viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi Rayo De Sol


Él: -¿Qué es eso?
Yo: -Una fuente.
Él: -Y… ¿por qué tiene moneditas en el fondo?
Yo: -Pues, porque hay personas que las lanzan dentro y piden deseos. 
                      Él: -¡Y yo también puedo pedir un deseo!
                      Yo: -¡Claro!
                      Él: -¡Deseo que venga un dinosaurio y se coma a toda esta gente!
                      Yo: -¡Uf! Menos mal que se olvidó de lanzar la moneda.

Así es mi hijo de cinco años. Alegre, inquieto y espontáneo. Una criaturita que brilla con luz propia. Es mi rayo de sol, y admito, abiertamente, que se me cae la baba cuando hablo de él. Simplemente, lo adoro.

Nació con poderes especiales, ya saben, pero hemos tenido que inhibirlos porque la sociedad aun no está preparada para ellos. Le gusta salir de noche, mirar a la “Moona” (una de sus combinaciones personales entre la palabra inglesa “Moon” y la española “Luna”) y comerse un perrito caliente con papas fritas, mientras oye música en vivo en los Pub de “Free live music” regentados por Chonis, Guiris u otras faunas de los lugares cosmopolitas donde solemos acabar residiendo. Ojo, es muy exigente en sus gustos, la música, tiene que ser fuerte de percusión y guitarras, nada que ver con el espíritu romántico-melódico de su Padre. Este, sacó algo de la misma rama que mi hermano. El cual, cuando éramos adolescentes, se le ocurrió la fabulosa idea de remplazar su mesa de noche por un bafles de guitarra eléctrica, con un lector de casetes conectado a la entrada de audio; con la inocente finalidad, de poder dormir, placidamente, oyendo la música de Iron Maiden (cómo Dios manda y la Santa madre iglesia enseña) pues era la que más le molaba en aquellos tiempos. Una idea genial, sin lugar a dudas, salvo por un pequeño detalle: Compartíamos habitación. Sobra entrar en detalle de como fueron mis noches a partir de ese día tan revelador. Quizá fuera por ello, el que me decantase por un estilo musical más sosegado a la hora de expresarme con la música. No sé, la vida es un misterio.

A mi rayo de sol, le gusta que me tumbe a su lado y le acompañe cuando las pesadillas no le dejan dormir, que le escuchen cuando, entusiasmado, cuenta (con su estilo particular) alguna de sus fantasías, y, asaltar la nevera para comer yogures hasta reventar, aunque no deba, porque la lactosa le sientan muy mal.

Mi rayo de sol, se llena la boca de pasta de dientes, a más no poder, dibuja una “o” con sus pequeños labios y sopla creando cientos de pompas de jabón. Es un coqueto incorregible, que disfruta enormemente del citado ritual mientras se mira feliz en el espejo. Le gusta usar el telefonillo de la ducha para entonar sus composiciones improvisadas de Rock Star antes de dejarse duchar, que le lean un cuento antes de acostarse y tapase la cara con la sábana para dormir.

A mi rayo de sol, le atacan mosquitos-conejo que le pican en el culete y le dejan ronchitas en el codo. Le gusta correr, saltar a la piscina haciendo la bomba, correr, jugar al fútbol, correr, el chocolate y… ¿He dicho que le gusta correr?....

No hace mucho, lo apunté a clases de fútbol. Llevaba tiempo pidiéndolo y al final hubo que darle lo que pedía. En su primera clase, me pidió que me quedara a verle jugar. Cosa que hice encantado. El entrenador, tras poner a los enanos a hacer algunos ejercicios de calentamiento, lanzó el balón al aire y se apartó velos mientras un número incontable de pequeñas criaturas se abalanzaron sobre el, como pirañas, antes de que tocara el suelo. Mientras, mi rayo de sol, corría feliz por el campo, con los brazos en cruz, haciendo la avioneta, totalmente ausente de lo que pasaba a su alrededor. El entrenador, no decía nada, pero le miaba como si estuviera profanando el más sagrado de los rituales.  Así, transcurrió el juego, hasta que, este señor, cansando de verle correr y correr sin un fin concreto, decidió ponerlo a jugar como portero. Aclarece, que, como el campo estaba siendo compartido por varios grupos de niños, habían improvisado algunas porterías con los típicos conos naranja de tráfico. A mi rayo de sol, le toco una de esas curiosas porterías. El caso, es que mientras sus compañeros luchaban como Cosacos por el balón, él se interesaba por uno de esos llamativos objetos naranja. Y en un momento de peligro inminente, en el que, el equipo contrario, embestía contra la citada portería, a mi rayo de sol, no se le ocurre otra cosa, que coger uno de los conos que daban forma a la unidad cósmica de la susodicha portería, que él, supuestamente, debía defender. Y, ni corto, ni perezoso, empezó a usarlo como periscopio, mientras gesticulaba con los bracitos como si fuera el Capitán Jack Sparrow. Las consecuencias de esta acción, fueron nefastas para su equipo. Pues, uno de sus adversarios, en un descuido de la defensa, envío, con una poderosa patada, al balón, directo a la zona donde se hallaba mi rayo de sol con su maravilloso periscopio naranja. Como no había cono que definiese el espacio demandado por las reglas del juego, era difícil aclarar si había sido gol o no. Todos estaban ofuscados, y, el entrenador, junto a algunas de las pirañas, amonestaron cruelmente a mi rayo de sol. Haciendo menguar su maravillosa luz interior, lo cual, me partió el corazón, pues, por unos segundos, allí donde estaba él, parecía estar yo. Su mirada confusa me busco entre la gente, y sin dudarlo, me puse en pie, en la grada, para que pudiera verme. Descendí, y saltándome la prohibición de que los padres no pueden atravesar el campo, me dirigí hacia él, acribillado por las miradas de desaprobación de los adeptos a la secta de los "Cabeza de balón de reglamento". Una vez lo tuve ante mí, agachándome a su nivel, para que su mirada quedara a la altura de la mía, le dije sin prestar la más mínima atención a la jauría que ladraba a nuestro alrededor:  Sabes que, al salir de aquí, doblando la esquina, hay una cafetería francesa que hace unos pastelitos muy ricos. – Recuperando la luz de su rostro como si nunca la hubiese perdido, me pregunta: ¿Puedo comerme uno de chocolate?...  Por su puesto. – Dije, dando fin a la conversación. Y, sin más, nos fuimos cogidos de la mano. Usando nuestra compacidad, compartida, de ausentarnos por completo de nuestro entorno. Padre e hijo, juntos, absolutamente ajenos a lo que sucedía a nuestro alrededor. Protegidos por un campo de fuerza invisible, rumbo a un mágico portal, en el espacio tiempo, con destino directo, al delicatese reino de los pastelitos tradicionales de chocolate.

A mi rayo de sol, le gusta lanzar pedazos de pan duro a los peces del muelle deportivo, correr, dibujarse a sí mismo surfeando sobre las olas, correr, pensar que su papá (de indiscutible físico fondón) es un superhéroe que vuela, correr y jugar a la pelota. Aún le encanta el fútbol, pero ahora, no tiene tiempo, está apuntado en atletismos, y según su entrenador, es un corredor incombustible, un niño que ha nacido para hacer deporte.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

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