martes, 27 de marzo de 2012

Dormir Tranquilo


No espero nada de nadie. Tomo lo que me dan y doy lo que esta en mi mano dar. Dejo que la corriente de la vida me guie sin prestar excesiva atención a lo que hacen o dejan de hacer los que circundan por mi entorno. Dejo que cada mástil aguante con su vela. Solo extiendo mi mano a los que nadan de pena, a razón del líquido que hayan escogido para navegar, y eludiendo, con astucia, las salpicaduras que estos puedan generar. Jamás juego con los sentimientos ajenos, evito molestar y regalo generosas sonrisas sin anhelar ser correspondido. Llegar a los demás, para mí, es todo un arte digno de ser atendido. Descuidarlo sería un delito imperdonable en mi escala de valores. Pues, me gusta el ser humano, como tal, sin mayores complicaciones. No soy un modelo a seguir, más bien, un improvisador nato, que se abre camino como puede, sin dañar ni ser dañado. Aprendiz de mucho, maestro de nada, parto de la base de mis imperfecciones para mirar a los demás a la cara con la mejor de las consideraciones. Así, este navegante, que despierta emociones contradictorias, se busca un hueco en el mar de la vida. Disfruta su momento según lo que le brinde el día, y abraza a la noche, sin pena ni gloria, porque no es sano acostarse con el lastre de lo vivido. Ya que los sueños se contagian y el descanso se resiente. Y a mi, estimados amigos, me gusta dormir tranquilo.

Ilustración ©MarcoASantanaS 
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lunes, 26 de marzo de 2012

Alzheimer

Esa madrugada, se despertó cansado. No había sido una buena noche. La desaparición de un bien muy preciado había impedido que conciliara el sueño. Sentado en el borde de la cama, se esforzaba en recordar. Era consciente de lo que le faltaba, pero incapaz de recordar donde lo había dejado. Con la luz de su mesa de noche encendida, para no despertar a su pareja, buscó en los cajones de la misma, sin éxito. Se detuvo a pensar, y miró debajo de la cama, pero no hallo nada. Rebuscó en los cajones de la cómoda, e inclusive, dentro de su armario, no obstante, su preciada pérdida no retornaba. Sin mermar su esperanza, se enfrascó en seguir buscando por el resto de la habitación. Con el traqueteo, su pareja, se despertó algo contrariada, y le dijo, con un sonoro grito: ¡QUE DEMONIOS SE TE HA PERDIDO AHORA! – Y él, sin inmutarse, le respondió con moderación: – Tú cariño. He perdido tu cariño. ¿Se te ocurre donde puede estar?...
Ilustración ©MarcoASantanaS 

Allí Donde Nacen Los Sueños · La Brecha


Oscuridad, fría y silenciosa oscuridad plagada de estrellas. Que junto a escasos pigmentos gaseosos, diseminados y distantes, dan un parco toque de color a esta desabrida nebulosidad. Armonía primigenia, en la que el único cambio perceptible, lo genera, la intrusión de algún cometa ocasional. Salvo hoy, en el que una súbita sacudida en la membrana del espacio profundo profana este lienzo ancestral. Dando lugar, a la repentina aparición de una barcaza estelar.

Nebular-578, en su ronda número 7499, ralentiza su marcha silenciosa e imponente. Acomodando, con precisión matemática, la velocidad de crucero a las nuevas e inhóspitas corrientes espaciales. Mientras, los tripulantes, ajenos a su meticuloso ritual de recopilación y transmisión de datos, viajan dormidos en sus correspondientes capsulas de animación suspendida.

Tras su expeditiva adaptación al nuevo entorno, se centra en realizar varias tareas rutinarias en el cuadrante. Transcurridas unas horas, localiza un potente destello en una coordenada, en la que supuestamente, no debería haber nada. Por lo que, siguiendo los protocolos establecidos en su programación, reconfigura los controles de navegación y se dirige a la supuesta anomalía.

