sábado, 13 de agosto de 2011

La Botella Herida



Tiempo atrás, hubo un naufrago, en el mar de la vida, que lanzaba a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, que dichos envíos fueran correspondidos. Cosa que nunca sucedió. Por lo que, harto de esperar, decidió, un buen día, aventurarse, personalmente, a buscar las respuestas que tanto ansiaba.

Así pues, quedándole sólo dos botellas de las muchas que tuvo, extendió el brazo hacia ellas al azar, (sin siquiera mirarlas, sin sopesar cual seria la más apropiada para embarcarse en tan arduo viaje) escogiendo una botella hermosa, alta y estilizada, cubierta de motivos florales en relieve. Y sin más, se lanzo al mar, se introdujo en ella, y dejó que las olas les arrastrasen al interior.

La botella restante, de aspecto ordinario, liza, de cuello largo y cuerpo abombado, tirando a fondón. Arropada por el abrazo de la arena, y acariciada por el ir y venir de las olas, quedó sola con el alma rota. Mirando como las corrientes alejaban a su compañera, portando en su seno, a la fuente de su amor.

Sintiéndose traicionada, ahoga su desazón con el silencio de su llanto, y se tortura preguntándose, reiteradas veces, por qué no la escogió. ¿Cómo no pudo ver que ella contenía un alma, y la otra estaba hueca?

 ¿Qué se supone que debe hacer ahora que la persona amada ha destruido sus expectativas? ¿Cómo seguir adelante cuando siente que no puede confiar en nadie? Ojalá pudiese encontrar a alguien que la amase del mismo modo en que ella es capaz de amar. Alguien que tuviese principios parecidos a los suyos. Que fuera fiel sólo porque la fidelidad es lo propio cuando se ama de corazón.

El amor es injusto, y la dedicación a él ingrata. Después de permanecer tanto tiempo a su lado, escuchando sus mensajes embelesada, no concibe el hecho de que la haya abandonado; y menos de ese modo tan frío. Sin la gentileza de despedirse de ella. Sin el más mínimo detalle. - ¡Si se hubiese dado cuenta del amor que le procesaba! – Se lamenta suspirando.

Se siente tan sola. La vida se le muestra como una pesada carga. Sin expectativas. Sin rumbo a seguir, ni un lugar al que ir, ni un objetivo por el que luchar. Desalentada, se deja llevar, porque la nada se le presenta como la única e ineludible alternativa.

¿De que sirve amar a quien no sabe amar en igual medida? ¿Cómo no pudo ver que se rezagaba premeditadamente? Que se escondía tras las otras con el fin de pasar el mayor tiempo posible a su lado. Anhelando ser la última botella que lanzara al mar. La última en adorarle. La última en portar sus mensajes de esperanza.

No se siente bien. Le duele el alma y no consigue sanar ese dolor. A la vez, la rabia le consume. Odia sufrir por culpa del egoísmo de su amado.

Decepcionada, se deja rodear por una inesperada corriente de aire, que, en forma de pequeño remolino, penetra en ella como una exhalación, y sale del mismo modo. Dejándola hueca, al tiempo, que hace sonar su boca al partir, como lo haría la sirena de un barco al hacerse a la mar.

El alma, que habitaba en ella, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por el inesperado remolino. Y al alejarse, envuelta en el reconfortante abrazo de la citada corriente, vuelve la vista atrás, con la intención de despedirse de su botella, pero no lo hace. Conmovida, por verla transformada en un mero recipiente de vidrio; sola, hueca y abandonada, en la orilla de los límites del mar de la vida. Siente como se le encoge el corazón ante esa estampa. Cierra los ojos, da un hondo suspiro, y se lamenta de que los hombres (aún siendo al azar) siempre escogen por el frasco, no por el contenido.

Ilustración ©MarcoASantanaS 

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