martes, 27 de noviembre de 2012

Peligro Al Acecho


Con el eco lejano del cántico de las sirenas, observo, pasivo, el vaivén de las olas, acomodado en el interior de mi botella. Manejo el timón con serenidad, pues las mareas del momento se prestan a ello. Dejándome arrastrar por mis pensamientos, medito sobre lo distintas que son unas de otras. Concluyendo que, en cierto modo, son como las personas. Nunca sabes como van a reaccionar. Tan pronto se pasean ligeras y espumosas sobre la arena, a modo de caricia, coqueteando, a la vez, con sus chapoteos entre las rocas, que lindan y enmarcan los arenales milenarios. Como se elevan en exceso, arremetiendo, vaporosas y con saña contra las mismas. Erosionando a unas, como si no estuvieran conformes con el aspecto que estas exhiben y arrastrando consigo las partículas que componen a las otras, revueltas en sus inconsistentes entrañas, como si creyeran, que con ello, pudiesen poseerlas hasta el punto de anularlas por completo.

Uno nunca sabe a que se expone, tanto con la mar, como con las personas. Estas últimas, pululan por tu entorno, en principio, sin mostrar hostilidad alguna. Lo cual, no quiere decir que no debas tener cuidado. Por su puesto, no sugiero que debamos vivir bajo el yugo de la paranoia, solo, que no hagamos oídos sordos al sentido común y seamos precavidos cuando el momento lo requiere. Aunque claro, he de admitir, que no es fácil prever, cuando vas a ser arrullado por las olas, acomodado en tu botella, o cuando vas a ser zarandeado por las que arremeten, implorando clemencia al Dios Neptuno, justo el día que tiene la ventanilla cerrada. Claro está, que, aunque nos desenvolvamos medianamente bien en la mar,  esta, no es nuestro entorno natural.

Todos somos susceptibles de ser aceptados o rechazados. Si no es por un motivo es por otro. En mi caso, cuando soy objeto de rechazo, no puedo evitar sentirme identificado con los personajes marginales de la literatura y el cine de ciencia ficción que gusto consumir. Quizá, ello sea debido, a que la mayoría de los protagonistas de estas historias, son seres diferentes al resto buscando un lugar en una sociedad que no termina de aceptarlos. “Un mundo feliz” del escritor británico Aldous Huxley fue el causante de esta devoción por el genero. Me lo ley, a trancas y barrancas, cuando tenía once años. Dada mi condición, fue, algo así, como un martirio placentero. Ya que, a fuerza de releer sus complicadas descripciones, una y otra vez, llegué a hacerme una idea general del argumento del mismo. Curiosamente, hará cosa de un año, lo volví a leer, para refrescar mi memoria y para demostrarme que aun sigo siendo capaz de leerlo y entenderlo.

Admito, que tiendo a ir en pos de la caza y captura de estas historias en el renovado y prolifero mercado de este género. No obstante, mi favorita, por excelencia es “Gattaca” (1997). Película ambientada en una sociedad futura, en la que la mayor parte de los niños son concebidos in Vitro y con técnicas de selección genética. Menos Vincent (Ethan Hawke), uno de los últimos niños concebidos de modo natural, nacido con una deficiencia cardíaca por la que no le auguran más de treinta años de vida. Me encanta, es un buen ejemplo de afán de superación, aunque, al final… Bueno, quizá sea mejor que lo vean personalmente. No seré yo el que cuente el desenlace de la película a los que no la hayan visto.

Es así, que los que afrontamos la vida de modo diferente a la mayoría, nos levantamos cada mañana dispuestos a sacar el mayor partido posible de las expectativas que esta nos brinda. Hay días en los que las corrientes nos arrullan placenteras, por lo cual, conseguimos alcanzar todos nuestros propósitos. Permitiéndonos, descansar con satisfacción al llegada la noche. Abrazados al convencimiento, de que no hay nada que nos impida ser como los demás. Sin embargo, no siempre salen las cosas a pedir de boca. En contrapartida, hay días, en los que las corrientes nos zarandean inclementes. Y por más que lo intentamos, no dejamos de estamparnos contra el duro e invisible muro de la dislexia. Por lo que, en las noches que preceden a esos fatídicos días, dormimos, más bien, poco y mal, atormentados por el influjo del espíritu de la estupidez.

Lo curioso del caso, es que, si ciertos individuos, tocados por males peores, no se inmiscuyeran en nuestras vidas, quizá, nunca tendríamos que pasar por esos días bochornosos y esas noches infinitas de auto flagelación y culpa.

