miércoles, 26 de octubre de 2011

La Llave


Recuerdo un fatídico día en el que me disponía a abrir la puerta de mi coche cuando, tras palparme los bolsillos, descubro que no dispongo de la llave. (Ya saben, esa curiosa herramienta que nos facilita el acceso a su interior) Contrariado por el imprevisto, vuelvo a casa convencido de que se me ha quedado allí.
Una vez en ella, el primer lugar en el que miro es sobre la mesita de la entrada, donde acostumbro a dejarla, pero curiosamente no está. Con la mosca detrás de la oreja, me agacho y busco con la mirada en los alrededores de sus patas; no sea que se me hubiese caído en un momento dado.  ¿Qué extraño? – Pienso en voz alta al ver que tampoco está en el suelo. En ese momento tengo una visión que ilumina mi mente de un modo poco habitual en mí. Haciéndome recordar, que a mi mujer no le gusta que la deje ahí, de mala gana, sobre la mesita de la entrada; que prefiere, que la cuelgue en el armarito de las llaves, junto a las otras.
Me dirijo raudo, velos, hacia una cajita ínfima que se halla colgada en la pared, justo encima de la renombrada mesita de la entrada. – ¡Anda! ¡Que curioso! No me había percatado de lo cerca que está una del otro. – Exclamo sinceramente sorprendido. Abro sus puertecillas de par en par, tirando con los dedos de unos pomos diminutos, y asomo mi nariz prominente en su reducido espacio interior, convencido de que mi búsqueda toca a su fin. Pero no es el caso. La llave no está.
Se me pasa por la cabeza, que es posible, que se me haya caído por el camino, por lo que vuelvo sobre mis pasos escudriñando con la mirada cada recoveco del trayecto hasta el coche y repito la operación de vuelta a la casa, pero nada.
 – Quizá mi mujer la ha cogido por error. – Me digo palpándome nuevamente los bolsillos, por lo que decido llamarla por teléfono y preguntar. Cosa que hago sobre la marcha.
En principio, la conversación fluye con normalidad. Me permito el lujo de gástale algunas bromas mientras ella diserta sobre lo maravillosos, guapos e inteligentes que son nuestros hijo. Pero, cuando ingenuamente convencido de que se ha creado el clímax adecuado me aventuro a exponerle el acuciante tema que me atañe, las tornas cambian. En cuestión de milésimas de segundo, mi mujer, se “rebota” de mala manera, dejando salir al exterior a la niña del exorcista que lleva dentro. Expulsando por su boca, un sinfín de improperios, tacos, rayos, centellas y de más anomalías verbales; que derriban mis defensas auditivas y golpean mis tímpanos sin contemplaciónes, tal cual ondas sicodélicas de chirridos discordantes. Motivo por el cual deduzco que llamarla no ha sido, lo que se dice, una buena idea.
Admito que me veo tentado de colgar el teléfono al instante, pero no lo hago, porque me consta, por experiencia, que volvería a llamar reiteradas veces hasta que me viera obligado a contestarle por puro agotamiento. Y en ese hipotético caso, tendría el motivo añadido de haberle colgado para seguir descargando su cólera en este humilde portador de una neurona, que se afana en enderezar el entuerto en el que ahora se halla inmerso. En consecuencia, opto por dejar el teléfono descolgado, mientras sus gritos aun salen del auricular atropellándose unos a otros, y me alejo, en pos de recuperar la trayectoria de mi arduo periplo por las sendas de esta incógnita tan apabullante… ¿Dónde está la dichosa llave?
Al alejarme, el desagradable discurso procedente del auricular del teléfono disminuye hasta adoptar un tono más moderado, molesto, pero soportable. Momento en el cual no puedo evitar preguntarme:  ¿Cómo es capaz de hablar tan deprisa y durante tanto tiempo sin hacer una pausa para respirar?...
Decido hacer borrón y cuenta nueva. – Empecemos por el principio – Me digo, intentando aclarar mis ideas. – A noche, cuando llegué, tenia la llave en la mano, y si no recuerdo mal, la dejé sobre la mesilla de la entrada. Justo donde mi mujer no quiere que la deje. Pero misteriosamente no se encuentra ahí. – En ese momento lo veo claro. Aquí la única solución es entrar a saco y hacer un barrido general de todo el apartamento.  Así que, sin preámbulos, me dirijo a la habitación de los niños, y sentado en el suelo, empiezo a vaciar las cajas de juguetes una por una y a removerlos en busca de mi preciado tesoro. No sería la primera vez que aparecen revueltas entre ellos.
