martes, 4 de diciembre de 2012

Don Jorge


A Don Jorge no le salían las cuentas: – Vamos a ver, si en mi clase siempre han habido veinte alumnos ¿cómo es que hoy hay veintiuno? – Comenta, de pie, con los brazos cruzados, clavando la mirada, por encima de sus gafas de lectura, en un niño tímido y esmirriado, ataviado con ropas pasadas de moda. – Lo siento, señor, he salido al servicio y al volver, mi clase ya no estaba. – Le explica el pequeño. – ¿Intentas decirme que tu clase ha desaparecido del colegio? – Pregunta Don Jorge. – No, exactamente, señor. – Matiza, el nuevo niño, con una vocecilla tímida, mientras mira con asombro a su alrededor. – Está bien, jovencito, no tengo tiempo para más tonterías. Siéntese en el pupitre del fondo y escriba, cien veces: “No voy a volver a perder mi clase nunca más”. – Ordena Don Jorge, muy metido en su papel de docente inflexible. – ¿Por qué habría de hacer eso señor? Yo no he perdido mi clase, usted no es mi profesor, estos niños no son mis compañeros, pero, aunque no me crea, podría jurar, que esta sí es mi clase. – Se esfuerza en aclarar el extraño niño. – Jovencito, su cara me es familiar, estoy convencido de que nos hemos cruzado cientos de veces por los pasillos de este centro. Y le puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que esta no es su clase. Ahora, haga el favor de sentarse donde le he dicho, y póngase a escribir, antes de que pierda mi escasa paciencia. – El niño, le mira unos segundos, se encoje de hombros y, sin más, se dirige al pupitre del fondo y se sienta. Don Jorge, hace un tanto de lo mismo y se sienta en su silla.

Pero al segundo de sentarse, percibe por el rabillo del ojo, que el niño está con el brazo izquierdo levantado, reclamando su atención. – ¿Qué sucede ahora, jovencito? – Pregunta, Don Jorge, con tono cansino. – Disculpe, señor, pero no tengo papel en el que escribir. – Le hace saber mientras se hurga la nariz con el dedo índice de la otra mano. 
Haciendo gala de una paciencia inhabitual en él, Don Jorge, coge unos folios de una de las bandejas de su pulcra mesa, se acerca a la fuente de su incomodidad, y se los deja sobre el pupitre, refunfuñando maldiciones por lo bajo.
Una vez se vuelve a sentar, el pequeño, alza nuevamente el brazo izquierdo, mirándole fijamente con esa chispa, mezcla de ausencia e inocencia, habitual en las pupilas de los ojos de los niños.
Don Jorge, toma una bocanada de aire, cierra los ojos un segundo, como si estuviera reclamando al cielo que le dotase de un aguante que nunca tuvo, y deja escapar un cortante: – ¿Ahora qué?No tengo lápiz… Señor… – Añade el niño, algo turbado por la mirada gélida del tutor.
Una vez más, Don Jorge, reprimiendo sus emociones, coge un lápiz de un bote de madera, exquisitamente tallado con formas geométricas y estratégicamente situado cerca de su mano derecha, y de mala gana, se levanta de su silla, se aproxima al irritante crío, y extendido el brazo hacia este, con el lápiz en la mano, le comenta con sarcasmo: – Desea algo más el señoritoNo… – Le responde el niño con un hilo de voz.
Don Jorge, ofuscado, se da la vuelta y se retira a sentarse tras su mesa. Da unos resoplidos y se centra en revisar una montañita de folios que se hallaban ante él.

Tras varios minutos de silencio, Don Jorge, aun mosqueado, deja de corregir ejercicios y observa, por encima de sus gafas, al nuevo y cargante niño. Este, ajeno a la mirada del profesor, se afana en acabar el castigo que le había impuesto.
Don jorge, cae en la cuenta, de que el niño está escribiendo con la mano izquierda, y piensa con fastidio: – “Para colmo es zurdo” – Pero al instante se retracta, al comprender, que no solo usa la mano izquierda, sino que, además, escribe de derecha a izquierda. – ¡Pero bueno! ¿Qué está pasando aquí? – Protesta, indignado, dirigiéndose hacia el esmirriado niño.
Este, viendo lo que se le venía encima, se pone de pie, firme como un soldado y dice: – ¡Permiso para ir al servicio, Señor! – Y antes de que él, le pudiese responder, el niño, le da las gracias y sale corriendo, como alma que lleva el diablo, fuera del aula. 
Don Jorge, estupefacto, no sale de su asombro, y con un subidón de adrenalina repentino, que ilumina su pálido rostro de un rojo encendido, sale corriendo tras él, ante el asombro del resto de la clase.
Fuera, en el pasillo, le ve correr hacia el fondo y girar a la derecha, entrando en los servicios, y no duda en seguirlo.
Una vez en ellos, estos, aparentan están vacíos. Trastornado, lo busca, hasta en los recovecos más insospechados de los mismos, sin encontrarlo.
Sudoroso, con el corazón latiendo por encima de sus revoluciones, se mira al espejo y saca un pañuelo de su bolsillo para secarse. En ese momento, ve, a través del espejo, que el niño se halla tras él, observándole con curiosidad. Termina de secarse, como si no se hubiese percatado de ello, y de improviso, se gira a por él, mientras grita: – ¡Te pille!
No obstante, para aumentar su desconcierto, el escurridizo crío, no está. – ¡¿Pero…?! – Deja escapar Don Jorge, oyendo alejarse el eco de la risa juguetona del pequeño, sin saber a que atenerse.
Con el sudor, renovado, recorriendo su frente y un incómodo temblor en sus manos, intuye lo imposible. Gira su rostro hacia el espejo, y en él, luciendo una amplia y luminosa sonrisa, se halla el niño. Justo a su lado, levantando la cabecita para mirarle.
Atónito, salta con la mirada, varias veces seguidas, del vacío que le rodea, al reflejo del espejo, y siente que la cabeza le da vueltas.
El niño, a salvo de él, camina despacio hacia la puerta de los servicios, en el otro lado del espejo, y antes de salir por ella, se detiene, y mira a Don Jorge directamente a los hijos. Este, siente que esa mirada inocente le atraviesa, penetra en él, y abre puertas de su memoria, cerradas tiempo atrás. Y a pesar de que su visión se ha enturbiado por el exceso de lágrimas que han brotado en sus ojos, ve la vedad con claridad meridiana: – ¡Tú!… ¡Tú eres yo! – Sentencia con la voz tomada.
El niño, manteniendo el contacto visual, asiente con la cabeza, le da la espalda y sale por la puerta de los servicios del otro reino.

Acto seguido, entra en los mismos, uno de sus compañeros docente. Y al verle tan demacrado ante el espejo, le pregunta preocupado: – ¿Te encuentras bien?... – A lo que Don Jorge responde. – Sí, no pasa nada, simplemente olvide, que fui niño una vez.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

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