Yo, personalmente, los he bautizado como “Los Caza Defectos.” Estos, vienen a ser unos seres cargados de muy malas vibraciones. Personas con un gran malestar interior, seguramente, no se gusten a si mismas, aunque aparenten tener un ego muy alto. Memoriones innatos, no dejan escapar oportunidad alguna para hacer lucir dichas dotes, aun que sea, a costa de la humillación ajena. Y en dicho caso, entre más vulnerable sea la presa escogida, mayor es el regocijo que experimentan.

No hace mucho, una amiga, me escribió, lamentando el hecho de que un compañero, (conocedor de su dislexia) la había puesto en evidencia delante de otras personas, poniéndola a prueba con unos cálculos matemáticos. A pesar del mal trago, ella, excusa lo inexcusable, porque el supuesto “amigo” le aclaro que solo era una broma.

Yo no sé ustedes, pero a mí, dicha broma, no me hace ninguna gracia. Las bromas están bien si nos vamos a reír todos con ellas. Pero si estas, surgen cargadas de maldad, pierden su razón de ser.

Quizá, lo expuesto, tenga algo que ver con mi tendencia a la “soledad en compañía”. Dicho de otro modo, “amigos, los justo y de calidad”. Con el resto, me manejo bien en las distancias cortas, ya que, una exposición demasiado larga podría acarrearme algún desaire.

Siguiendo esa premisa, mantengo las formas cuando el típico listillo, con intención de ponerme a prueba, comenta con tonadilla incrédula: - Oye, pues yo no veo en ti nada raro... – A lo que suelo responder, avispado, sin darle tiempo a continuar: - ¿Por qué habría de haberlo? - Al igual que los que arrastran con una deficiencia de movilidad, los que la tenemos mental, procuramos trabajar en ella, para que esta, no sea la que lleve el control de nuestras vidas. La calidad de mi escritura, mi lenguaje, mis cálculos, mi memoria, son la consecuencia de una dedicación diaria. La constancia, la repetición, el afán de superación, son los cinceles que esculpen mi imagen. Dando lugar, a un halo de normalidad, que encandila, de entrada, al que se me acerca. Impidiéndole ver más allá.

Hacerse a uno mismo, es un privilegio que no todos han tenido la suerte de disfrutar. Solo los que hemos sido desechados por el sistema educativo, como objetos no validos, conocemos sus bondades. Pues, a partir del momento en el que dejan de decirte lo que tienes que decir, hacer, pensar y sentir, comienzas a ser tu mismo.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Reencuentros


El día que comprendí, que lanzar al mar mensajes en botellas no conducía a ninguna parte, porque la mayoría se extraviaban en las corrientes inhóspitas de océanos inmensos; irremediablemente arrastrados por sucesos que escapaban a mi control. Tomé consciencia, de que la mejor forma de hacer llegar mis mensajes, era convirtiéndome en mensaje.

– “¿Por qué enviar un mensajero con mensaje, cuando puedo ser mensajero y mensaje a la vez?” –

Así lo pensé y así lo hice, sin prever, lo gratificante que podría llegar a ser, el lanzarme al mar de la vida dentro de una botella, a modo de mensaje corpóreo, sincero y directo de todo lo que acontecía en mi interior.

Quien me iba a decir, que la ruta escogida, se convertiría en un viaje de reencuentros. Pues a lo largo de estos años, sincerándome con ustedes en mis Diarios de Bitácora, no solo me he ido reencontrando con mi niño interior. También me he reencontrado con los pedazos de mi persona que se habían perdido en tortuosos senderos a lo largo de mi vida.

Sin proponérmelo, he recuperado al Dibujante, que por falta de estimulo dejó el carboncillo aparcado en un rincón. Al Contador de Historias, que había tirado la toalla por verse incapaz de expresarlas por escrito. Al Cantautor, que tuvo que colgar la guitarra para hacer frente a las exigentes demandas de la vida familiar. Al Diseñador, que añoraba elaborar sus ideas con calma, saturado por las prisas contraproducentes del mercado de consumo, que hoy día, nos esclaviza sin aparente remisión.

Cada uno de estos espíritus del pasado, que habían sido relegados al oscuro reino del olvido, han ido liberándose, a golpe de teclado, a lo largo de la vida de este blog. Volviendo a formar parte de mí persona, completamente renovados por un intenso y honesto sentimiento de humildad, que ha impregnado cada una de las entradas de esta, rejuvenecedora ventana al mundo. Hoy abierta de par en par, dejando entrar una refrescante y placentera bocanada de aire, que hace de mi, lo que siempre fui y nunca debí dudar que era. E invitándoos a todos, a asomaros en ella, para que seáis testigos involuntarios del viaje inusual de un hombre en una botella.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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viernes, 16 de noviembre de 2012

Mi Rayo De Sol


Él: -¿Qué es eso?
Yo: -Una fuente.
Él: -Y… ¿por qué tiene moneditas en el fondo?
Yo: -Pues, porque hay personas que las lanzan dentro y piden deseos. 
                      Él: -¡Y yo también puedo pedir un deseo!
                      Yo: -¡Claro!
                      Él: -¡Deseo que venga un dinosaurio y se coma a toda esta gente!
                      Yo: -¡Uf! Menos mal que se olvidó de lanzar la moneda.

Así es mi hijo de cinco años. Alegre, inquieto y espontáneo. Una criaturita que brilla con luz propia. Es mi rayo de sol, y admito, abiertamente, que se me cae la baba cuando hablo de él. Simplemente, lo adoro.

Nació con poderes especiales, ya saben, pero hemos tenido que inhibirlos porque la sociedad aun no está preparada para ellos. Le gusta salir de noche, mirar a la “Moona” (una de sus combinaciones personales entre la palabra inglesa “Moon” y la española “Luna”) y comerse un perrito caliente con papas fritas, mientras oye música en vivo en los Pub de “Free live music” regentados por Chonis, Guiris u otras faunas de los lugares cosmopolitas donde solemos acabar residiendo. Ojo, es muy exigente en sus gustos, la música, tiene que ser fuerte de percusión y guitarras, nada que ver con el espíritu romántico-melódico de su Padre. Este, sacó algo de la misma rama que mi hermano. El cual, cuando éramos adolescentes, se le ocurrió la fabulosa idea de remplazar su mesa de noche por un bafles de guitarra eléctrica, con un lector de casetes conectado a la entrada de audio; con la inocente finalidad, de poder dormir, placidamente, oyendo la música de Iron Maiden (cómo Dios manda y la Santa madre iglesia enseña) pues era la que más le molaba en aquellos tiempos. Una idea genial, sin lugar a dudas, salvo por un pequeño detalle: Compartíamos habitación. Sobra entrar en detalle de como fueron mis noches a partir de ese día tan revelador. Quizá fuera por ello, el que me decantase por un estilo musical más sosegado a la hora de expresarme con la música. No sé, la vida es un misterio.

A mi rayo de sol, le gusta que me tumbe a su lado y le acompañe cuando las pesadillas no le dejan dormir, que le escuchen cuando, entusiasmado, cuenta (con su estilo particular) alguna de sus fantasías, y, asaltar la nevera para comer yogures hasta reventar, aunque no deba, porque la lactosa le sientan muy mal.

Mi rayo de sol, se llena la boca de pasta de dientes, a más no poder, dibuja una “o” con sus pequeños labios y sopla creando cientos de pompas de jabón. Es un coqueto incorregible, que disfruta enormemente del citado ritual mientras se mira feliz en el espejo. Le gusta usar el telefonillo de la ducha para entonar sus composiciones improvisadas de Rock Star antes de dejarse duchar, que le lean un cuento antes de acostarse y tapase la cara con la sábana para dormir.

A mi rayo de sol, le atacan mosquitos-conejo que le pican en el culete y le dejan ronchitas en el codo. Le gusta correr, saltar a la piscina haciendo la bomba, correr, jugar al fútbol, correr, el chocolate y… ¿He dicho que le gusta correr?....

