martes, 29 de enero de 2013

Pilares


Todos usamos pilares para soportar las cargas que nos impone la vida. Yo, en particular, tuve un pilar. Quizá, el mejor pilar que haya tenido nunca, porque, hasta la fecha, no he encontrado uno tan sólido como aquel.

Puestos a hablar de calidades, a mi modo de ver, el vientre de una mujer (la cuna del mundo) es, sin lugar a dudas, uno de los mejores pilares que existen. Para mí, no hay nada más sagrado que el acto de apoyar mi cabeza en él. Es algo místico, difícil de describir con palabras. Una especie de reencuentro casual, con el origen de todo, en el turbulento mar de la vida, al que tanta alusión hago en mis Bitácoras. Es un estado de Zen transitorio, que me sume en la más absoluta y honesta aceptación de mi mismo. El sosiego, en sí, que emana de esa acción, no tiene parangón, y en mi caso, está estrechamente relacionado con el afecto fraternal e incondicional, consecuente del amor puro.
Y si en dicho acto de extrema ternura, me conceden el privilegio de estrechar mis brazos alrededor de la cintura de la portadora del pilar, las gigantescas olas belicosas y el viento atronador, sonaran en mis oídos, como si del gorgoteo de un arroyuelo y el soplo de una ligera brisa se tratara. Ya que, sellar la culminación del citado ritual con dicho enlace, forja el ancla perfecta que solidifica los cimientos del pilar en cuestión. Asegurando una zona segura, una posición de fuerza, un lugar de recogimiento, que nada ni nadie puede franquear.
Así, en los días en los que el alma es minada por tempestades borrascosas, donde los espíritus del pasado se revuelven haciéndose fuertes con los temores inherentes a la inseguridad. Puedo sacar fuerza de la flaqueza, porque me consta, que mi corazón se siente fuerte y dispuesto, a aplacar cualquier contratiempo con dignidad.
Gracias a ello, cuando hay algún recuerdo que persiste en salir a flote, a pesar de haberlo encadenado a un lastre desmedido, que, como norma general, lo mantiene preso en las oscuras profundidades de los mares del olvido. Personándose, beligerante, ante mi puerta, sin previo aviso. Y tocando en ella, solo para decirme, que por más que lo intente, hay cosas que no es capaz de devorar ni el más oscuro de los olvidos, siendo devueltas a sus legítimos dueños, sin remisión. Soy capaz de exorcizarlo con cierto grado de indiferencia. Relegándolo, al lugar que le corresponde, atrás, en el pasado, mientras me aferro con vehemencia al presente, el mejor de los refugios. Cumpliendo con mí afán de aligerar la carga, para hacer honor a la premisa autoimpuesta de viajar siempre ligero de equipaje.

Para llevar a cabo estos menesteres, uno a de poseer un pilar perfectamente constituido con un referente sólido y perdurable en el tiempo. En cuya base, algún predecesor, haya depositado el relevo portador de su legado. Algo así como una semilla primigenia predispuesta a eclosionar en ti, en el momento que convenga, para dar lugar, a un magnifico pilar con los requisitos adecuados para soportar lo que acontezca.
En mi caso, el referente, me traslada a mi infancia, pues el legado proviene, concretamente, de mi bisabuela. Esta, era una persona muy mayor que a penas podía andar. Se desplazaba por la casa con lentitud, apoyándose en las paredes y los muebles que contribuían a facilitarle la labor. Aun así, todos los días, sin falta, como un reloj, se levantaba madrugadora de su cama, dispuesta a ayudar (en la medida de sus posibilidades) en las tareas domesticas.
Su único pasatiempo, era tumbarse en la cama a oír, en un viejo transistor, la radionovela de la tarde. Momento en el cual, mis hermanos y yo, nos sentábamos a los pies de su cama a hacerle compañía. Unas veces con algún entretenimiento, y otras, simplemente, nos tumbábamos a su lado para disfrutar del sosiego que nos reportaba su presencia.
Poco o nada sé de ella, salvo que vivió tiempos difíciles, que tuvo una docena de hijos y que poseyó varias tierras de cultivo, ganadas tras una vida larga de duro trabajo agrícola. Como bisabuela nunca nos negó unos minutos de cariño, y eso, para mi, es lo único que cuenta.
Cuando entraba en su habitación, desmoralizado tras soportar un terrorífico día de colegio, todo cambiaba de color. Ella era la reina de la luz, la portadora del don de la renovación. Solo tenía que tumbarme a su lado y apoyar mi cabeza en su vientre, para ser cariñosamente rescatado del asfixiante reino de la oscuridad. Siempre disponible, siempre sonriente, siempre llena de amor incondicional. El pilar más sólido con el que me he cruzado jamás. Fuerte como un roble milenario. Transpirando sabiduría, de la autentica, por cada uno de sus poros. Esa que no se aprende en los libros, que solo se obtiene tras plantarle cara a la adversidad durante toda una vida. Una sabiduría, que transmitía con sutiles miradas, ya que hablar, lo que se dice hablar, hablaba poco. Pero como dice el refrán: A buen entendedor pocas palabras bastan. Y yo, con solo mirarla, sabia siempre lo que me quería decir.

En la casa familiar convivíamos cuatro generaciones: Mi citada bisabuela, matriarca del clan a la que todos obedecían sin rechistar, mi abuela materna y dos de sus hermanos, mis padres, mis hermanos y yo. Sin embargo, todos los adultos solían estar ausentes por cuestiones de trabajo, salvo mi madre y mi bisabuela que se hacían cargo de nosotros. De hecho, había días en los que inclusive mi madre, también se debía ausentar, dejándonos  bajo la tutela de la bisabuela.

