sábado, 10 de diciembre de 2011

Náufrago


Robinson Crusoe será el más conocido de los náufragos pero indudablemente no es el único. El tráfico de mensajes en botellas demanda un control más exhaustivo de las rutas marítimas en estos tiempos de aguas tan revueltas. Evitar posibles colisiones, con las consecuentes perdidas innecesarias de los valiosos contenidos que transportan, es prioritario. Pues, bien es sabido, que nadie expresa mejor sus sentimientos, que el que habita en soledad, aislado de su entorno por ajena voluntad. Es una verdad irrefutable. La soledad nos acerca de tal manera a nosotros mismos, que terminamos abriendo puertas inesperadas en los lugares más recónditos de nuestro ser. Lo que sale a flote no siempre gusta, pues, sin lugar a dudas, es más grato dejarse atrapar por el ruido, el bullicio y las distracciones de nuestra sociedad moderna, que centrarse, mirar al espejo del alma y hacer frente a lo que somos en realidad. - “La ignorancia es la felicidad”- se suele decir en estos casos.


Y es que, hoy en día, ser un Náufrago en un mar de gente no implica mayor esfuerzo. Suele suceder, que si eres una persona feliz y sin complejos, los demás se distancien de ti porque creen que no te tomas la vida en serio. Es más, si por el contrario,  eres una persona sumida en una mala racha y tu estado de ánimo no alcanza ni para una pizca de buen rollo, igualmente, todos huyen de ti como si portases la fiebre amarilla. Es una ecuación simple. El buen rollo incomoda y el malo repele. Lo mismo da. La cosa es guardar las distancias por si acaso. Nunca se sabe.

Cientos, miles o quizá más, encuentran en el aislamiento su razón de ser, y visto, lo dicho, quién se los puede reprochar. Aislarse, pensar, ser uno mismo, abrazar la auténtica felicidad. Qué maravilla tan difícil de alcanzar. Pues, para no llevarnos a engañemos, es bueno aclarar, que convertirse en Náufrago es sencillo pero mantenerse a flote jamás lo ha sido, ni lo será. Vivir requiere su esfuerzo, es una ley natural. Y para que no haya confusiones que nos desvíen de la realidad, tendremos que cuidar muy bien nuestros pasos, escoge con sabiduría la botella a tripular, y usar la cabeza, que para algo está. Nunca dejes de pensar. Así te será fácil ser un Náufrago entregado a la mar. Un ser adherido a la esperanza, que es la mejor tabla a la que te puedes agarrar. Surcando los volubles mares de la vida y sus corrientes saturadas por el exceso de tráfico de mensajes en botellas. Consecuencia de lo mucho que se desea decir y de lo poco que se desea escuchar.

Un Náufrago, accidental o no, se halla ajeno al ensordecedor mundo de los hombres, posee la capacidad de captar el auténtico e imperceptible sonido del mundo. Adherido con firmeza a lo primero que pilla a mano para seguir a flote en este sinfín de tempestades, es poseído por la citada cualidad, que lo mantiene receptivo a lo que sucede más allá de las fronteras de su mundo interior. Permitiéndole, observar en silencio desde su privilegiada posición, a los infelices que temen hacen frente a sus reflejos. Siendo testigo involuntario de los que son tragados por las olas. Simples corderos en las filas del matadero. Que sin oponer resistencia, se acomodan al va y ven de las olas, ponen sus vidas en sus manos y dejan que los arrullen despreocupadamente hasta recibir, de manos de estas, el estacazo definitivo que los catapulta a la cima de la montaña de ahogados que se asienta en el seno de las tinieblas de nuestra maleable realidad.
¿Para qué preocuparse? ¿Para qué pensar si ya lo hacen por ellos? Porque claro, pensar, lo que se dice pensar, requiere un esfuerzo demasiado grande para los que se dejan engullir con facilidad por las mareas ruidosas y bulliciosas. Movidos por el miedo al aislamiento, por el miedo a abrazar la soledad, por el miedo a asumir, que como todos, son Náufragos en esta realidad en la que flotamos a la deriva.

Si señores, pensar requiere un gran esfuerzo. Hacer girar los engranajes por uno mismo, sin estimulo externo, no es tarea fácil. No hemos de olvidar, que existen distintos niveles de almacenamiento de neuronas, sin que ello implique, que, el que más tiene, más razone. De ahí, la diferencia entre Náufragos y Ahogados, pues el Náufrago, es el que, a pesar de los contratiempos, lucha por seguir a flote; y el Ahogado, el que se ve incapaz de hacer frente a lo que se le viene encima, dejándose llevar, si más, a las oscuras profundidades sin retorno. Ignorando, que si lanzara alguna que otra botella (perfectamente etiquetada con sugerencias de lo que porta en su interior) al mar de la vida, podría contribuir, de algún modo, a su salvación.
Pero tristemente, los mensajes de estas entidades tienden a ser ilegibles. Suelen tener la maquinaria del pensamiento poco engrasada. Sumidos en la confusión, unos solo piensan en lo que buscan y otros no saben lo que buscan. Unos no piensan porque no se encuentran y otros se encuentran sin pensar. Cientos de galimatías a la deriva generando ignorancia, es decir, engañosa felicidad.

Esta claro, que, ser maleable, moldeable, manejable y aceptable para ser arrastrado al unísono por la marea general, no ayuda en modo alguno a la hora de afrontar las ineludibles tempestades que nos azotan día sí y día también. Solo los Náufragos, conocen esa verdad. Porque, el que ha luchado contra ellas y lo ha podido contar, sabe cómo adherirse a una tabla, soportar vientos y mareas, abrazar tierra firme y lanzar mensajes en botellas compartiendo sus verdades.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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