No hace mucho, lo apunté a clases de fútbol. Llevaba tiempo pidiéndolo y al final hubo que darle lo que pedía. En su primera clase, me pidió que me quedara a verle jugar. Cosa que hice encantado. El entrenador, tras poner a los enanos a hacer algunos ejercicios de calentamiento, lanzó el balón al aire y se apartó velos mientras un número incontable de pequeñas criaturas se abalanzaron sobre el, como pirañas, antes de que tocara el suelo. Mientras, mi rayo de sol, corría feliz por el campo, con los brazos en cruz, haciendo la avioneta, totalmente ausente de lo que pasaba a su alrededor. El entrenador, no decía nada, pero le miaba como si estuviera profanando el más sagrado de los rituales.  Así, transcurrió el juego, hasta que, este señor, cansando de verle correr y correr sin un fin concreto, decidió ponerlo a jugar como portero. Aclarece, que, como el campo estaba siendo compartido por varios grupos de niños, habían improvisado algunas porterías con los típicos conos naranja de tráfico. A mi rayo de sol, le toco una de esas curiosas porterías. El caso, es que mientras sus compañeros luchaban como Cosacos por el balón, él se interesaba por uno de esos llamativos objetos naranja. Y en un momento de peligro inminente, en el que, el equipo contrario, embestía contra la citada portería, a mi rayo de sol, no se le ocurre otra cosa, que coger uno de los conos que daban forma a la unidad cósmica de la susodicha portería, que él, supuestamente, debía defender. Y, ni corto, ni perezoso, empezó a usarlo como periscopio, mientras gesticulaba con los bracitos como si fuera el Capitán Jack Sparrow. Las consecuencias de esta acción, fueron nefastas para su equipo. Pues, uno de sus adversarios, en un descuido de la defensa, envío, con una poderosa patada, al balón, directo a la zona donde se hallaba mi rayo de sol con su maravilloso periscopio naranja. Como no había cono que definiese el espacio demandado por las reglas del juego, era difícil aclarar si había sido gol o no. Todos estaban ofuscados, y, el entrenador, junto a algunas de las pirañas, amonestaron cruelmente a mi rayo de sol. Haciendo menguar su maravillosa luz interior, lo cual, me partió el corazón, pues, por unos segundos, allí donde estaba él, parecía estar yo. Su mirada confusa me busco entre la gente, y sin dudarlo, me puse en pie, en la grada, para que pudiera verme. Descendí, y saltándome la prohibición de que los padres no pueden atravesar el campo, me dirigí hacia él, acribillado por las miradas de desaprobación de los adeptos a la secta de los "Cabeza de balón de reglamento". Una vez lo tuve ante mí, agachándome a su nivel, para que su mirada quedara a la altura de la mía, le dije sin prestar la más mínima atención a la jauría que ladraba a nuestro alrededor:  Sabes que, al salir de aquí, doblando la esquina, hay una cafetería francesa que hace unos pastelitos muy ricos. – Recuperando la luz de su rostro como si nunca la hubiese perdido, me pregunta: ¿Puedo comerme uno de chocolate?...  Por su puesto. – Dije, dando fin a la conversación. Y, sin más, nos fuimos cogidos de la mano. Usando nuestra compacidad, compartida, de ausentarnos por completo de nuestro entorno. Padre e hijo, juntos, absolutamente ajenos a lo que sucedía a nuestro alrededor. Protegidos por un campo de fuerza invisible, rumbo a un mágico portal, en el espacio tiempo, con destino directo, al delicatese reino de los pastelitos tradicionales de chocolate.

A mi rayo de sol, le gusta lanzar pedazos de pan duro a los peces del muelle deportivo, correr, dibujarse a sí mismo surfeando sobre las olas, correr, pensar que su papá (de indiscutible físico fondón) es un superhéroe que vuela, correr y jugar a la pelota. Aún le encanta el fútbol, pero ahora, no tiene tiempo, está apuntado en atletismos, y según su entrenador, es un corredor incombustible, un niño que ha nacido para hacer deporte.

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martes, 13 de noviembre de 2012