En breve, avista una enorme brecha en el espacio, de la que emanan  incontables rayos electromagnéticos. Sin detener su marcha, activa el código de reanimación en las capsulas de crionización. Acto seguido, amplia al máximo su potente escáner, haciendo un barrido más detallado de la escena. Consiguiendo con ello, detectar algunos cuerpos inertes que se cruzan en la trayectoria de los citados rayos.

Ya próxima al suceso, constata, que dichos cuerpos son naves abatidas. Por lo cual, activa las alarmas, y eficiente, invierte los propulsores para detener su avance. Pero no se detiene. Consecuente, incrementa, a demanda, la potencia de los reactores de tracción. En los paneles de la cabina de mando se encienden un centenar de luces rojas. Estas, alertan una peligrosa subida de los niveles de radiación. Las capsulas de los tripulantes se van abriendo por pares, siguiendo un orden cronológico, en paralelo, de un lado a otro de un largo pasillo acolchado de blanco; como si los hechos que acontecen no repercutieran en ellas en modo alguno.

Con los reactores a plena potencia, la barcaza estelar comienza a vibrar violentamente. Evidenciando, que el arrastre gravitatorio de la brecha la supera. Aun así, persiste en su empeño, cruza el límite de sus capacidades en un acto de heroísmo impropio de una máquina, y reconduce toda la energía existente en su ser hacia los propulsores. Pero estos, que ya no pueden dar más de si, explotan generando enormes grietas en su casco. El frío espacial no duda en abrirse paso al interior de la misma. Petrificando, con una gélida y arrolladora corriente de aire, a los incautos tripulantes, que se desperezaban del letargo, en mitad de su metódico proceso de reanimación.

Por azar del destino, una de las capsulas no llego a abrirse. En ella, una testigo muda, no da crédito a sus ojos: – ¡¿Será verdad lo que estoy viendo o es una ensoñación?! – Se pregunta sobresaltada.

La nave, a pesar de poseer un magnifico repertorio de probabilidades para hacer frente a estos imprevistos, se ve colapsada por el exceso y la rapidez de los mismos. El frío espacial, ahora asentado en sus placas y procesadores, merma sus capacidades, impidiéndole detectar las señales de vida procedentes de la única capsula intacta.

La Oficial Científica, Eva.M52, atrapada en su interior, se afana en teclear una serie de códigos en la pantalla táctil situada en la tapa de su capsula. Desesperada, persiste en acceder al ordenador central para liberarse de su prisión. Pero este no responde. Impotente, se deja arrastrar por un ataque de histeria, que la lleva a gritar, patalear, llorar, y finalmente, reír con ironía; recordando, con lágrimas recorriendo sus mejillas, cuanto deseaba en la Academia Espacial vivir situaciones limite, como esta, en el espacio profundo.

Nebular, irreversiblemente dañada, envía mensajes de ayuda en todas las frecuencias, hasta ser alcanzada por uno de los tentáculos electromagnéticos de la brecha. Sumándola al instante, al conjunto de cuerpos inertes adheridos a la telaraña encendida de este tétrico cementerio espacial.

Eva, siente descender los generadores de energía de la nave. El silencio y la oscuridad sepulcral que les preceden encogen su alma. Viéndose perdida, se deja abrazar por la resignación. Suspira angustiada y acaricia con suavidad su vientre, lamentando, enormemente, que la vida concebida en él se vea truncada de esta manera.

Así pues, se ve pasando sus últimas y largas horas de lenta agonía, hablando con su hijo no nacido. Contándole, con ternura, todas las cosas que podrían haber hecho juntos, lo feliz que podría haber sido, lo mucho que le entristece haberle expuesto a estos peligros. Cuando ya no le queda nada más que decir, tararea una nana hasta enmudecer aletargada.

Siente que se le va la vida. Pero antes de que sus ojos vidriosos terminen de apagarse, ve, a través del cristal de la tapa de su capsula, una forma borrosa que se le aproxima.

Demasiado sedada para cuestionar nada, oye una voz en su cabeza que le dice: – ¡No queda tiempo! ¿Quieres venir conmigo? ¿Qué sentido tiene? Si abres la capsula moriré igualmente. – Piensa ella. – Sentí tu dolor. He hecho un gran esfuerzo plegando el plano de la realidad para llegar a ti. En segundos seré reclamado por mi lugar de origen. ¡Decide! ¿Quieres venir conmigo? – Apremia – Pero… ¿Y mi hijo? ¿Qué será de la criatura que crece en mí? – Interroga sin gesticular palabra. – ¡No hay tiempo! – Apura la voz en su mente.
Un tenso silencio expectante la abruma. Duda, ama a su hijo, quiere vivir, se devanea flagelada por un agudo sentimiento de culpa antes de rogar: – ¡Sí! ¡Por favor! ¡Sí! ¡Sácame de aquí!

Acto seguido, siente que la cogen de la mano y que un poderoso remolino tira con fuerza de ellos. Arrastrándolos a una velocidad vertiginosa por un túnel de luz cegadora. A penas puede girar la cara para ver quién o qué la guía en este viaje. Solo puede mirar atrás, y ver, como la nave se pierde en un círculo negro que disminuye hasta desaparecer. Percatándose, con ello, de una pequeña figura que les sigue a cierta distancia.

Unos ligeros tirones en el ombligo, le hacen mirar y descubrir, que de él, brota una cuerda dorada y transparente que se extiende, alejándose, hacia la curiosa figura. Su avispado instinto, le dice, que ha abandonado su cuerpo, y que el alma de su hijo es la que les sigue, enlazada, al otro lado de la cuerda. Desbordada por la alegría, no duda en usar la mano que le queda libre para ir enrollando la cuerda en su muñeca, con la esperanza de atraerlo hacia ella lo máximo posible. Pero repentinamente, la cuerda desaparece llevándose al niño con ella. – ¡¡NOOOO!! – Grita quedando en estado de shock. Pero el ser que la transporta, indiferente, no detiene su marcha.

Ilustración ©MarcoASantanaS 



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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

miércoles, 14 de marzo de 2012

Allí Donde Nacen Los Sueños · La Criatura Oscura





Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapulta al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como si tuviera un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la cien mientras pienso:  ¡Uf! ¡Que pesadilla!

Tardo unos segundos en estabilizarme, alzo la mirada aleatoriamente incapaz de enfocar nada, deteniéndola, certero, en un par de pupilas de un color rojo encendido que me observan penetrantes.
Retrocedo en un acto reflejo, frente a la imagen nítida de una extraña criatura que se halla arrodillada ante mí, con un impactante y exuberante paisaje de fondo.
 ¿Quién eres? – balbuceo sin obtener respuesta.
Inalterable, aparta, con una intimidadora mano de dedos afilados, su larga y lacia melena verde, dejando al descubierto, un semblante negro, en el que difícilmente se distinguen los rasgos.
 ¿Hablas mi idioma? – Pregunto, en un nuevo intento de entablar comunicación.
Sonríe mostrando unos dientes blancos como el marfil, en los que destacan, un par de colmillos largos afilados como cuchillas. Sin saber ha que atenerme, y con la extraña certeza de haberla visto con anterioridad, continúo en mi empeño de limar asperezas.
 ¿Me has besado? ¿Por qué lo has hecho?
Sus pupilas centellean, y sin perder la sonrisa, responde con un timbre de voz metálico:  ¿No te ha gustado?
Ahora soy yo el que no responde. Ensimismado, la estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando, la incomodidad que ha suscitado en ella mi extraño comportamiento. Avergonzado, desvío la mirada preguntando con una repentina aspereza en la garganta:  ¿Qué eres?
Aderezando su sonrisa con un toque de picardía, acerca sus labios a los míos hasta casi rozarlos, y susurra:  Soy lo que tú quieras que sea.  Alejándose al instante con una sonora risa burlona y dejando en el ambiente un embriagador aroma a flores silvestres. Abatido por el exceso de acontecimientos insólitos vividos hasta el momento, guardo cautela. No percibo hostilidad hacia mi en esa criatura, no obstante, todo en ella indica que es un depredador en potencia. Se me ocurre pensar, que quizá, solo esté jugando conmigo antes de degollarme.
Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa compasiva, y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía:  No soy una amenaza para ti. Si es eso lo que te preocupa. – Es evidente que capta mi miedo, sin embargo, no saca partido de ello.  No, no es eso…  Apuro a decir simulando indiferencia.  Estoy desorientado ¿Dónde me encuentro? – Interrogo, por una parte, para ganar tiempo, y por otra, por hacerme una composición de lugar.
 Te hallas en el Nexus. Fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de transito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo.
Me cuesta entender lo que me cuenta. Una insoportable migraña me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia. – ¡No consigo recordar nada! – Protesto atolondradamente.
 No recuerdas nada, porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vació de todo vestigio de tu vida anterior. Me explica con calma.
 ¡¿Estoy muerto?! – Grito asustado.  Quizá si o quizá no, es difícil saberlo. – Añade ella.  ¡¿Pero que clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto, o no lo estoy! ¡No hay término medio!  Respondo algo alterado.

La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los parpados caídos, como si no pudiera aguantar mi mirada, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición de ventaja en este “tête à tête” delirante y me pregunta:  ¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?

Un silencio incomodo nace entre los dos. Suspiro pasándome la mano por la cabeza. Observo su desnudes, su delgadez, su mediana estatura y me percato de la feminidad de sus formas. Desde un principio, vislumbraba que la criatura podía ser hembra, pero su torso plana, sin vestigios de poseer pechos, me hacia dudar. Incluso llegué a pensar, que quizá, solo fuera una niña, pero las definidas curvas de su cuerpo echaban por tierra dicha teoría. El hecho, es que, al margen de su aspecto sobrenatural, he de constatar, que es una criatura hermosa y, aparentemente, parece preocupada por mí. Dicho razonamiento, me hace sentir mal por haber reaccionado de un modo tan poco cortés. Así que, tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa:  Lo siento, no he podido evitar sentir pánico, la idea de estar muerto no es precisamente reconfortante.  Su rostro se ilumina como si nada hubiese pasado, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual, me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento:  ¿Cómo te llamas? – Le pregunto sonriendo afable.  ¡Ébano! – Declara con orgullo. Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un fluir de imágenes confusas en mi mente. Posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado:  ¡Estas en mi mente! ¡El recuerdo se muestra turbio como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú! En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé que significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.
Ella vuelve a reír.  No hay mucho que entender. – Comenta, mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se distribuyen en un entramado perfecto. Sobre el cual, se despliegan y afianzan un conjunto de membranas que dan lugar a dos enorme alas, similares, en forma y color, a dos gigantescas hojas de parra.

Me quedo perplejo:  ¡Tú no puedes existir! – Exclamo  ¿Por qué no? – Replica ella con el ceño fruncido.  ¡Porque eres producto de mi imaginación! – Sentencio convencido. – Soy algo más que eso. – Masculla molesta.

– ¡Debo estar soñando! ¡Creía haber despertado de la pesadilla pero sigo atrapado en ella! ¡¿Qué me está pasando?! – Me lamento en voz alta.

 No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estas aquí y eso debería bastarte. Soy consciente de que no sirve de consuelo, pero has de admitir, que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, que otra cosa te queda. Ya habrá tiempo de plantearse otras cuestiones. Dime, ¿Qué recuerdas?...

A pesar de no estar en uno de mis mejores momentos, advierto, que el espíritu de la contradicción anida en sus palabras. Por otro lado, su timbre de voz, ha ido dejado de ser metálico, progresivamente, a medida que se ha ido desinhibiendo. Sorprendiéndome, gratamente, con una refrescante tonalidad femenina que aporta cierto toque de normalidad a esta alucinación.

 No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.
 ¿Estas seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria ¿Cómo puedes recordarme? – Calla, me analiza, y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue:    Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula te será fácil encontrar la salida.

Sus palabras me alarman.  ¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas?  Pregunto con el corazón en un puño.  ¡No me estas escuchando!  Me reprocha ella.  ¡Es que no vas a ayudarme! – Pregunto con desesperación, sin entender porque me siento tan vulnerable.  ¡Ya te he ayudado! – Responde clavándome la mirada.  ¿Qué quieres decir? – Insisto – ¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! – Termina aclarando, desviando la mirada con gesto incomodo.
El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir:  No fue un mal sueño…

La criatura se pone en pie, y por razones obvias, si quedaba en mi alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez, y asintiendo con la cabeza, recalca, ante mi incredulidad:  Sí, todo fue real. – Y aun sabiendo, que a estas alturas debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!

 ¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! – Me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal. Dejándome atrás, sentado en un mullido lecho de musgo dorado, con la mirada fija en su graciosa figura disminuyendo en la distancia, y una sensación de abandono difícil de ignorar.
Resignado, la veo fundirse en un perfecto horizonte de tonos violáceos, y acto seguido, me desplomo, de espaldas, sobre el lecho natural por puro agotamiento, sin oponer la más mínima resistencia al sopor que lo acompaña.
– Oscuridad, solo veo oscuridad…


Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

miércoles, 7 de marzo de 2012

¡Houston, Tenemos Un Problema!


Auguro tiempos de tinieblas en mi odisea. Lamentablemente, mi ordenador de abordo, la llave maestra que me abre la puerta al ciberespacio, ha hecho capút. La brújula de mi transporte inusual jira sin control. Sobra decir que he perdido el Norte. Nubes oscuras se ciernen sobre mí, y de momento, no puedo hacer gran cosa para evitarlo.
Pobre ordenador, con los buenos ratos que hemos pasado juntos. No puedo evitar sentirme culpable. Quizá le exigí más de lo que podía rendir. Si es que, sin pretenderlo, nos volvemos unos tiranos sedientos de exprimir al máximo las prestaciones que estos nos ofrecen sin la más mínima consideración. Estamos poseídos por el ansia de obtener más en menos tiempo. Al final, uno no sabe quien domina a quien, si el ser humano a la máquina o la máquina al ser humano. ¿Qué fue de los tiempos en los que uno era feliz con el manejo de la escuadra y el compas?... ¿Tan terrible era pintar los bocetos a tempera, redactar un texto con lápiz y papel o revelar una foto con el clásico revelado, baño de paro y fijador?... Yo recuerdo con mucho cariño las horas compartidas con las letras transferibles y el bruñidor. Todo era más autentico, más cercano, más físico, más meticuloso, más elaborado, más, más, más… Aun así, preferimos depender de máquinas para realizar las mismas cosas de forma intangible. Las cuales, corren el riesgo de evaporarse, en el momento menos pensado, por un simple corte de suministro eléctrico, una avería de sistema, una desfragmentación de disco o vete tu a saber.
Lo más doloroso de estas terribles calamidades, es que se suelen llevar consigo uno de nuestros vienes más preciados: Los recuerdos.
Hacer fotos o grabar vídeos se ha vuelto tan fácil que no podemos evitar hacer más de los que requieren las ocasiones, y como revelar o editar dicho exceso se nos hace engorroso, dejamos esa valiosa información almacenada en los citados soportes tan inestables. Arriesgándonos, a que se apaguen para siempre, llevándose consigo, esas improntas de nuestro pasado que no volveremos a revivir. A pesar de ello, no escarmentamos, aquí estamos compartiendo nuestros sueños, nuestras creaciones, con la ingenua idea de que perdurarán en el tiempo, más allá del fin de nuestros días. Sin tener en cuenta, que un Servidor no deja de ser un ordenador dependiente de un suministro eléctrico. Tan susceptible es de sufrir algún percance inesperado como el que empleas ahora para leer lo que comparto.
Amigos míos, está claro que nada es para siempre. Todo es temporal, transitorio, efímero.

Ilustración ©MarcoASantanaS 


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