lunes, 24 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Ilustración ©MarcoASantanaS 
Apagado o fuera de cobertura. Os deseo, a todos, una feliz Navidad y un prospero año nuevo.

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jueves, 6 de diciembre de 2012

Ilusiones


¿A partir de que momento empezamos a dejar morir a nuestros sueños?… ¿Cuándo decidimos cambiar la ilusión por la desilusión?… ¿Dónde empieza una y termina la otra?… ¿Qué línea marca la frontera entre ambas?… Seria bueno saberlo, porque el sendero de la vida desgasta en demasía, erosionando expectativas, que, aunque se muestren inalcanzables, dan sentido a nuestras vidas.

Todos necesitamos agarrarnos a las expectativas que genera el espíritu de la ilusión. Por ello, cuando volvemos la vista atrás, no podemos evitar preguntarnos: ¿En que momento dejé de querer subir a aquella montaña?… ¿Cuándo olvidé lo mucho que me gustaba realizar ésta o aquella actividad?… ¿Qué me llevó a relegarla al olvido?… ¿Seré capaz de reencontrarme con ella?… Y… lo que es peor ¿Será ella capaz de perdonarme por haberla abandonado?…
Esas, ya son palabras mayores. El tiempo siempre juega en nuestra contra. Inclemente, no se presta a conceder indultos. Él, simplemente, no perdona. Y puede suceder, que algo, que se nos daba medianamente bien en un momento dado, ya no nos resulte tan fácil de realizar, por una mera falta de rodaje.
Indudablemente, no es bueno desmoralizarse, porque ello, nos obliga a empezar de cero. Dando por perdido, todo el tiempo empleado, en su momento, en la anhelada actividad que antaño idolatrábamos. Haciéndonos sentir torpes, allí, donde, tiempo atrás, nos movíamos como pez en el agua.

Está claro, que si dejamos de soñar, caducamos, nos oxidamos, envejecemos antes de tiempo. Pudiendo llegar a ser requeridos, sin previo aviso, por el encapuchado ángel oscuro. Teniendo que vernos, ante él, con las manos inoportunamente vacías, sin nada que aportar. (Sobra recordar, que este señor, como mínimo, nos reclamará una moneda para ayudarnos a cruzar, en su barcaza, al otro reino.) ¿Qué haremos entonces?… ¿Un trincado esfuerzo para obtener un esbozo, de un último sueño, que contribuya a saldar el tributo requerido?… ¿Quedará, llegado el caso, algo en nosotros que nos ilusione hasta el punto de proyectar nuevas y atrayentes expectativas en ese crucial momento?… Difícil saberlo.

Dejémonos arropar por el cálido abrazo de la vida, no permitamos que las ilusiones nos abandonen de ese modo. No vaya a ser, que luego, sea demasiado tarde. Vivamos el presente. Soñemos ahora que podemos. Embriaguémonos con cientos de destellos luminosos pululando por nuestras mentes. Generando sueños inalcanzables, sí, pero gratamente sanadores y reconfortantes en el transcurso de, éste, nuestro tortuoso y limitado viaje por el sendero de la vida. En el que os recuerdo, que nunca está de más, llenarse los bolsillos a mansalva de ilusiones. Y si éstas, os emborrachan en exceso, sugiero, que las repartáis por doquier, a manos llenas. Sobretodo, entre aquellos, que por el motivo que fuera, jamás se dejaron arrastrar por ellas.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

martes, 4 de diciembre de 2012

Don Jorge


A Don Jorge no le salían las cuentas: – Vamos a ver, si en mi clase siempre han habido veinte alumnos ¿cómo es que hoy hay veintiuno? – Comenta, de pie, con los brazos cruzados, clavando la mirada, por encima de sus gafas de lectura, en un niño tímido y esmirriado, ataviado con ropas pasadas de moda. – Lo siento, señor, he salido al servicio y al volver, mi clase ya no estaba. – Le explica el pequeño. – ¿Intentas decirme que tu clase ha desaparecido del colegio? – Pregunta Don Jorge. – No, exactamente, señor. – Matiza, el nuevo niño, con una vocecilla tímida, mientras mira con asombro a su alrededor. – Está bien, jovencito, no tengo tiempo para más tonterías. Siéntese en el pupitre del fondo y escriba, cien veces: “No voy a volver a perder mi clase nunca más”. – Ordena Don Jorge, muy metido en su papel de docente inflexible. – ¿Por qué habría de hacer eso señor? Yo no he perdido mi clase, usted no es mi profesor, estos niños no son mis compañeros, pero, aunque no me crea, podría jurar, que esta sí es mi clase. – Se esfuerza en aclarar el extraño niño. – Jovencito, su cara me es familiar, estoy convencido de que nos hemos cruzado cientos de veces por los pasillos de este centro. Y le puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que esta no es su clase. Ahora, haga el favor de sentarse donde le he dicho, y póngase a escribir, antes de que pierda mi escasa paciencia. – El niño, le mira unos segundos, se encoje de hombros y, sin más, se dirige al pupitre del fondo y se sienta. Don Jorge, hace un tanto de lo mismo y se sienta en su silla.

Pero al segundo de sentarse, percibe por el rabillo del ojo, que el niño está con el brazo izquierdo levantado, reclamando su atención. – ¿Qué sucede ahora, jovencito? – Pregunta, Don Jorge, con tono cansino. – Disculpe, señor, pero no tengo papel en el que escribir. – Le hace saber mientras se hurga la nariz con el dedo índice de la otra mano. 
Haciendo gala de una paciencia inhabitual en él, Don Jorge, coge unos folios de una de las bandejas de su pulcra mesa, se acerca a la fuente de su incomodidad, y se los deja sobre el pupitre, refunfuñando maldiciones por lo bajo.
Una vez se vuelve a sentar, el pequeño, alza nuevamente el brazo izquierdo, mirándole fijamente con esa chispa, mezcla de ausencia e inocencia, habitual en las pupilas de los ojos de los niños.
Don Jorge, toma una bocanada de aire, cierra los ojos un segundo, como si estuviera reclamando al cielo que le dotase de un aguante que nunca tuvo, y deja escapar un cortante: – ¿Ahora qué?No tengo lápiz… Señor… – Añade el niño, algo turbado por la mirada gélida del tutor.
Una vez más, Don Jorge, reprimiendo sus emociones, coge un lápiz de un bote de madera, exquisitamente tallado con formas geométricas y estratégicamente situado cerca de su mano derecha, y de mala gana, se levanta de su silla, se aproxima al irritante crío, y extendido el brazo hacia este, con el lápiz en la mano, le comenta con sarcasmo: – Desea algo más el señoritoNo… – Le responde el niño con un hilo de voz.
Don Jorge, ofuscado, se da la vuelta y se retira a sentarse tras su mesa. Da unos resoplidos y se centra en revisar una montañita de folios que se hallaban ante él.

Tras varios minutos de silencio, Don Jorge, aun mosqueado, deja de corregir ejercicios y observa, por encima de sus gafas, al nuevo y cargante niño. Este, ajeno a la mirada del profesor, se afana en acabar el castigo que le había impuesto.
Don jorge, cae en la cuenta, de que el niño está escribiendo con la mano izquierda, y piensa con fastidio: – “Para colmo es zurdo” – Pero al instante se retracta, al comprender, que no solo usa la mano izquierda, sino que, además, escribe de derecha a izquierda. – ¡Pero bueno! ¿Qué está pasando aquí? – Protesta, indignado, dirigiéndose hacia el esmirriado niño.
Este, viendo lo que se le venía encima, se pone de pie, firme como un soldado y dice: – ¡Permiso para ir al servicio, Señor! – Y antes de que él, le pudiese responder, el niño, le da las gracias y sale corriendo, como alma que lleva el diablo, fuera del aula. 
Don Jorge, estupefacto, no sale de su asombro, y con un subidón de adrenalina repentino, que ilumina su pálido rostro de un rojo encendido, sale corriendo tras él, ante el asombro del resto de la clase.
Fuera, en el pasillo, le ve correr hacia el fondo y girar a la derecha, entrando en los servicios, y no duda en seguirlo.
Una vez en ellos, estos, aparentan están vacíos. Trastornado, lo busca, hasta en los recovecos más insospechados de los mismos, sin encontrarlo.
Sudoroso, con el corazón latiendo por encima de sus revoluciones, se mira al espejo y saca un pañuelo de su bolsillo para secarse. En ese momento, ve, a través del espejo, que el niño se halla tras él, observándole con curiosidad. Termina de secarse, como si no se hubiese percatado de ello, y de improviso, se gira a por él, mientras grita: – ¡Te pille!
No obstante, para aumentar su desconcierto, el escurridizo crío, no está. – ¡¿Pero…?! – Deja escapar Don Jorge, oyendo alejarse el eco de la risa juguetona del pequeño, sin saber a que atenerse.
Con el sudor, renovado, recorriendo su frente y un incómodo temblor en sus manos, intuye lo imposible. Gira su rostro hacia el espejo, y en él, luciendo una amplia y luminosa sonrisa, se halla el niño. Justo a su lado, levantando la cabecita para mirarle.
Atónito, salta con la mirada, varias veces seguidas, del vacío que le rodea, al reflejo del espejo, y siente que la cabeza le da vueltas.
El niño, a salvo de él, camina despacio hacia la puerta de los servicios, en el otro lado del espejo, y antes de salir por ella, se detiene, y mira a Don Jorge directamente a los hijos. Este, siente que esa mirada inocente le atraviesa, penetra en él, y abre puertas de su memoria, cerradas tiempo atrás. Y a pesar de que su visión se ha enturbiado por el exceso de lágrimas que han brotado en sus ojos, ve la vedad con claridad meridiana: – ¡Tú!… ¡Tú eres yo! – Sentencia con la voz tomada.
El niño, manteniendo el contacto visual, asiente con la cabeza, le da la espalda y sale por la puerta de los servicios del otro reino.

Acto seguido, entra en los mismos, uno de sus compañeros docente. Y al verle tan demacrado ante el espejo, le pregunta preocupado: – ¿Te encuentras bien?... – A lo que Don Jorge responde. – Sí, no pasa nada, simplemente olvide, que fui niño una vez.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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martes, 27 de noviembre de 2012

Peligro Al Acecho


Con el eco lejano del cántico de las sirenas, observo, pasivo, el vaivén de las olas, acomodado en el interior de mi botella. Manejo el timón con serenidad, pues las mareas del momento se prestan a ello. Dejándome arrastrar por mis pensamientos, medito sobre lo distintas que son unas de otras. Concluyendo que, en cierto modo, son como las personas. Nunca sabes como van a reaccionar. Tan pronto se pasean ligeras y espumosas sobre la arena, a modo de caricia, coqueteando, a la vez, con sus chapoteos entre las rocas, que lindan y enmarcan los arenales milenarios. Como se elevan en exceso, arremetiendo, vaporosas y con saña contra las mismas. Erosionando a unas, como si no estuvieran conformes con el aspecto que estas exhiben y arrastrando consigo las partículas que componen a las otras, revueltas en sus inconsistentes entrañas, como si creyeran, que con ello, pudiesen poseerlas hasta el punto de anularlas por completo.

Uno nunca sabe a que se expone, tanto con la mar, como con las personas. Estas últimas, pululan por tu entorno, en principio, sin mostrar hostilidad alguna. Lo cual, no quiere decir que no debas tener cuidado. Por su puesto, no sugiero que debamos vivir bajo el yugo de la paranoia, solo, que no hagamos oídos sordos al sentido común y seamos precavidos cuando el momento lo requiere. Aunque claro, he de admitir, que no es fácil prever, cuando vas a ser arrullado por las olas, acomodado en tu botella, o cuando vas a ser zarandeado por las que arremeten, implorando clemencia al Dios Neptuno, justo el día que tiene la ventanilla cerrada. Claro está, que, aunque nos desenvolvamos medianamente bien en la mar,  esta, no es nuestro entorno natural.