La Gran Pregunta


¿Qué hago con mi exceso de imaginación? ¿Dónde almaceno esta fuente interminable de universos paralelos que solo yo puedo ver? ¿De que me sirve este don que me aleja de la tangibilidad de lo real? Dejándome, como de costumbre, en un punto indeterminado de todo. Existiendo sin existir, viviendo sin vivir, muriendo sin morir, viajando sin moverme del sitio. ¿Que clase de locura es esta, que más que desquiciar deleita? Enganchándome con esa droga que segregan mis escasas y oxidadas neuronas, subyugadas en este rito, consagrado, hasta el fin de los tiempos, a generar mundos de mágica ficción.
Recuerdo, que siendo adolescente, me enfadaba conmigo mismo cada vez que las fantasías hacían presa de mí. – “¡Yo soy quien tiene el control! ¡Yo soy quien tiene el control!” – Me repetía ofuscado una y otra vez. – “Porque soñar es de vagos, y los vagos, no son bien vistos en este lugar en el que me ha tocado existir.”
Quizá, en mi otra vida, no fui de carne y hueso, quizá fui un simple sueño, una inspiración intangible, etérea, un fruto de una emoción, un algo indefinido que, movido por la curiosidad insana, pidió, erróneamente, ser algo que no debía ser. Quizá, esa entidad, hoy presa en mi subconsciente, se arrepiente infinitamente de dicha petición. Pero ya es demasiado tarde para arrepentimientos. Ahora toca vivir y aprender la lección consecuente al castigo. Castigo desmedido, sin lugar a dudas, pero nadie me obligo a pedir lo prohibido. Si te lanzas voluntariamente a la aventura de la vida, has de vivirla hasta las últimas consecuencias, hasta que el celuloide se acabe, hasta que la carcasa escogida para dicho viaje se quede sin fuerzas. Desmoronándose y trayéndote de vuelta al principio, de donde nunca debiste haber partido. Es lo justo, innegable e inevitable. A fin de cuentas, por la vida solo estamos de paso, y en dicho trayecto, siempre se recoge algo, nunca se retorna a la nada con las manos bacías. Como minino, te llevas la satisfacción de haber transmitido tu lección a los nuevos e ingenuos sueños, que movidos por la curiosidad insana, acaban en el reino de los vivos, tan perdidos como lo estabas tú, por haber anhelando ser, algo que nunca debieron ser.

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domingo, 11 de noviembre de 2012

Hay Días


Hay días en los que las mareas de la vida me aíslan de todo. Abandonado en mi botella, doy tumbos a la deriva en océanos interminables, que se pierden en horizontes homogéneos que me privan de la visión, aunque sea temporal, de la quietud de la tierra firme. Días en los que el silencio y la soledad se hacen insoportables. Días en los que golpear con los puños ensangrentados el cristal de la botella no conduce a nada. Más que a la frustración, fruto de la impotencia de ser lo que soy, un naufrago, de tantos, atrapado dentro de una botella. Ineludible barrera, invisible e infranqueable, que me acompaña a todas partes, y que, en momentos como este, de vulnerable debilidad, se hace poderosamente latente. Recordándome, la claustrofobia inherente a los espacios reducidos, donde cada movimiento, se halla milimétricamente medido, para sortear colisiones con las limitaciones que marca el sendero que el destino, muy a mi pesar, me ha preescrito. Procurando evitar sentirme cohibido, presa de mi mismo en el contenedor de mi persona, zarandeado por situaciones adversas que escapan a mi control. Sin dudar en sacar fuerza de la flaqueza, en armarme de valor mirando al mundo con optimismo ente la ejecución de esta reiterada doctrina, que me mantiene despierto cuando preferiría estar ausente.

Hay días, en los que daría lo que fura por romper la consabida barrera que nos separa. Por abrir un portal en el espacio y filtrarme hasta tu estancia. Por poder plantarme ante ti, frente a frente, cara a cara, y disfrutar de tu sonrisa, deleitándome con la luz de tu mirada, sumido en el más absoluto silenció, pendiente de la musicalidad de tus palabras. Las almas encriptadas en recipientes de cristal, solo podemos soñar con lo que podría ser. Pues, lo que es, es lo que hay, y lo que hay, es lo que ves, aunque la mecánica cuántica nos brinde infinitas posibilidades, mis realidades, son, han sido y serán, infinitas botellas arrastradas por las corrientes. A cual más desorientada, según el día, las mareas, la suerte y las palabras. Un reino inestable donde tu eres ficción y yo fuente de imaginación. Donde tu piel, es solo la promesa de la visión de lo que nunca tendré, la suavidad de lo que nunca sentiré, la calidez de lo que nunca alcanzaré. Así, enfrascado de por vida, al vacío, en un reducido universo de cristal, que, en teoría, me lo brida todo, pero en realidad, no me da nada. Me cobijo del chaparrón habitual, sin dejar de buscarte entre las aguas. Quien sabe, quizá necesites una mano amiga para reconstruir tus alas. Quizá mi estupidez sea el elixir que tanto anhelabas. En cualquier caso, sueños a parte, hay días, en los que hubiese sido mejor no haberme levantado de la cama. 

