la noche. Podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera. Se desplaza sin rumbo, oprimida por un eterno nudo en el pecho, presa de la incertidumbre, interrogante ineludible de aquellos que han perdido el control de su destino; lamentándose, de que, en este corto espacio de tiempo que llamamos vida, nada tiene sentido.

¿De qué sirve ser luz en la oscuridad si se desconoce el camino a seguir? Nutriéndose de un sin fin de frases hechas, cargadas de optimismo y buenas intenciones (que a fin de cuentas, no son más que máscaras de diversos colores para lucir según la ocasión, a razón de cómo se presente la mañana) anhela desde lo más recóndito de su ser, huir de este reino. Parasito insaciable que se nutre de su ser, debilitándola, hasta casi hacerla desaparecer. Ojalá pudiera dar un inmenso abrazo al espíritu de la felicidad, para así, brillar con la incandescencia que tanto la caracteriza.
No lo admite abiertamente, pero necesita encontrarla a toda costa. Aun sabiendo, que para hallarla, tendría que hacer borrón y cuenta nueva. Tendría que romper con todas las decisiones que la han catapultado a la prisión emocional en la que se encuentra. Pero… ¿Cómo hacer semejante cambio sin ocasionar daños colaterales?... ¿Qué culpa tienen los demás de las decisiones que ella, voluntariamente, ha tomado?...

Toda su vida ha procurado actuar con corrección. Es una entidad de principios y no puede hacer oídos sordos al reclamo de estos. Desearía, ser lo suficientemente egoísta como para cerrar el quiosco, echarse el petate al hombro y marcharse sin pensar en las consecuencias. Pero claro, si hiciera eso, ya no seria ella, seria otra cosa, y a esta luz, que baga solitaria en la noche, le gusta saber quien es. No podría mirarse al espejo y no reconocer su reflejo. En consecuencia, cuando llueven los gritos, cuando le persiguen las acusaciones, los reproches y las amenazas. Cuando nada de lo que hace es suficiente… Desconecta. Se transporta a otro lugar. Un lugar modelado a su antojo. Un refugio donde tiene la capacidad de cambiarlo todo sólo con un pensamiento. Un universo al que sólo puede acceder su forma etérea. Y en ese refugio insonorizado, aislado del mundo, se reescribe. Se reescribe por reescribirse. Sin pretensión alguna. Sin ambición. Sin doble intención. Sólo se reescribe. Porque al reescribirse se siente mejor. Porque es una buena terapia. Le ayuda a engañarse ha sí misma. Le da sentido a lo que no lo tiene. Es la inercia que tira de ella. Arrastrándola a seguir adelante sin cuestionarse los pormenores de su eterno desencanto.

Hay días, en los que, al reescribirse, se ve con fuerzas para encarase con el portal del destino, pararse ante él, y con la determinación que ha sido capaz de reunir, incitarse a cruzarlo. No obstante, duda… ¿Sería capaz de marchar sin haber abrazado a la felicidad?... ¿Sería capaz de marchar y dejar atrás sus responsabilidades?... Así pues, cerrando sus ojos inundados de lagrimas, se da la vuelta, dispuesta a retirarse a su prisión. Pero antes de retornar, vuelve la vista atrás, y durante unos segundos, observa el portal. Pues sabe, que en él, en alguna parte, hay otra entidad luminosa en las mismas condiciones que ella, un alma gemela que la necesita tanto como la necesita ella. Y susurrando, ruega, que esa entidad sea lo suficientemente fuerte como para romper sus cadenas y venir a rescatarla de las suyas.
Suspira y se aleja despacio de las prometedoras expectativas que le sugiere el portal. Reubicándose en su periplo rutinario y carente de estimulo, sin rumbo definido en las oscuras vías de la extinción. Cumpliendo con lo que se espera de ella, en la medida, en que se ve capaz de cumplir, y aferrada a la esperanza de que una entidad semejante la aleje de ese lugar.
Curiosamente, mientras todo esto sucede, al otro lado del portal del destino, una entidad llamada, Felicidad, espera paciente, con los brazos abiertos, a que la luz tenue, que podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera, se decida a cruzar la delgada línea que las separa.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

sábado, 13 de agosto de 2011

La Botella Herida



Tiempo atrás, hubo un naufrago, en el mar de la vida, que lanzaba a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, que dichos envíos fueran correspondidos. Cosa que nunca sucedió. Por lo que, harto de esperar, decidió, un buen día, aventurarse, personalmente, a buscar las respuestas que tanto ansiaba.