Todos somos susceptibles de ser aceptados o rechazados. Si no es por un motivo es por otro. En mi caso, cuando soy objeto de rechazo, no puedo evitar sentirme identificado con los personajes marginales de la literatura y el cine de ciencia ficción que gusto consumir. Quizá, ello sea debido, a que la mayoría de los protagonistas de estas historias, son seres diferentes al resto buscando un lugar en una sociedad que no termina de aceptarlos. “Un mundo feliz” del escritor británico Aldous Huxley fue el causante de esta devoción por el genero. Me lo ley, a trancas y barrancas, cuando tenía once años. Dada mi condición, fue, algo así, como un martirio placentero. Ya que, a fuerza de releer sus complicadas descripciones, una y otra vez, llegué a hacerme una idea general del argumento del mismo. Curiosamente, hará cosa de un año, lo volví a leer, para refrescar mi memoria y para demostrarme que aun sigo siendo capaz de leerlo y entenderlo.

Admito, que tiendo a ir en pos de la caza y captura de estas historias en el renovado y prolifero mercado de este género. No obstante, mi favorita, por excelencia es “Gattaca” (1997). Película ambientada en una sociedad futura, en la que la mayor parte de los niños son concebidos in Vitro y con técnicas de selección genética. Menos Vincent (Ethan Hawke), uno de los últimos niños concebidos de modo natural, nacido con una deficiencia cardíaca por la que no le auguran más de treinta años de vida. Me encanta, es un buen ejemplo de afán de superación, aunque, al final… Bueno, quizá sea mejor que lo vean personalmente. No seré yo el que cuente el desenlace de la película a los que no la hayan visto.

Es así, que los que afrontamos la vida de modo diferente a la mayoría, nos levantamos cada mañana dispuestos a sacar el mayor partido posible de las expectativas que esta nos brinda. Hay días en los que las corrientes nos arrullan placenteras, por lo cual, conseguimos alcanzar todos nuestros propósitos. Permitiéndonos, descansar con satisfacción al llegada la noche. Abrazados al convencimiento, de que no hay nada que nos impida ser como los demás. Sin embargo, no siempre salen las cosas a pedir de boca. En contrapartida, hay días, en los que las corrientes nos zarandean inclementes. Y por más que lo intentamos, no dejamos de estamparnos contra el duro e invisible muro de la dislexia. Por lo que, en las noches que preceden a esos fatídicos días, dormimos, más bien, poco y mal, atormentados por el influjo del espíritu de la estupidez.

Lo curioso del caso, es que, si ciertos individuos, tocados por males peores, no se inmiscuyeran en nuestras vidas, quizá, nunca tendríamos que pasar por esos días bochornosos y esas noches infinitas de auto flagelación y culpa.

Yo, personalmente, los he bautizado como “Los Caza Defectos.” Estos, vienen a ser unos seres cargados de muy malas vibraciones. Personas con un gran malestar interior, seguramente, no se gusten a si mismas, aunque aparenten tener un ego muy alto. Memoriones innatos, no dejan escapar oportunidad alguna para hacer lucir dichas dotes, aun que sea, a costa de la humillación ajena. Y en dicho caso, entre más vulnerable sea la presa escogida, mayor es el regocijo que experimentan.

No hace mucho, una amiga, me escribió, lamentando el hecho de que un compañero, (conocedor de su dislexia) la había puesto en evidencia delante de otras personas, poniéndola a prueba con unos cálculos matemáticos. A pesar del mal trago, ella, excusa lo inexcusable, porque el supuesto “amigo” le aclaro que solo era una broma.

Yo no sé ustedes, pero a mí, dicha broma, no me hace ninguna gracia. Las bromas están bien si nos vamos a reír todos con ellas. Pero si estas, surgen cargadas de maldad, pierden su razón de ser.

Quizá, lo expuesto, tenga algo que ver con mi tendencia a la “soledad en compañía”. Dicho de otro modo, “amigos, los justo y de calidad”. Con el resto, me manejo bien en las distancias cortas, ya que, una exposición demasiado larga podría acarrearme algún desaire.

Siguiendo esa premisa, mantengo las formas cuando el típico listillo, con intención de ponerme a prueba, comenta con tonadilla incrédula: - Oye, pues yo no veo en ti nada raro... – A lo que suelo responder, avispado, sin darle tiempo a continuar: - ¿Por qué habría de haberlo? - Al igual que los que arrastran con una deficiencia de movilidad, los que la tenemos mental, procuramos trabajar en ella, para que esta, no sea la que lleve el control de nuestras vidas. La calidad de mi escritura, mi lenguaje, mis cálculos, mi memoria, son la consecuencia de una dedicación diaria. La constancia, la repetición, el afán de superación, son los cinceles que esculpen mi imagen. Dando lugar, a un halo de normalidad, que encandila, de entrada, al que se me acerca. Impidiéndole ver más allá.

Hacerse a uno mismo, es un privilegio que no todos han tenido la suerte de disfrutar. Solo los que hemos sido desechados por el sistema educativo, como objetos no validos, conocemos sus bondades. Pues, a partir del momento en el que dejan de decirte lo que tienes que decir, hacer, pensar y sentir, comienzas a ser tu mismo.

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viernes, 23 de noviembre de 2012

Reencuentros


El día que comprendí, que lanzar al mar mensajes en botellas no conducía a ninguna parte, porque la mayoría se extraviaban en las corrientes inhóspitas de océanos inmensos; irremediablemente arrastrados por sucesos que escapaban a mi control. Tomé consciencia, de que la mejor forma de hacer llegar mis mensajes, era convirtiéndome en mensaje.

– “¿Por qué enviar un mensajero con mensaje, cuando puedo ser mensajero y mensaje a la vez?” –

Así lo pensé y así lo hice, sin prever, lo gratificante que podría llegar a ser, el lanzarme al mar de la vida dentro de una botella, a modo de mensaje corpóreo, sincero y directo de todo lo que acontecía en mi interior.

Quien me iba a decir, que la ruta escogida, se convertiría en un viaje de reencuentros. Pues a lo largo de estos años, sincerándome con ustedes en mis Diarios de Bitácora, no solo me he ido reencontrando con mi niño interior. También me he reencontrado con los pedazos de mi persona que se habían perdido en tortuosos senderos a lo largo de mi vida.

Sin proponérmelo, he recuperado al Dibujante, que por falta de estimulo dejó el carboncillo aparcado en un rincón. Al Contador de Historias, que había tirado la toalla por verse incapaz de expresarlas por escrito. Al Cantautor, que tuvo que colgar la guitarra para hacer frente a las exigentes demandas de la vida familiar. Al Diseñador, que añoraba elaborar sus ideas con calma, saturado por las prisas contraproducentes del mercado de consumo, que hoy día, nos esclaviza sin aparente remisión.

Cada uno de estos espíritus del pasado, que habían sido relegados al oscuro reino del olvido, han ido liberándose, a golpe de teclado, a lo largo de la vida de este blog. Volviendo a formar parte de mí persona, completamente renovados por un intenso y honesto sentimiento de humildad, que ha impregnado cada una de las entradas de esta, rejuvenecedora ventana al mundo. Hoy abierta de par en par, dejando entrar una refrescante y placentera bocanada de aire, que hace de mi, lo que siempre fui y nunca debí dudar que era. E invitándoos a todos, a asomaros en ella, para que seáis testigos involuntarios del viaje inusual de un hombre en una botella.

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viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi Rayo De Sol


Él: -¿Qué es eso?
Yo: -Una fuente.
Él: -Y… ¿por qué tiene moneditas en el fondo?
Yo: -Pues, porque hay personas que las lanzan dentro y piden deseos. 
                      Él: -¡Y yo también puedo pedir un deseo!
                      Yo: -¡Claro!
                      Él: -¡Deseo que venga un dinosaurio y se coma a toda esta gente!
                      Yo: -¡Uf! Menos mal que se olvidó de lanzar la moneda.

Así es mi hijo de cinco años. Alegre, inquieto y espontáneo. Una criaturita que brilla con luz propia. Es mi rayo de sol, y admito, abiertamente, que se me cae la baba cuando hablo de él. Simplemente, lo adoro.

Nació con poderes especiales, ya saben, pero hemos tenido que inhibirlos porque la sociedad aun no está preparada para ellos. Le gusta salir de noche, mirar a la “Moona” (una de sus combinaciones personales entre la palabra inglesa “Moon” y la española “Luna”) y comerse un perrito caliente con papas fritas, mientras oye música en vivo en los Pub de “Free live music” regentados por Chonis, Guiris u otras faunas de los lugares cosmopolitas donde solemos acabar residiendo. Ojo, es muy exigente en sus gustos, la música, tiene que ser fuerte de percusión y guitarras, nada que ver con el espíritu romántico-melódico de su Padre. Este, sacó algo de la misma rama que mi hermano. El cual, cuando éramos adolescentes, se le ocurrió la fabulosa idea de remplazar su mesa de noche por un bafles de guitarra eléctrica, con un lector de casetes conectado a la entrada de audio; con la inocente finalidad, de poder dormir, placidamente, oyendo la música de Iron Maiden (cómo Dios manda y la Santa madre iglesia enseña) pues era la que más le molaba en aquellos tiempos. Una idea genial, sin lugar a dudas, salvo por un pequeño detalle: Compartíamos habitación. Sobra entrar en detalle de como fueron mis noches a partir de ese día tan revelador. Quizá fuera por ello, el que me decantase por un estilo musical más sosegado a la hora de expresarme con la música. No sé, la vida es un misterio.

A mi rayo de sol, le gusta que me tumbe a su lado y le acompañe cuando las pesadillas no le dejan dormir, que le escuchen cuando, entusiasmado, cuenta (con su estilo particular) alguna de sus fantasías, y, asaltar la nevera para comer yogures hasta reventar, aunque no deba, porque la lactosa le sientan muy mal.

Mi rayo de sol, se llena la boca de pasta de dientes, a más no poder, dibuja una “o” con sus pequeños labios y sopla creando cientos de pompas de jabón. Es un coqueto incorregible, que disfruta enormemente del citado ritual mientras se mira feliz en el espejo. Le gusta usar el telefonillo de la ducha para entonar sus composiciones improvisadas de Rock Star antes de dejarse duchar, que le lean un cuento antes de acostarse y tapase la cara con la sábana para dormir.

A mi rayo de sol, le atacan mosquitos-conejo que le pican en el culete y le dejan ronchitas en el codo. Le gusta correr, saltar a la piscina haciendo la bomba, correr, jugar al fútbol, correr, el chocolate y… ¿He dicho que le gusta correr?....