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martes, 6 de noviembre de 2012

Y Ahí Estaba Yo

Y ahí estaba yo, trepando por el muro. Buscando meticulosamente los puntos de apoyo. Abriéndome paso, a mano limpia, adhiriéndome a cuanto saliente pillo a mi paso, como un escalador de rocas con tendencia a sucumbir a la gula del café y los pastelitos mañaneros. Sacando partido del insinuado físico fondón para hacer contrapeso en este ascenso vertical. Tal cual, araña vespertina, ansiosa por extender su pegajosa tela en el lugar más elevado, donde la caza es más propicia que la ansiada a ras del frío suelo. Mirando furtivamente, a contraluz, hacia el supuesto final de este viaje, y esquivando, al instante, la mirada, cegado por la insoportable luz solar que desciende proyectándose sobre mí sudoroso rostro. Como una deslumbrante y calurosa promesa que atrae y repele a la vez, instando a seguirla, aunque sea a ciegas, inclinándome, subyugando ante dicha disfunción como un alma perdida en pos de un brote de esperanza.

Y ahí estaba yo, con mis torpes impulsos, rompiéndome las uñas en ínfimos recovecos, sudando la gota gorda por no perder el equilibro en este vaivén ascendente de barrilete poco dado a estos menesteres. Un tipo, ajeno a los objetivos olímpicos, dando lo mejor de si para cumplir, con este reto, con cierta dignidad. Eludiendo pódiums de vanidades repelentes, que no conducen más que a la amargura posterior al olvido, pues nada es eterno, todo cambia, excepto, el modo de ser de la gente. Éstas, atrapadas en un bucle sin fin, siglo tras siglo, generación tras generación, sufren lo indecible y lo olvidan, para volver a padecer, lo padecido, como si nunca lo hubiesen vivido.

Y ahí estaba yo, preguntándome ¿qué pinto aquí? en el reino de las almas huecas, cuando la mía está plagada de sueños. Que divinidad cruel me desterró en este reino de eterna descompensación, donde los que más, se perpetúan en el regodeo de la opresión de los que menos. ¿Qué lugar ocupo yo en este tablero de juegos? Sumido en un mar de incógnitas, embriagado por mi exceso de fantasías, clavando mis dedos como garras en una superficie vertical, por la que voy trepando hacia una cima que me reclama a gritos pero no atino a alcanzar.

Y ahí estaba yo, incontables horas más tarde, finalizando la proeza. Haciendo el último y titánico esfuerzo por ubicarme sobre el muro. Sacudiéndome el polvo del ascenso, secándome el sudor de mi frente e intentando recuperar el aliento. Recompensado, por la visión de un horizonte azul levitando sobre un mar de esponjas blancas. Conservando el equilibrio en esta estrecha superficie como un equilibrista que hizo novillos en el cursillo de aprendizaje. Haciendo un barrido visual de mí entorno, a modo de periscopio poco engrasado, sin ver otra cosa, más que la citada atmósfera. Trepar al cielo no es tarea fácil, debería aportar algo más que cuatro nubes superpuestas sobre un fondo celeste; pues, por muy bella que sea su presentación, si no aporta contenido alguno, el objetivo alcanzado, más que compensar, descompensa, dejándote más vacío de espíritu que cuando te embarcaste en dicha empresa. ¿Qué clase de broma es esta, huérfana de gracia pero bien elaborada?

– ¡Janti Danti! ¡Janti Danti! – Grita una voz tras de mi.

Me vuelvo hacia la fuente de la llamada, encarándome con un espejo, que burlón, me devuelve mi reflejo. – ¡Caramba! ¡Pero si soy un huevo con extremidades y faz atolondrada! – Sorprendido, retrocedo, perdiendo el equilibrio, rodando por la cima del muro y precipitándome al vacío.

Y ahí estaba yo, roto en mil pedazos, con mis sueños esparcidos por doquier e incapaz de recomponerme. Viendo surgir de las sombras a cientos de criaturas diminutas que se apoderan de ellos y se los llevan, felices, de retorno a sus cubículos. Privándome del único sustento que da sentido a mi vida. Sin poder llevar a cavo ni un leve amago para evitar dicho expolio. Y por si fuera poco. Cuando paresia que las cosas no podían ir peor. Siento unos golpecitos en mi hombro, que tiran de mí, trayéndome de vuelta a la realidad, con el eco entrecortado de una voz cansina y lineal:

– “Caballero, el tiempo del examen se ha agotado. Por favor, deposite los impresos en la bandeja que se halla en la mesa, junto a la salida, antes de marchar.”

Y ahí estaba yo, más ido que perdido, en el momento y lugar más inoportuno.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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