Sin hacer mención al estado en el que dejo la habitación, una vez termino con ella, arremeto contra el resto sin dejar un lugar en el que mirar.
Asalto al sofá del salón, levanto todos los cojines y meto la mano por todos sus recovecos sin excepción. De estar en su lugar, hubiese presentado una demanda por abuso sexual, es más, dudo que el hecho de que estuviera buscando una llave fuera considerado como circunstancia atenuante. Que le vamos a hacer, en circunstancias extremas uno no puede andarse con remilgos.
Miro en los cajones de mi mesa de noche, en las gavetitas del mueble del salón, debajo de las alfombras, en la lavadora, en la secadora, pero nada.
Con los cuatro pelos que me quedan en la cabeza completamente engrifados, me vuelvo a sentar en el suelo, echando humo por las orejas por lo mucho que he hecho trabajar a mi neurona. Así, desalentado, asumo que he cubierto todo el espacio que comprende el apartamento sin obtener resultado alguno.
En un momento dado guardo silencio, pues creo oír un ruido anormal tras unos libros en el suelo. Me quito el zapato y me dirijo sin reservas directo al lugar de donde proviene el sonido, dispuesto a descargar toda mi frustración sobra la posible alimaña que osa invadir mi espacio. Pero para mi sorpresa, la alimaña, no es otra que el dichoso teléfono descolgado que había caído al suelo escupiendo intoxicado el interminable rapapolvo de mi mujer.
– ¡Dios mío! Aun sigue ahí. – Susurro mientras me siento una vez más en el suelo, con un dolor de cabeza indescriptible y la mirada perdida en el infinito. Así me quedo cavilando en los posibles lugares en los que podría haber dejado la escurridiza llave.
En esto, entra en la habitación mi hijo sujetando una banqueta de plástico celeste con ambas manos, y sin dejar de observarme con esa chispa ausente en la mirada, propia de los niños de su edad, me pregunta: – ¿Estas malito Papi? – Y yo contesto – Sí, muy malito, me duele mucho la cabeza. – A lo que él sugiere – Mami se pone hielo en la cabeza cuando le duele. – Efectivamente, esa era una de sus costumbres. – ¿Quieres hielo? – Me pregunta sonriendo con alegría. – ¿Por qué no?... – Pienso. – Sí hijo, déjame unos cubitos.
Con el rostro iluminado, feliz de poder hacer algo por su padre, pone la banqueta en el suelo, junto a la nevera, se sube en ella de puntillas y malamente abre el congelador. De un saltito atrapa un vaso de cristal y lleno de satisfacción me lo entrega en mano.
– ¡Ah que fío tan bueno! – Me digo, mientras me paso el vaso por la frente. – Que agradable sensación, justo lo que necesitaba. – Así, permanezco un buen rato, hasta que el contenido del mismo y el vapor adherido al cristal empiezan a derretirse. Con las primeras gotas de agua que recorrer mi frente aparto el vaso y me quedo observándolo mientras me sigo flagelando por la perdida de la llave.
Mi mujer sigue con lo suyo al otro lado de la línea de teléfono, ajena, a que yo hace tiempo que he dejado de escucharla. Mi hijo, se ha sentado con su banqueta justo delante de mís narices, mirando cada uno de mis movimientos sin parpadear. El apartamento es un autentico campo de minas. No hay por donde cogerlo. En mi afán por encontrar la llave, no me molesté en volver a colocar las cosas en su sitio.
Ante semejante panorama, alzo el vaso con una mano, emulando a Hamlet de William Shakespeare sosteniendo el cráneo, y cuando me dispongo a recitar el consabido “Ser o no ser” me percato de una sombra oscura en su interior.
Como el hielo está medio derretido, giro la mano de forma mecánica dejando caer al suelo el contenido del citado recipiente. La piedra de hielo cae, estrellándose contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos y dejando al descubierto el secreto que portaba en su interior.
Inmóvil, debido al conflicto de emociones que hierven en mi interior, pregunto a mi hijo con un hilo de voz: – ¿Por qué estaba la llave del coche en un baso de agua dentro del congelador?... – A lo que él responde sin inmutarse: – Para que no se pierda Papi.


Ilustración ©MarcoASantanaS


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