No hace mucho, lo apunté a clases de fútbol. Llevaba tiempo pidiéndolo y al final hubo que darle lo que pedía. En su primera clase, me pidió que me quedara a verle jugar. Cosa que hice encantado. El entrenador, tras poner a los enanos a hacer algunos ejercicios de calentamiento, lanzó el balón al aire y se apartó velos mientras un número incontable de pequeñas criaturas se abalanzaron sobre el, como pirañas, antes de que tocara el suelo. Mientras, mi rayo de sol, corría feliz por el campo, con los brazos en cruz, haciendo la avioneta, totalmente ausente de lo que pasaba a su alrededor. El entrenador, no decía nada, pero le miaba como si estuviera profanando el más sagrado de los rituales.  Así, transcurrió el juego, hasta que, este señor, cansando de verle correr y correr sin un fin concreto, decidió ponerlo a jugar como portero. Aclarece, que, como el campo estaba siendo compartido por varios grupos de niños, habían improvisado algunas porterías con los típicos conos naranja de tráfico. A mi rayo de sol, le toco una de esas curiosas porterías. El caso, es que mientras sus compañeros luchaban como Cosacos por el balón, él se interesaba por uno de esos llamativos objetos naranja. Y en un momento de peligro inminente, en el que, el equipo contrario, embestía contra la citada portería, a mi rayo de sol, no se le ocurre otra cosa, que coger uno de los conos que daban forma a la unidad cósmica de la susodicha portería, que él, supuestamente, debía defender. Y, ni corto, ni perezoso, empezó a usarlo como periscopio, mientras gesticulaba con los bracitos como si fuera el Capitán Jack Sparrow. Las consecuencias de esta acción, fueron nefastas para su equipo. Pues, uno de sus adversarios, en un descuido de la defensa, envío, con una poderosa patada, al balón, directo a la zona donde se hallaba mi rayo de sol con su maravilloso periscopio naranja. Como no había cono que definiese el espacio demandado por las reglas del juego, era difícil aclarar si había sido gol o no. Todos estaban ofuscados, y, el entrenador, junto a algunas de las pirañas, amonestaron cruelmente a mi rayo de sol. Haciendo menguar su maravillosa luz interior, lo cual, me partió el corazón, pues, por unos segundos, allí donde estaba él, parecía estar yo. Su mirada confusa me busco entre la gente, y sin dudarlo, me puse en pie, en la grada, para que pudiera verme. Descendí, y saltándome la prohibición de que los padres no pueden atravesar el campo, me dirigí hacia él, acribillado por las miradas de desaprobación de los adeptos a la secta de los "Cabeza de balón de reglamento". Una vez lo tuve ante mí, agachándome a su nivel, para que su mirada quedara a la altura de la mía, le dije sin prestar la más mínima atención a la jauría que ladraba a nuestro alrededor:  Sabes que, al salir de aquí, doblando la esquina, hay una cafetería francesa que hace unos pastelitos muy ricos. – Recuperando la luz de su rostro como si nunca la hubiese perdido, me pregunta: ¿Puedo comerme uno de chocolate?...  Por su puesto. – Dije, dando fin a la conversación. Y, sin más, nos fuimos cogidos de la mano. Usando nuestra compacidad, compartida, de ausentarnos por completo de nuestro entorno. Padre e hijo, juntos, absolutamente ajenos a lo que sucedía a nuestro alrededor. Protegidos por un campo de fuerza invisible, rumbo a un mágico portal, en el espacio tiempo, con destino directo, al delicatese reino de los pastelitos tradicionales de chocolate.

A mi rayo de sol, le gusta lanzar pedazos de pan duro a los peces del muelle deportivo, correr, dibujarse a sí mismo surfeando sobre las olas, correr, pensar que su papá (de indiscutible físico fondón) es un superhéroe que vuela, correr y jugar a la pelota. Aún le encanta el fútbol, pero ahora, no tiene tiempo, está apuntado en atletismos, y según su entrenador, es un corredor incombustible, un niño que ha nacido para hacer deporte.

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martes, 13 de noviembre de 2012

La Gran Pregunta


¿Qué hago con mi exceso de imaginación? ¿Dónde almaceno esta fuente interminable de universos paralelos que solo yo puedo ver? ¿De que me sirve este don que me aleja de la tangibilidad de lo real? Dejándome, como de costumbre, en un punto indeterminado de todo. Existiendo sin existir, viviendo sin vivir, muriendo sin morir, viajando sin moverme del sitio. ¿Que clase de locura es esta, que más que desquiciar deleita? Enganchándome con esa droga que segregan mis escasas y oxidadas neuronas, subyugadas en este rito, consagrado, hasta el fin de los tiempos, a generar mundos de mágica ficción.
Recuerdo, que siendo adolescente, me enfadaba conmigo mismo cada vez que las fantasías hacían presa de mí. – “¡Yo soy quien tiene el control! ¡Yo soy quien tiene el control!” – Me repetía ofuscado una y otra vez. – “Porque soñar es de vagos, y los vagos, no son bien vistos en este lugar en el que me ha tocado existir.”
Quizá, en mi otra vida, no fui de carne y hueso, quizá fui un simple sueño, una inspiración intangible, etérea, un fruto de una emoción, un algo indefinido que, movido por la curiosidad insana, pidió, erróneamente, ser algo que no debía ser. Quizá, esa entidad, hoy presa en mi subconsciente, se arrepiente infinitamente de dicha petición. Pero ya es demasiado tarde para arrepentimientos. Ahora toca vivir y aprender la lección consecuente al castigo. Castigo desmedido, sin lugar a dudas, pero nadie me obligo a pedir lo prohibido. Si te lanzas voluntariamente a la aventura de la vida, has de vivirla hasta las últimas consecuencias, hasta que el celuloide se acabe, hasta que la carcasa escogida para dicho viaje se quede sin fuerzas. Desmoronándose y trayéndote de vuelta al principio, de donde nunca debiste haber partido. Es lo justo, innegable e inevitable. A fin de cuentas, por la vida solo estamos de paso, y en dicho trayecto, siempre se recoge algo, nunca se retorna a la nada con las manos bacías. Como minino, te llevas la satisfacción de haber transmitido tu lección a los nuevos e ingenuos sueños, que movidos por la curiosidad insana, acaban en el reino de los vivos, tan perdidos como lo estabas tú, por haber anhelando ser, algo que nunca debieron ser.

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domingo, 11 de noviembre de 2012

Hay Días


Hay días en los que las mareas de la vida me aíslan de todo. Abandonado en mi botella, doy tumbos a la deriva en océanos interminables, que se pierden en horizontes homogéneos que me privan de la visión, aunque sea temporal, de la quietud de la tierra firme. Días en los que el silencio y la soledad se hacen insoportables. Días en los que golpear con los puños ensangrentados el cristal de la botella no conduce a nada. Más que a la frustración, fruto de la impotencia de ser lo que soy, un naufrago, de tantos, atrapado dentro de una botella. Ineludible barrera, invisible e infranqueable, que me acompaña a todas partes, y que, en momentos como este, de vulnerable debilidad, se hace poderosamente latente. Recordándome, la claustrofobia inherente a los espacios reducidos, donde cada movimiento, se halla milimétricamente medido, para sortear colisiones con las limitaciones que marca el sendero que el destino, muy a mi pesar, me ha preescrito. Procurando evitar sentirme cohibido, presa de mi mismo en el contenedor de mi persona, zarandeado por situaciones adversas que escapan a mi control. Sin dudar en sacar fuerza de la flaqueza, en armarme de valor mirando al mundo con optimismo ente la ejecución de esta reiterada doctrina, que me mantiene despierto cuando preferiría estar ausente.

Hay días, en los que daría lo que fura por romper la consabida barrera que nos separa. Por abrir un portal en el espacio y filtrarme hasta tu estancia. Por poder plantarme ante ti, frente a frente, cara a cara, y disfrutar de tu sonrisa, deleitándome con la luz de tu mirada, sumido en el más absoluto silenció, pendiente de la musicalidad de tus palabras. Las almas encriptadas en recipientes de cristal, solo podemos soñar con lo que podría ser. Pues, lo que es, es lo que hay, y lo que hay, es lo que ves, aunque la mecánica cuántica nos brinde infinitas posibilidades, mis realidades, son, han sido y serán, infinitas botellas arrastradas por las corrientes. A cual más desorientada, según el día, las mareas, la suerte y las palabras. Un reino inestable donde tu eres ficción y yo fuente de imaginación. Donde tu piel, es solo la promesa de la visión de lo que nunca tendré, la suavidad de lo que nunca sentiré, la calidez de lo que nunca alcanzaré. Así, enfrascado de por vida, al vacío, en un reducido universo de cristal, que, en teoría, me lo brida todo, pero en realidad, no me da nada. Me cobijo del chaparrón habitual, sin dejar de buscarte entre las aguas. Quien sabe, quizá necesites una mano amiga para reconstruir tus alas. Quizá mi estupidez sea el elixir que tanto anhelabas. En cualquier caso, sueños a parte, hay días, en los que hubiese sido mejor no haberme levantado de la cama. 

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martes, 6 de noviembre de 2012

Y Ahí Estaba Yo

Y ahí estaba yo, trepando por el muro. Buscando meticulosamente los puntos de apoyo. Abriéndome paso, a mano limpia, adhiriéndome a cuanto saliente pillo a mi paso, como un escalador de rocas con tendencia a sucumbir a la gula del café y los pastelitos mañaneros. Sacando partido del insinuado físico fondón para hacer contrapeso en este ascenso vertical. Tal cual, araña vespertina, ansiosa por extender su pegajosa tela en el lugar más elevado, donde la caza es más propicia que la ansiada a ras del frío suelo. Mirando furtivamente, a contraluz, hacia el supuesto final de este viaje, y esquivando, al instante, la mirada, cegado por la insoportable luz solar que desciende proyectándose sobre mí sudoroso rostro. Como una deslumbrante y calurosa promesa que atrae y repele a la vez, instando a seguirla, aunque sea a ciegas, inclinándome, subyugando ante dicha disfunción como un alma perdida en pos de un brote de esperanza.

Y ahí estaba yo, con mis torpes impulsos, rompiéndome las uñas en ínfimos recovecos, sudando la gota gorda por no perder el equilibro en este vaivén ascendente de barrilete poco dado a estos menesteres. Un tipo, ajeno a los objetivos olímpicos, dando lo mejor de si para cumplir, con este reto, con cierta dignidad. Eludiendo pódiums de vanidades repelentes, que no conducen más que a la amargura posterior al olvido, pues nada es eterno, todo cambia, excepto, el modo de ser de la gente. Éstas, atrapadas en un bucle sin fin, siglo tras siglo, generación tras generación, sufren lo indecible y lo olvidan, para volver a padecer, lo padecido, como si nunca lo hubiesen vivido.

Y ahí estaba yo, preguntándome ¿qué pinto aquí? en el reino de las almas huecas, cuando la mía está plagada de sueños. Que divinidad cruel me desterró en este reino de eterna descompensación, donde los que más, se perpetúan en el regodeo de la opresión de los que menos. ¿Qué lugar ocupo yo en este tablero de juegos? Sumido en un mar de incógnitas, embriagado por mi exceso de fantasías, clavando mis dedos como garras en una superficie vertical, por la que voy trepando hacia una cima que me reclama a gritos pero no atino a alcanzar.

Y ahí estaba yo, incontables horas más tarde, finalizando la proeza. Haciendo el último y titánico esfuerzo por ubicarme sobre el muro. Sacudiéndome el polvo del ascenso, secándome el sudor de mi frente e intentando recuperar el aliento. Recompensado, por la visión de un horizonte azul levitando sobre un mar de esponjas blancas. Conservando el equilibrio en esta estrecha superficie como un equilibrista que hizo novillos en el cursillo de aprendizaje. Haciendo un barrido visual de mí entorno, a modo de periscopio poco engrasado, sin ver otra cosa, más que la citada atmósfera. Trepar al cielo no es tarea fácil, debería aportar algo más que cuatro nubes superpuestas sobre un fondo celeste; pues, por muy bella que sea su presentación, si no aporta contenido alguno, el objetivo alcanzado, más que compensar, descompensa, dejándote más vacío de espíritu que cuando te embarcaste en dicha empresa. ¿Qué clase de broma es esta, huérfana de gracia pero bien elaborada?

– ¡Janti Danti! ¡Janti Danti! – Grita una voz tras de mi.

Me vuelvo hacia la fuente de la llamada, encarándome con un espejo, que burlón, me devuelve mi reflejo. – ¡Caramba! ¡Pero si soy un huevo con extremidades y faz atolondrada! – Sorprendido, retrocedo, perdiendo el equilibrio, rodando por la cima del muro y precipitándome al vacío.

Y ahí estaba yo, roto en mil pedazos, con mis sueños esparcidos por doquier e incapaz de recomponerme. Viendo surgir de las sombras a cientos de criaturas diminutas que se apoderan de ellos y se los llevan, felices, de retorno a sus cubículos. Privándome del único sustento que da sentido a mi vida. Sin poder llevar a cavo ni un leve amago para evitar dicho expolio. Y por si fuera poco. Cuando paresia que las cosas no podían ir peor. Siento unos golpecitos en mi hombro, que tiran de mí, trayéndome de vuelta a la realidad, con el eco entrecortado de una voz cansina y lineal:

– “Caballero, el tiempo del examen se ha agotado. Por favor, deposite los impresos en la bandeja que se halla en la mesa, junto a la salida, antes de marchar.”

