martes, 6 de noviembre de 2012

Y Ahí Estaba Yo

Y ahí estaba yo, trepando por el muro. Buscando meticulosamente los puntos de apoyo. Abriéndome paso, a mano limpia, adhiriéndome a cuanto saliente pillo a mi paso, como un escalador de rocas con tendencia a sucumbir a la gula del café y los pastelitos mañaneros. Sacando partido del insinuado físico fondón para hacer contrapeso en este ascenso vertical. Tal cual, araña vespertina, ansiosa por extender su pegajosa tela en el lugar más elevado, donde la caza es más propicia que la ansiada a ras del frío suelo. Mirando furtivamente, a contraluz, hacia el supuesto final de este viaje, y esquivando, al instante, la mirada, cegado por la insoportable luz solar que desciende proyectándose sobre mí sudoroso rostro. Como una deslumbrante y calurosa promesa que atrae y repele a la vez, instando a seguirla, aunque sea a ciegas, inclinándome, subyugando ante dicha disfunción como un alma perdida en pos de un brote de esperanza.

Y ahí estaba yo, con mis torpes impulsos, rompiéndome las uñas en ínfimos recovecos, sudando la gota gorda por no perder el equilibro en este vaivén ascendente de barrilete poco dado a estos menesteres. Un tipo, ajeno a los objetivos olímpicos, dando lo mejor de si para cumplir, con este reto, con cierta dignidad. Eludiendo pódiums de vanidades repelentes, que no conducen más que a la amargura posterior al olvido, pues nada es eterno, todo cambia, excepto, el modo de ser de la gente. Éstas, atrapadas en un bucle sin fin, siglo tras siglo, generación tras generación, sufren lo indecible y lo olvidan, para volver a padecer, lo padecido, como si nunca lo hubiesen vivido.

Y ahí estaba yo, preguntándome ¿qué pinto aquí? en el reino de las almas huecas, cuando la mía está plagada de sueños. Que divinidad cruel me desterró en este reino de eterna descompensación, donde los que más, se perpetúan en el regodeo de la opresión de los que menos. ¿Qué lugar ocupo yo en este tablero de juegos? Sumido en un mar de incógnitas, embriagado por mi exceso de fantasías, clavando mis dedos como garras en una superficie vertical, por la que voy trepando hacia una cima que me reclama a gritos pero no atino a alcanzar.

Y ahí estaba yo, incontables horas más tarde, finalizando la proeza. Haciendo el último y titánico esfuerzo por ubicarme sobre el muro. Sacudiéndome el polvo del ascenso, secándome el sudor de mi frente e intentando recuperar el aliento. Recompensado, por la visión de un horizonte azul levitando sobre un mar de esponjas blancas. Conservando el equilibrio en esta estrecha superficie como un equilibrista que hizo novillos en el cursillo de aprendizaje. Haciendo un barrido visual de mí entorno, a modo de periscopio poco engrasado, sin ver otra cosa, más que la citada atmósfera. Trepar al cielo no es tarea fácil, debería aportar algo más que cuatro nubes superpuestas sobre un fondo celeste; pues, por muy bella que sea su presentación, si no aporta contenido alguno, el objetivo alcanzado, más que compensar, descompensa, dejándote más vacío de espíritu que cuando te embarcaste en dicha empresa. ¿Qué clase de broma es esta, huérfana de gracia pero bien elaborada?

– ¡Janti Danti! ¡Janti Danti! – Grita una voz tras de mi.

Me vuelvo hacia la fuente de la llamada, encarándome con un espejo, que burlón, me devuelve mi reflejo. – ¡Caramba! ¡Pero si soy un huevo con extremidades y faz atolondrada! – Sorprendido, retrocedo, perdiendo el equilibrio, rodando por la cima del muro y precipitándome al vacío.

Y ahí estaba yo, roto en mil pedazos, con mis sueños esparcidos por doquier e incapaz de recomponerme. Viendo surgir de las sombras a cientos de criaturas diminutas que se apoderan de ellos y se los llevan, felices, de retorno a sus cubículos. Privándome del único sustento que da sentido a mi vida. Sin poder llevar a cavo ni un leve amago para evitar dicho expolio. Y por si fuera poco. Cuando paresia que las cosas no podían ir peor. Siento unos golpecitos en mi hombro, que tiran de mí, trayéndome de vuelta a la realidad, con el eco entrecortado de una voz cansina y lineal:

– “Caballero, el tiempo del examen se ha agotado. Por favor, deposite los impresos en la bandeja que se halla en la mesa, junto a la salida, antes de marchar.”

Y ahí estaba yo, más ido que perdido, en el momento y lugar más inoportuno.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada