domingo, 19 de febrero de 2012

Allí Donde Nacen Los Sueños · El Despertar





Oscuridad, allí donde miro sólo veo oscuridad. Como si un inmenso y tupido manto lo cubriera todo. Envuelto en él, a tientas, intento desplazarme, adherirme a algo, lo que sea, que me aporte sensación de estabilidad. No siento el suelo bajo mis pies. Pataleo en vano. Consumo tiempo y energía sin obtener nada a cambio. No sé dónde me encuentro e ignoro cómo he llegado aquí. Floto a la deriva en un espacio vacío, huérfano de luz, enemigo del calor. Limitado por una resistencia similar a la que ejerce el agua al ser atravesada por un cuerpo, no obstante, al margen del malestar que experimento, respiro, luego… no me hallo sumergido aunque pudiese jurar que así fuera.

Suspendido en el vacío, oigo susurros plagados de palabras que inducen al sosiego. Macabro arrullo para este insecto atrapado en un jugo dulzón, bajo cuya superficie inocua, se prevé un fondo oscuro de naturaleza cruel.

Los susurros se tornan voces y con inquietante amabilidad, me invitan a cerrar los ojos y sumergirme en el olvido. No obstante, el atractivo inducido en dicha sugerencia no consigue persuadirme, por lo que, las susodichas, receptivas a mí firmeza, optan por sincronizarse y aumentar el tono.

Mi corazón se acelera. Siento sus latidos golpear con fuerza contra mi pecho. Me cuesta respirar. ¡Necesito salir de aquí! Con los ojos desorbitados, escudriño en el vacío, y aún siendo consciente de la futilidad de mis intentos, reanudo mi pataleta, dando zarpazos al vacío hasta perder la noción del tiempo.
A punto de desfallecer, este desesperado empeño por alcanzar la libertad, se ve milagrosamente recompensado por mi, olvidado, sentido del tacto; el cual, asentado en la yema de mis dedos, me transmite la certeza de haber rozado algo. Gracias a esa nimiedad, se reaviva en mí la chispa de la esperanza.
Procurando mantener la calma, cambio de estrategia. Abandono las pataletas y me aventuro a desplazarme. No resulta fácil. Me muevo con lentitud aunque no sea esa mi intención. Es como ir contra corriente en el sentido más estricto y literal de la expresión.
La ausencia de luz y el entorno insólito, entorpecen notablemente la incursión, sin embargo, no ceso de dar interminables brazadas hasta colisionar, en un momento dado, con una inesperada barrera. Con ciertas reservas, extiendo el brazo arriesgándome a tocarla. Palpo con timidez su superficie. Al tacto, se muestra blanda, rugosa y calida. Intuyo que es de materia orgánica aunque dicha sospecha sea perturbadora.

Curiosamente, las voces, cambian de actitud, acorde con los acontecimientos suben una octava y se tornan imperativas. Por mi parte, ajeno a sus apremios, medito unos segundos antes de continuar. Concluyendo, en deslizarme paralelamente a la citada barrera, alentado por el anhelo de hallar alguna grieta o fisura que me proporcione la libertad.
Sumido en este periplo tenebroso, buceo cauteloso procurando eludir la densidad de esta sustancia, la cual, parece aumentar por segundos. No es que el líquido, o lo que sea, que me rodea, se esté condensando, simplemente, me fallan las fuerzas.
Cuesta horrores mantener el ritmo. Transcurrido un tiempo me percato de que la barrera parece no tener fin. Quizá esté dando vueltas en círculo. ¿Pero cómo saberlo con certeza?
Las voces vuelven a cambiar, se tornan gritos, estos, se pisan unos a otros, en un galimatías frenético y ensordecedor, que pasa del acoso verbal a la intimidación en cuestión de segundos. Siento la imperiosa necesidad de taparme los oídos, pero no sirve de nada, es como si estos brotaran de lo más recóndito de mi cerebro. ¿Por qué reaccionan así? ¿Tal vez esté cerca de la salida? Lamentablemente, mis cavilaciones se ven interrumpidas, sin previo aviso, por un dolor agudo en el pecho, que me paraliza y me hace perder la conciencia. Experimento una intensa sensación de descenso, y en el proceso, la algarabía de gritos, que acribillaban mis tímpanos, disminuyen el volumen, dando paso al silencio más absoluto. Fundido con la nada, el dolor desaparece, la respiración se detiene y la luz de mis ojos se apaga clavando el vacío de sus pupilas en el infinito. El silencio y la ausencia de sensaciones parecen ralentizar el tiempo, exhibiendo mi cuerpo inerte, despojado de su chispa vital, flotando, esperpéntico, a la deriva, en algún punto indeterminado de esta oscuridad.

Del silencio surge una voz nueva. Su vibración, suave y dulce reconforta:

- Tranquilo. Todo va a salir bien. - Con el eco de esas palabras vuelvo en mí. Todo parece transcurrir con extrema lentitud, como si fuera a cámara lenta. Abro los ojos al tiempo que voy recuperando la conciencia. - Oscuridad, sólo veo oscuridad…

De súbito, todo se acelera frenéticamente, bombardeándome con imágenes de una crudeza repulsiva, producto de mi pasado más inmediato. Colocándome, irónicamente, justo en el mismo lugar en el que me hallaba antes de desvanecerme. Con la excepción, de que ahora, las escurridizas barreras se ciernen sobre mí.
No sé cómo, al perder la conciencia, el oscuro lugar en el que flotaba, menguó hasta retenerme en una especie de burbuja con tendencia a seguir disminuyendo, a pasos agigantados, el escaso espacio que queda a mí alrededor.
El pánico se apodera de mi, sin perder tiempo, apoyo brazos y piernas en sus paredes, con la previsible e ingenua intención de detenerlas. Mis miembros se hunden en su superficie como si fuera de goma. Esta elasticidad inesperada me sobrecoge, se diría, que, la omnipresente membrana que me envuelve, acelera su contracción acorde con la intensidad de mis estímulos.
No consigo mantenerme erguido. Intento ganar tiempo, flexionando las piernas y clavando las rodillas por un lado mientras hago presión con las manos y los codos por otro, pero sólo consigo acabar de rodillas con la cabeza gacha sin que la esfera deje de disminuir.
Tras incontables intentos fallidos, termino en posición fetal, completamente aprisionado en un envoltorio que no me permite mover ni un dedo, y aun así, sigue oprimiéndome sin piedad. Quiero gritar, pero el pánico y la escasez de espacio me lo impiden. Esa sustancia elástica y carnosa está tan pegada a mí que se diría que somos una misma cosa.
Como una desmedida anaconda, relamiéndose ante su festín, ciñe el envoltorio hasta no poder más. Los codos se me clavan en las costillas haciéndolas crujir. La caja torácica se resiente y los pulmones pierden espacio para dilatarse. La presión ejercida por este organismo alcanza límites insospechados. - Ha de haber un modo de salir de aquí. - Los huesos comienzan a sonar, uno tras otro, armonizando este espectáculo macabro. Demasiado agotado y aturdido para poder reaccionar. Un predecible sonido seco en mi nuca anuncia el golpe de gracia y finaliza el sufrimiento. Se repite el estado de paz interior. Vuelvo a caer en el pozo sin fondo y en dicho descenso imploro...: - ¡Déjenme morir!
Milagrosamente, después de haberlo deseado hasta la saciedad y haber perdido toda esperanza, diviso una luz distante, minúscula, parecida a una estrella. Esta, a pesar de la lejanía, hace uso de una poderosa atracción gravitatoria, atrapándome y atrayéndome hacia ella.
Dicha situación acelera mi caída libre, ganando velocidad progresivamente a medida que el vacío que me separa de ese faro en mitad de la nada disminuye, dejando tras de mí, una estela de vida sin vivir que se desintegra a modo de cola de cometa solitario predestinado a colisionar irremediablemente con el destino que le impone su trayectoria.

La citada luz minúscula crece y crece a medida que me acerco a ella. Pasa de ser un punto en la distancia a convertirse en un sol descomunal que casi lo cubre todo. Su luz intensa, cegadora por momentos, emite ondas calidas. Grata brisa que reconforta a este cuerpo erosionado por las inclemencias del frío de las tinieblas.
Atrás, casi difuminado por el espacio, se adivina un punto oscuro y diminuto del que nada quiero saber. Ante mi nace un nuevo horizonte, en el cual se materializa un agujero demencial del que emana una luz tan poderosa que atraviesa la membrana de mis parpados, obligándome a apartar la cara.
Llegado a este punto, poco o nada puedo decir, los acontecimientos se desarrollan a demasiada velocidad, no hay tiempo para pensar o sentir nada. Ese inmenso remolino de luz incandescente que se halla ante mi, se abre como una gigantesca boca que absorbe todo lo que se encuentra a su paso engulléndome con la mayor de las simplezas.
Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

sábado, 18 de febrero de 2012

Canción: Discúlpame (1993)


Letra Y Música: Marco Antonio Santana Suárez



Discúlpame si te digo/
que cuando te miro/
creo ver/ en tus ojos/
un destello/ de amor/

Una luz/ en lo infinito/
que me indica/ un camino/ a seguir/
el cual/ no tomaré/
sin tu previa/ autorización/

No quisiera/ equivocarme/
ni incomodarte con mis/ deducciones/
algo/ prematuras/
por las cuales me inclino/
 a pedirte/ perdón/

Ya que mi cabeza/
meticulosa y calculadora/ me dice/
que esto no puede ser posible/
que seguro/ que cometo/ un error/

Ya que cómo/ se explica/
que una criatura/ tan bella cono tú/ se digne/
a reparar/ en un individuo/ tan insignificante/
como yo/

Sin embargo/ juraría/
no siendo esta/ la primera vez/
que al mirarte/ a los ojos/
descubro que están mendigando/ 
amor/