Y ahí estaba yo, más ido que perdido, en el momento y lugar más inoportuno.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

sábado, 13 de octubre de 2012

¿Qué Es La Dislexia? Por Belén Merino Díaz Parreño


El término dislexia se emplea para designar un síndrome o conjunto de causas determinado, que se manifiesta como una dificultad para la distinción y memorización de letras o grupos de letras, falta de orden y ritmo en la colocación, mala estructuración de frases, etc.; que se hace patente tanto en la lectura como en la escritura.

¿Qué es lo que origina la dislexia?

La dislexia es el efecto de múltiples causas, que pueden agruparse entre dos polos. De una parte los factores neurofisiológicos, por una maduración más lenta del sistema nervioso y de otra los conflictos psíquicos, provocados por las presiones y tensiones del ambiente en que se desenvuelve el niño.

Estos factores llevan a la formación de grupos de problemas fundamentales, que se encuentran en la mayor parte de los trastornos del disléxico, cuya gravedad e interdependencia es distinta en cada individuo.

Por lo tanto, la dislexia sería la manifestación de una serie de trastornos que en ocasiones pueden presentarse de un modo global, aunque es más frecuente que aparezcan algunos de ellos de forma aislada. Estos trastornos son:

Mala lateralización: La lateralidad es el proceso mediante el cual el niño va desarrollando la preferencia o dominancia de un lado de su cuerpo sobre el otro. Nos referimos a las manos y los pies. Si el predominio es del lado derecho, es un sujeto diestro; si es del lado izquierdo, se denomina zurdo; y si no se ha conseguido un dominio lateral en algunos de los lados, se llama ambidiestro.

En general, la lateralidad no está establecida antes de los 5 ó 6 años, aunque algunos niños ya manifiestan un predominio lateral desde muy corta edad.

Los niños que presentan alguna alteración en la evolución de su lateralidad, suelen llevar asociados trastornos de organización en la visión del espacio y del lenguaje que vienen a constituir el eje de la problemática del disléxico.

El mayor número de casos disléxicos se da en los niños que no tienen un predominio lateral definido La lateralidad influye en la motricidad, de tal modo que un niño con una lateralidad mal definida suele ser torpe a la hora de realizar trabajos manuales y sus trazos gráficos suelen ser descoordinados.

Alteraciones de la psicomotricidad: Es muy frecuente que los niños disléxicos, con o sin problemas de lateralidad, presenten alguna alteración en su psicomotricidad (relación entre las funciones motoras y psicológicas). Se trata de inmadurez psico-motriz, es decir, torpeza general de movimientos. En el niño disléxico estas anomalías no se dan aisladas, sino que acompañan al resto de los trastornos específicos como:

Falta de ritmo: Que se pone de manifiesto tanto en la realización de movimientos como en el lenguaje, con pausas mal colocadas, que se harán patentes en la lectura y en la escritura.

Falta de equilibrio: suelen presentar dificultades para mantener el equilibrio estático y dinámico. Por ejemplo, les cuesta mantenerse sobre un pie, saltar, montar en bicicleta, marchar sobre una línea, etc.

Conocimiento deficiente del esquema corporal: Muy unido a la determinación de la lateralidad y a la psicomotricidad está el conocimiento del esquema corporal y sobre todo la distinción de derecha-izquierda, referida al propio cuerpo. Así el niño diestro (normalmente escribe, come, etc. con la mano derecha) y el zurdo (escribe, come... con la izquierda) tienen su mano derecha e izquierda, respectivamente, como puntos de referencia fundamentales sobre los que basar su orientación espacial. El niño mal lateralizado, al poseer una imagen corporal deficiente, carece de los puntos de referencia precisos para su correcta orientación. El cuerpo sitúa al sujeto en el espacio y es a partir del cuerpo como se establecen todos los puntos de referencia por medio de los cuales se organiza toda actividad.  

Trastornos perceptivos: Toda la percepción espacial está cimentada sobre la estructura fundamental del conocimiento del cuerpo. Se sitúan los objetos teniendo en cuenta que la posición del espacio es relativa, una calle no tiene realmente ni derecha ni izquierda, dependiendo ésta de la posición donde esté situada la persona.

También el concepto que tenga de arriba-abajo, delante-detrás, referido a sí mismo, lo proyectará en su conocimiento de las relaciones espaciales en general.

Del mismo modo, en la lectura y la escritura, el niño tiene que fundamentarse en sus coordenadas arriba-abajo, derecha-izquierda, delante-detrás; y plasmarlas en la hoja de papel y en la dirección y forma de cada signo representado. El niño que no distinga bien arriba-abajo tendrá dificultades para diferenciar las letras.

Características del niño disléxico

Falta de atención: Debido al esfuerzo intelectual que tienen que realizar para superar sus dificultades perceptivas específicas, suelen presentar un alto grado de fatigabilidad. Por esta causa los aprendizajes de lectura y escritura le resultan áridos, sin interés, no encontrando en ellos ningún atractivo que reclame su atención.

Desinterés por el estudio: La falta de atención, unida a un medio familiar y escolar poco estimulantes, hacen que se desinteresen por las tareas escolares. Así, su rendimiento y calificaciones escolares son bajos.

Inadaptación personal: El niño disléxico, al no orientarse bien en el espacio y en el tiempo, se encuentra sin puntos de referencia o de apoyo, presentando en consecuencia inseguridad y falta de estabilidad en sus reacciones. Como mecanismo de compensación, tiene una excesiva confianza en sí mismo e incluso vanidad, que le lleva a defender sus opiniones a ultranza.

Manifestaciones escolares

La dislexia se manifiesta de una forma más concreta en el ámbito escolar, en las materias básicas de lectura y escritura. Según la edad del niño, la dislexia presenta unas características determinadas que se pueden agrupar en tres niveles de evolución. De modo que aunque el niño disléxico supere las dificultades de un nivel, se encuentra con las propias del siguiente. De esta forma, la reeducación hará que éstas aparezcan cada vez más atenuadas o que incluso lleguen a desaparecer con la rehabilitación. A continuación realizamos un análisis por rangos de edad.

Niños de edades comprendidas entre los 4 y los 6 años

Esta etapa coincide con la etapa preescolar. Los niños están iniciándose en la escritura y en la lectura, pero como no se ha producido la adquisición total de éstas, los trastornos que presenten serán una predisposición a la dislexia y se harán patentes en el próximo nivel o en edades más avanzadas.

Las alteraciones se manifiestan más bien en el área del lenguaje, dentro de éstas podemos destacar:

- Supresión de fonemas, por ejemplo "bazo" por "brazo", o "e perro" por " el perrro".

- Confusión de fonemas, por ejemplo "bile" por "dile".

- Pobreza de vocabulario y de expresión junto con una comprensión verbal baja.

- Inversiones, que pueden ser fonemas dentro de una sílaba, o de sílabas dentro de una palabra. Por ejemplo: "pardo" por "prado"y "cacheta" por "chaqueta".

- Mala estructuración del conocimiento del esquema corporal.

- Dificultad para distinguir colores, tamaños, formas...

- Torpeza motriz con poca habilidad para los ejercicios manuales y para realizar la escritura: ver ejemplo 1.

Niños de edades comprendidas entre los 6 y los 9 años

En este periodo la lectura y la escritura ya deben estar adquiridas por el niño con un cierto dominio y agilidad. Es en esta etapa donde el niño disléxico se encuentra con más dificultades y pone más de manifiesto su trastorno.

Las manifestaciones más corrientes en este periodo son:

- Confusiones sobre todo en aquellas letras que tienen una similitud En su forma y en su sonido, por ejemplo : "d" por "b"; "p" por "q"; "b" por "g"; "u" por "n"; "g" por "p"; "d" por "p".

- Dificultad para aprender palabras nuevas.

- Inversiones en el cambio de orden de las letras, por ejemplo "amam" por "mama"; "barzo" por "brazo"; "drala" por "ladra".

- Omisión o supresión de letras, por ejemplo "árbo" por "árbol".

- Sustitución de una palabra por otra que empieza por la misma sílaba o tiene sonido parecido, por ejemplo: "lagarto" por "letardo".

- Falta de ritmo en la lectura, saltos de línea o repetición de la misma.

- En la escritura sus alteraciones principales son en letras sueltas: Ver ejemplo 2

- En una fase más avanzada, cuando escribe comienza a hacerlo por la derecha y termina la palabra o frase por la izquierda, y sólo es legible si leemos la cuartilla con un espejo, con la consiguiente alteración en la colocación de las líneas: Ver ejemplo 3

- Mezcla de letras minúsculas y mayúsculas.  



Niños mayores de 9 años

- En el lenguaje tienen dificultades para construir frases correctamente, y conjugar los tiempos de los verbos.

- La comprensión y la expresión son bajas para su capacidad mental.

- La lectura suele ser mecánica, lo que les hace tener poco gusto por la lectura, debido al esfuerzo del niño en centrarse en descifrar palabras, sin atender al significado de las mismas.

- Presentan dificultades para manejar el diccionario.

- En la escritura es frecuente el agarrotamiento y cansancio muscular. La caligrafía es irregular y poco elaborada.

La recuperación del niño disléxico

El diagnóstico y la prevención deben empezar lo antes posible, desde el momento en que se observen las primeras anomalías. De este modo se evitan muchos problemas de inadaptación escolar y personal. Aunque la intervención se haga tempranamente, no se eliminan por completo las alteraciones, sino que en la mayoría de los casos hay que ir saliendo al paso de las dificultades que se van presentando, por lo que es aconsejable continuar con una tratamiento de mantenimiento.

El plan de recuperación en edad escolar está centrado en el área del lenguaje y en la inmadurez perceptiva y manual. Las actividades abarcan los siguientes aspectos:

- Ejercicios de actividad mental: de atención y memoria, organizar y ordenar elementos, observar y distinguir unos objetos de otros.

- Ejercicios perceptivos y manuales: reconocer y agrupar objetos según el color, según el tamaño y la forma.

- Ejercicios para la adquisición del conocimiento de su propio cuerpo.

- Ejercicios de equilibrio estático: mantenerse sobre un pie, mantenerse de puntillas, etc.

- Ejercicios de equilibrio dinámico: saltar sobre dos pies, saltar con un pie, etc

- Ejercicios espaciales (abajo-arriba, delante-detrás, etc.)

- Ejercicios de lenguaje: nombrar y definir objetos, dibujos, contar cuentos.

- Ejercicios para conocer su propio cuerpo: señalar partes del cuerpo, decirlas por su nombre, etc.

- Ejercicios de lectura y preescritura, son ejercicios que ayudan a seguir el movimiento y reconocimiento de las letras, en este nivel se ejercita el aprendizaje de las vocales, consonantes y de los números. Para conseguirlo, además de los ejercicios de caligrafía, se utilizan las actividades con plastilina, pintura de dedos, recortado de figuras, picado, etc.

Todos estos ejercicios de rehabilitación del disléxico deben aumentar su complejidad en función de la edad cronológica del niño, y estimular y adquirir aquellos aprendizajes en donde se haya quedado estancado.


© 2001 de Belén Merino Díaz Parreño 
Educadora Infantil Diplomada en Logopedia

Ilustración ©MarcoASantanaS




Si eres disléxico, Padre, Madre o pariente de disléxico y deseas compartir tu experiencia, no dudes en enviármela al siguiente correo: blogunhombreenunabotella@gmail.com Poniendo en asunto la palabra “Testimonio” y yo la publicaré en mi blog para que no caiga en el olvido.

Del mismo modo, si eres un profesional en dicho campo, no te cortes en enviarme, tus opiniones u observaciones sobre los casos publicados al mismo correo: blogunhombreenunabotella@gmail.com Poniendo en asunto la frase “La Voz Del Profesional” e igualmente serán publicadas en mi blog.

La invitación está hecha. Ahora depende de vosotros hacer que la iniciativa salga adelante. No olvidéis que somos más de los que creemos. Ayudándonos a nosotros mismos, ayudamos a los demás. Entre más se hable de la dislexia, más resonancia tendrá en los medios. Uniendo nuestros testimonios, quizá, creemos un solo testimonio. Un testimonio con la relevancia suficiente para ser oídos por aquellos que, sencillamente, no saben viajar en botella.