Así pues, quedándole sólo dos botellas de las muchas que tuvo, extendió el brazo hacia ellas al azar, (sin siquiera mirarlas, sin sopesar cual seria la más apropiada para embarcarse en tan arduo viaje) escogiendo una botella hermosa, alta y estilizada, cubierta de motivos florales en relieve. Y sin más, se lanzo al mar, se introdujo en ella, y dejó que las olas les arrastrasen al interior.

La botella restante, de aspecto ordinario, liza, de cuello largo y cuerpo abombado, tirando a fondón. Arropada por el abrazo de la arena, y acariciada por el ir y venir de las olas, quedó sola con el alma rota. Mirando como las corrientes alejaban a su compañera, portando en su seno, a la fuente de su amor.

Sintiéndose traicionada, ahoga su desazón con el silencio de su llanto, y se tortura preguntándose, reiteradas veces, por qué no la escogió. ¿Cómo no pudo ver que ella contenía un alma, y la otra estaba hueca?

 ¿Qué se supone que debe hacer ahora que la persona amada ha destruido sus expectativas? ¿Cómo seguir adelante cuando siente que no puede confiar en nadie? Ojalá pudiese encontrar a alguien que la amase del mismo modo en que ella es capaz de amar. Alguien que tuviese principios parecidos a los suyos. Que fuera fiel sólo porque la fidelidad es lo propio cuando se ama de corazón.

El amor es injusto, y la dedicación a él ingrata. Después de permanecer tanto tiempo a su lado, escuchando sus mensajes embelesada, no concibe el hecho de que la haya abandonado; y menos de ese modo tan frío. Sin la gentileza de despedirse de ella. Sin el más mínimo detalle. - ¡Si se hubiese dado cuenta del amor que le procesaba! – Se lamenta suspirando.

Se siente tan sola. La vida se le muestra como una pesada carga. Sin expectativas. Sin rumbo a seguir, ni un lugar al que ir, ni un objetivo por el que luchar. Desalentada, se deja llevar, porque la nada se le presenta como la única e ineludible alternativa.

¿De que sirve amar a quien no sabe amar en igual medida? ¿Cómo no pudo ver que se rezagaba premeditadamente? Que se escondía tras las otras con el fin de pasar el mayor tiempo posible a su lado. Anhelando ser la última botella que lanzara al mar. La última en adorarle. La última en portar sus mensajes de esperanza.

No se siente bien. Le duele el alma y no consigue sanar ese dolor. A la vez, la rabia le consume. Odia sufrir por culpa del egoísmo de su amado.

Decepcionada, se deja rodear por una inesperada corriente de aire, que, en forma de pequeño remolino, penetra en ella como una exhalación, y sale del mismo modo. Dejándola hueca, al tiempo, que hace sonar su boca al partir, como lo haría la sirena de un barco al hacerse a la mar.

El alma, que habitaba en ella, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por el inesperado remolino. Y al alejarse, envuelta en el reconfortante abrazo de la citada corriente, vuelve la vista atrás, con la intención de despedirse de su botella, pero no lo hace. Conmovida, por verla transformada en un mero recipiente de vidrio; sola, hueca y abandonada, en la orilla de los límites del mar de la vida. Siente como se le encoge el corazón ante esa estampa. Cierra los ojos, da un hondo suspiro, y se lamenta de que los hombres (aún siendo al azar) siempre escogen por el frasco, no por el contenido.

Ilustración ©MarcoASantanaS 

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lunes, 8 de agosto de 2011

Raíces Profundas


Asentada en el centro de una cuenca entre dos montañas, se hallaba una casita blanca de tejas rojas de arcilla orneada. Esta, junto con una pequeña y variada huerta (esmeradamente cuidada) que rodeaba la rustica propiedad, y algunas cabritas albergadas tras un vallado de madrera en uno de sus laterales; proporcionaban, sobrado refugio y sustento a su propietaria. Una anciana sexagenaria, cuyas raíces familiares en la citada propiedad, se perdían en los albores del tiempo. Por lo cual, gustaba de decir, que, hasta donde podía recordar, siempre había estado ahí.