Discúlpame si te digo/
que cuando te miro/
una llama se enciende/
en/ mi corazón/
aunque solo sean unos segundos/
aunque solo sean unos instantes/
eso para mi/ vale más/
que cien años/ de amor/

No obstante/ has de saber/
que es muy delicada/ mi situación/
ya que me vuelvo/ vulnerable/
al confesar lo que me dicta/ el latir/ de mí/ corazón/

Por ello te sugiero/
que recuerdes que todos nos equivocamos/
así pues si yo estoy errando/
ten un poco/ de compasión/
se gentil/ a la hora/
de subsanar/ las dudas/ que me turban/
no aproveches el hecho de que he bajado la guardia/
para ensartar una daga/
en mi corazón/

Pues/ generalmente/
suele/ suceder/
que cuando uno se arriesga a abrir/ su corazón/
sale mal trecho/ lamentando/ dicha acción/


 Safe Creative #1202171102685
yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

miércoles, 15 de febrero de 2012

Haciendo Balance

Viajar en una botella con un timón meramente decorativo es algo desconcertante, por no decir inusual. Fijar un rumbo con semejante artefacto es toda una proeza. Se dan muchos palos de ciego antes de obtener un pleno, y estos, son más bien escasos. Dar en la diana sin los recursos apropiados es una autentica lotería. Pero claro, mientras sea la caprichosa marea la que marque la trayectoria, difícilmente, podré cambiar esta situación.

Comencé el blog con una idea clara y una finalidad concreta, pero una vez zarpé, adentrándome en las nutridas aguas del ciberespacio, los vientos y las mareas me vapulearon a su antojo. Haciéndome comprender, que estaba más perdido de lo que creía en un primer momento. Que esta cruzada en la que me había inmerso me venía demasiado grande. Pero que podía hacer, ya era demasiado tarde, una vez me alejé de la costa, a merced de las mareas, no había vuelta atrás. Solo me queda ser consecuente con mis actos y seguir adelante sin volver la vista atrás.

Sí, señores, hacerse el gallito, en un momento de exaltada gallardía tiene sus efectos secundarios. Me lance a dar mandobles a las letras pero estas no han resultado ser tan sumisas como esperaba. Si eres disléxico o no, les trae sin cuidado. Lo suyo, es defender los ritmos, las estructuras, las normas. Y todo aquel que no las cumpla, voluntariamente o no, es considerado un agresor en potencia. Una entidad hostil que a de ser erradicada. Por lo que, ante el primer signo de incoherencia en su uso, estas, cierran las puertas de sus secretos con infinidad de candados, y uno, ha de estar muy diestro en el arte de la cerrajería para ganarles terreno.

He de admitir que ese no es mi caso. No, esta no es una tarea nada fácil. Se me hace cuesta arriba. Para que negarlo. Pero me comprometí conmigo mismo a hacerles frente sin desfallecer. Por ello, sigo aquí, un día más, dando el parte en mi diario de bitácora. Santo Grial de todo navegante que se precie de serlo.

Haciendo balance, sin plantearme si estoy siendo demasiado exigente conmigo mismo, creo que no he avanzado demasiado. Raro es el día que no encuentro errores. Agradezco, de corazón, las observaciones de algunos seguidores. Sé, que teclear deprisa suele dejar algunas sorpresitas. O que, si abusas de los correctores automáticos, estos, tienden a cambiar palabras correctas por incorrectas, porque están concebidos para corregir en base a la similitud de las palabras sin tener en cuenta su significado. Pero son pocos los momentos en los que me puedo sentar a escribir sin prisas, y me cuesta prescindir de los correctores, porque, pese a sus defectos, me ayudan enormemente a descubrir los míos.

Lo que realmente me descoloca, es tener que leer un texto infinitas veces para descubrir menos de la mitad de los errores que cometo. Que mi vista surque, una y otra vez, renglón tras renglón, lo escrito sin percatarse de esos detalles anómalos tan cargantes. Y lo que es peor, como es posible, que no me de cuenta cuando los estoy escribiendo. ¿Será que por pasar demasiado tiempo navegando en una botella no me llega el riego a la cabeza? Si ya me lo decía un amigo: - ¿Cómo se te ocurre viajar en una botella? Las botellas, no están pensadas para navegar, no transportan personas, mas bien, están pensadas para transportar líquidos. Lo suyo, es embriagarnos con los elixires que suelen portar, o refrescarnos cuando la sed reseca nuestra garganta. ¿No te vendría mejor una balsa? A fin de cuentas, no es eso lo que usan los Náufragos.

En fin, como nuevo objetivo, me he propuesto comenzar una historia, dentro del marco de la fantasía, como es habitual en mí, y ver hasta donde soy capaz de llegar. Veremos que pasa. Por otro lado, sigo intentando subir mis canciones en mp3 para que las podáis oír. Conseguir equilibrar las pistas para que no salgan descompasadas me está costando lo suyo, pero no me rindo, tarde o temprano daré con el modo de ajustarlas.

Un cordial abrazote.
Ilustración ©MarcoASantanaS 
Safe Creative #1202151085229