Esta mujer, integrada en el entorno, pasaba el tiempo que le sobraba de sus tareas agrícolas, sentada en el porche, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, y sonriendo a las puestas de sol, maravillada por la magnitud de su belleza. Sin lugar a dudas, era feliz en su pequeño reducto natural, lejos del mundanal ruido, las aglomeraciones y las impurezas de las urbes.

Cierto día, el cartero del municipio le entregó una notificación, la cual dejó, (como era su costumbre) sobre un aparador de madera maciza labrado con hermosas florituras que tenia en su dormitorio. Junto al resto de la correspondencia que esperaba ser leída por su hijo, que solía venir a verla, como mínimo, una vez por semana.

Así fue, que este se personó, fiel a su costumbre, y le leyó con ternura todas sus cartas; dejando para el final el comunicado. El cual, ojeo por encima en silencio, y sin más, se lo guardo en el bolsillo. Le dio un tierno beso a su madre, y (tras bromear cariñosamente con ella) se marcho.

La anciana, sin darle mayor importancia al tema, continuó con su rutina, feliz de volver a estar sola, pues, aunque le agradaban las visitas de su hijo, adoraba el intenso vínculo que le unía a aquel lugar. Refugio del ritmo compensado de su alma, de su soledad en compañía de objetos y recuerdos, del goce de sus largos silencios arrullada por las transiciones cotidianas de luces y sombras, acompasadas, por tenues sonidos relajantes, brotando, aleatoriamente, de los infinitos recovecos de ese místico entorno natural.

Una tarde, su hijo, en una de sus visitas, la invitó a pasar una temporada en su casa, para que pudiera disfrutar de la compañía de sus nietos. La idea no le desagrado, pues adoraba a esos diablillos. Así pues, hizo una pequeña maleta y se fue con él.

Allí, fue tan dichosa, que perdió la noción del tiempo, para cuando empezó a sentir añoranza de su hogar ya habían transcurrido unos años, y pese a la adoración que sentía por los pequeños, no podía ignorar la persistente y sutil llamada que le inducía a volver a su pequeño reino.

Así se lo hizo saber a su hijo. Pero este, con el corazón en un puño, ya no pudo seguir ocultándole que sus tierras habían sido expropiadas por el estado, con la finalidad, de desviar el cause de un río cercano y hacer de la cuenca una presa. Se disculpó, por no haber tenido valor para decirle, que el comunicado que había recibido, era un aviso de desahucio, de inmediato cumplimiento, y que, en aquellos momentos, su pequeño universo se hallaba sumergido bajo las aguas, mientras las autoridades pertinentes, festejaban eufóricas la inauguración de la nueva presa por todo lo alto.

La anciana, viéndole tan perturbado, lo tranquilizó con voz tierna, como solía hacer cuando era niño. Luego se retiró a su dormitorio, del que no salió hasta el día siguiente. Con la luz del nuevo día filtrándose por la ventana, se dirigió nuevamente a su hijo, para recordarle que deseaba volver a su hogar. El joven, apesadumbrado, volvió a disculparse relatándole lo sucedido, y tan pronto terminó de hablar, ella, sistemáticamente, dio la vuelta, retirándose a su dormitorio y permaneciendo en él hasta el día siguiente.

Los días transcurrieron sin que el ritual dejase de repetirse. Madrugada tras madrugada. Una y otra vez, hasta que el alma de la anciana se evaporó, quedando sólo una mortaja ambulante, que se desplazaba por inercia, soltaba su discurso y se volvía a marchar.

Su hijo, sin fuerzas para seguir dándole explicaciones. La miraba con tristeza, la escuchaba con infinita paciencia y la acompañaba con delicadeza a su habitación.

Una mañana de verano dejó de hablar. Una tarde de otoño no se levanto más. Una noche de invierno dejo de respirar.

Tuvo un funeral sencillo, acompañada por todos sus allegados y amigos que tanto la estimaban. No obstante, en primavera, (la época que más le gustaba a la difunta anciana) su hijo, por iniciativa propia, solicitó exhumar su tumba e incinerar sus restos. Los cuales, llevó a la cuenca y espació sobre la presa, con la esperanza, de que las cenizas pudiesen hacer que, una parte de su madre, regresara a descansar al lugar que la vio nacer.

Lo curioso del caso, es que, el joven, nunca supo ver que el alma de su madre había abandonado su cuerpo mucho tiempo antes de morir. El amor por su hogar era tan intenso que no pudo esperar.

Hoy día, a varios metros de profundidad, sumergida en la presa, permanece intacta la casita blanca de tajas rojas de arcilla orneada. Y si pruebas a mirar con los ojos del corazón, quizá veas, que en su porche, se halla sentada, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, una anciana, que sonríe a unas prodigiosas puestas de sol, dignas de la visión de los Ángeles.
Ilustración ©MarcoASantanaS
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jueves, 21 de julio de 2011

El Disléxico Cabalga Solo

El disléxico cabalga solo. No es que no le guste estar con otras personas, sino que, la mayoría, no suelen tener, ni paciencia, ni ganas de estar con él. Así es la realidad. Lo normal, es que le despachen con un simple y apresurado: “Haber estudiado más”. Acto, que lo relega a los límites de la marginalidad, pues, es demasiado listo para ser “estúpido” y se siente demasiado estúpido para ser “listo”. De ese modo, este viajero accidental, se convierte en un “Llanero Solitario”, que cabalga en tierra de nadie, esquivando burlas y comentarios despectivos (de listos por un lado y de estúpidos por otro) con suma resignación.

Desde que tengo uso de razón he arrastrado esa pesada carga. Recuerdo, que, en el primer colegio en el que estuve, me mantuvieron en Párvulo, más tiempo del estipulado, por la pereza que les suponía tener que orientar a un niño que solo requería un enfoque diferente de los conocimientos a asimilar.
El caso, es que, los supuestos “Docentes” de ese centro, por increíble que parezca, se dejaron ir, la friolera de dieciocho largos meses. Cuando se percataron de su desastroso despiste, de que me habían dejado abandonado en el aula de Parvulario por pura ineptitud, se apresuraron a subsanar el “despiste” incorporándome, con carácter inmediato, en el Aula de 2º de EGB.
(Entiéndase, que yo, en todo ese tiempo, solo había realizado actividades propias de Párvulo. Es más, estos individuos, me incorporaron en el Aula de 2º a principios del tercer trimestre, por lo que podréis imaginar las desastrosas consecuencias).
El mismo día de mi incorporación, la “Docente”, me envió a la pizarra, junto con otros niños, para que realizara una sencilla división. Todos la hicieron, menos yo. Estaba aterrado, no sabía que debía hacer, nadie me lo había explicado.
Como es lógico, me eternice ante la pizarra observando la división, quizá, esperando que, por gracia divina, el conocimiento se depositara en mí. Cosa que no pasó.
La “Docente”, perturbadoramente molesta por mi falta de colaboración, cogió un palo, (que, en un tiempo, había formado parte de una silla) y sin mediar palabra, comenzó a asestarme golpes con él, mientras repetía al compás: - Divide, divide, divide…

Pues no, ese día no aprendí a dividir. Ahora bien, la idea de que la figura del profesor era sinónimo de castigo, quedo resonando en mis cavidades neuronales el resto de mi etapa escolar. Ese suceso, me convirtió en un niño que no confiaba en los profesores. Un niño, que aprendió a huir de ellos, a evitarlos a toda costa. Que jamás levanto la mano para hacer una pregunta por miedo a las consecuencias. Un niño, con un único objetivo, no llamar la atención, pasar desapercibido, no destacar para no atraer la atención sobre si mismo. Que no reparasen en mí, se convirtió en mi única y constante prioridad.

Al finalizar aquella dolorosa jornada. Ya de noche. Arropado en mi cama. Le pedí a Díos, morir antes del amanecer, para no tener que despertar y volver a aquel horrible lugar. Pero no fue así… Tuve que soportar esa situación hasta acabar el curso.
Gracias a Díos, algunos padres supieron ver lo que pasaba y tomaron medidas al respecto. Consiguiendo que cerraran el centro, pues, por lo visto, ninguno de los “Docentes” que componían el elenco del profesorado, disponía de la titulación pertinente para ejercer como tales.
Que se haga justicia siempre es de agradecer. No obstante, el daño ya estaba hecho. Quedé eternamente encasillado como VAGO, no importaba que sacara sobresalientes en el resto de las asignaturas. Si no era capaz de superar mis dificultades para desenvolverme con los números y las letras, jamás dejaría de ser un VAGO. Créanme cuando les digo, que no es una tarea fácil. Llevo varios días revisando el texto que ahora leéis, y no importa el tiempo que empleé y las veces que lo relea, siempre encuentro errores. Es frustrante no tener control sabre algo que sabes que puedes hacer bien, es un autentico calvario, os lo aseguro. ¿Cuál es el secreto? ¿Por qué unos sí y otros no? Llevo haciendo estas preguntas toda la vida sin obtener respuesta. El caso, es que no soy del grupo de los que se proclaman “normales”. Pertenezco al de los raritos, los anómalos, y disimularlo no sirve de nada. Siempre va haber algo que me delate. Este blog es una buena prueba de ello. Lo concebí con la finalidad de obligarme a mejorar mis deficiencias. Consciente de que se me haría dura la batalla. En estos momentos, dudo de todo, hasta del lugar que ha de ocupar un punto o una coma. Demasiadas lagunas. Demasiadas cosas que debí aprender y no aprendí.

Aún hoy, después de haberme enfrentado, una y otra vez a mis recuerdos. Cuando alguien me coge con la guardia baja, haciéndome una pregunta directa con la que no cuento, me bloqueo. Mi mente se queda en blanco. No importa si sé la respuesta o no. Simplemente, me bloqueo. Es una sensación extraña. Como si aquel niño asustado aún habitara en mí. Escondido en algún recóndito lugar, incapaz de salir por miedo a lo que pudiera pasar.

Nunca he ocultado, ni ocultaré, dichas dificultades. La intención, no es esconderlas, sino, tratar de corregirlas. Soy transparente. Aquel que no sepa verlas es porque no las quiere ver. Los hay, que se rasgan las vestiduras ante ellas, ignorándome, amplia y rotundamente, como si temieran que se les fuese a pegar algo. Otros, permanecen aparentemente impasibles. Amables y correctos, simulan no percatarse de ellas, sin embargo, la decepción se dibuja en sus miradas. Pero yo, no experimento mal estar alguno, pues sé muy bien quien soy. El error lo cometen ellos, dejándose arrastrar por sus prejuicios.

Vamos a ver, tal como lo veo yo, estoy tocado pero no hundido. Reboso optimismo. Esa ha sido siempre mi mejor baza. He procurado mantener siempre mi dignidad intacta. Autodidacta por necesidad, no me he privado de hacer las cosas que me gustan, aunque las haya tenido que hacer solo, adoptando la actitud, ya citada, de “Llanero Solitario”, que se parte de risa cada vez que ha de recitar la consabida frase de estos cowboys de medio pelo: “ ¡Yo cabalgo solo forastero!”.
Estoy convencido, de que, si hubiera recibido un mínimo de atención en mi infancia, ahora, brillaría con el doble de intensidad, y nadie notaría mi ineludible Dislexia.

Al disléxico, le sobra empatía, es muy tolerante con los demás, pero terriblemente intolerante consigo mismo. No nos podemos permitir el lujo de pasar por alto nuestra anomalía, (si es que se le puede llamar así). Eso nos hace tener un afán de superación por encima de la media. Porque, el disléxico, se sabe inteligente, y ansia el reconocimiento y la aceptación que siempre le fueron negados.

Hoy en día, embriagado por la dicha que reportan los hijos. No puedo evitar verme reflejado en ellos. No puedo evitar recordar al niño que fui. No puedo evitar adorarlos, pues, poseen mi vitalidad, mi brillantes, mi alegría, mi espontaneidad… en resumen, están llenos de mi persona. Por último, y no menos importante, no puedo evitar sentirme inmensamente agradecido de tenerlos; porque, a través de ellos, cuando los protejo, los educo, los quiero, los abrazo; estoy retrocediendo en el tiempo. Estoy derribando barreras. Estoy abriéndome camino hacia ese oculto lugar, donde mi niño interior permanece escondido y asustado. Me estoy acercando a él. Con cada gesto, con cada palabra. Hasta el punto de casi tocarlo. Hasta el punto de casi abrazarlo. Sé que el gran día se dibuja cercano. Y cuando ese día llegue, estrecharé con fuerza a ese niño entre mis brazos, y diré, (volcando en él toda la atención que no le supieron dar) - No sufras, pequeño mío, ahora todo va a salir bien, porque yo estoy contigo, siempre lo he estado, nunca has estado solo.

Ilustración ©MarcoASantanaS 

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