Uno de esos días, estando yo jugando en mi habitación, oí un inesperado y desconcertante impacto seco, que aún retumba en mi conciencia, seguido de un silencio hueco. El miedo y la curiosidad infantil, me impulsaron a indagar, en pos, del origen de dicho estrépito. Con un nudo en el pecho y la cabeza llena de fantasías, me desplace por la casa, sigiloso y receptivo, mientras mi imaginación le iba dando forma a la criatura sobrenatural a la que, sin duda, me tendría que enfrentar. Al pasar por la habitación de mi bisabuela, la hallé caída, boca arriba, en el suelo, con la mirada extraviada y agitando desvalida sus arrugados y encogidos brazos. Como una tortuguita, accidentalmente volteada, reclamando volver a su posición normal. El shocks que me produjo ver al férreo pilar de mi vida ahí, dolorosamente caído junto a su cama, dejando escapar unos, casi inaudibles, gemidos de dolor, me paralizo unos segundos, antes de lanzarme, raudo y atolondrado a ayudarla.
Intente levantarla, pero fue en vano, mi escasa fuerza, edad y estatura jugaban en mi contra. Ella, comprensiva, sin perder la chispa de rebosante ternura que emanaba de las pupilas de sus encogidos ojos claros, me alentó a que fuera a buscar a mí hermano, dos años mayor que yo, que en esos trágicos momentos jugaba con sus amigos en el jardín. Cosa que hice lo más rápido que pude, pero cuando llegué ante él, estaba tan nervioso, que a penas pude gesticular palabra. Por lo cual, mi hermano y compañía, encogiéndose de hombros, continuaron con sus juegos sin dar mayor importancia a mi extraña interrupción. Desesperado, los dí por imposibles, retornando solo y abatido ante mi maltrecha bisabuela.
Abrumado por la impotencia, me vi tentado de rendirme, pero mi bisabuela no lo hizo. Sin dejar de sonreírme extendió el brazo hacia mí, y sin mediar palabra, supe lo que debía hacer. Consecuente, sujeté el brazo con mis dos manos y tiré de él con todas mis fuerzas. Mientras ella, apoyando su otro brazo en el suelo, unió su esfuerzo al mío, y juntos, conseguimos que se incorporase. Quedando sentada en el suelo con la espalda apoyada en su cama. En ese pequeño momento de gloria, vi, con claridad meridiana, la magnitud de la fuerza que anidaba en ese pilar, y mi admiración por ella no tubo limites.
Tras recuperar el aliento, me volvió a mirar, y con un sutil guiño, dejo claro, que había que acabar lo que habíamos empezado. Apoyó uno de sus temblorosos brazos en la cama y el otro en mi escuálido hombro, e hizo un último esfuerzo soberano para incorporarse. Y aunque yo, me tambaleaba como un flan a causa de su peso, me mantuve firme. Aguanté, estoico, hasta que consiguió tumbarse por sus propios medios en su lecho. Acto seguido, con una cariñosa caricia en mi mejilla y un breve “gracias, mi niño” me despacho, ansiosa por reposar y recuperar las fuerzas perdidas tras el aparatoso incidente.
El resto de la historia se ha desdibujado con el transcurso de los años. Probablemente, porque no me impresionaron del mismo modo. En mi memoria, hay un fragmento de cuando llegaron mis padres y les conté lo sucedido. Por otro lado, también recuerdo la presencia en casa de un doctor. Pero nada más, supuestamente, la tarde, transcurrió sin novedad.
Llegada la noche, siguiendo la rutina que mantenía el orden de mi pequeño universo en perfecta armonía. Salí de mi habitación rumbo a la de mi bisabuela, dispuesto a tumbarme en su cama ha hacerle compañía. Pero al atravesar la entrada de su habitación algo me detuvo. No me preguntéis que era, porque no lo sabría describir. El hecho, es que la atmosfera, no era la misma. Sentí frío, sin que hiciera frío. La bisabuela seguía tumbada, pero de alguna forma, no estaba ahí. Retrocedí, y con la piel erizada, corrí en busca de mis padres.
Efectivamente, como habréis deducido, mi bisabuela había muerto. Privándome de uno de los pilares que sostenían mi pequeño universo, y dejándome, el amargo sabor de no haber hecho lo suficiente: Si me hubiese expresado mejor, si hubiese estado más pendiente, si hubiese sido más grande, más rápido, más fuerte, quizá…

A nadie se le ocurrió preguntarme como me sentía. Mi entorno no se regia por la psicología. Estaba subyugado por la resignación, la fe y el sacrificio que dictaminan la doctrina Cristiana. Ya saben, “Los designios del Señor son incuestionables”. Abreviando, me tuve que tragar mi dolor, durante muchos años, hasta asumir, que no estaba en mi mano hacer más de lo que hice.

Toparte con el ángel oscuro a una edad temprana te transforma, comienzas a ver la vida de otro modo, en resumidas cuentas, maduras antes de tiempo. Indudablemente, somos lo que las vivencias hacen de nosotros. Y entre más intentamos librarnos de ellas, más nos adherimos a su entramado de acontecimientos. Conscientes, de que, paradójicamente, solo la muerte es capaz de liberarnos de esa apabullante y viscosa red.

Mi bisabuela, a mi modo de ver, fue una gran mujer, y aunque no fuera su intención, con su ejemplo, me otorgó el mejor de los legados. El de no rendirme jamás ante la adversidad. Ella no lo hizo ni estando a las puertas de la muerte. Consiguiendo con ello, permanecer inmutable en mi memoria. Asentando en mi alma, una base sólida y perdurable en el tiempo. Sobre la que he erigido los pilares que dan sujeción a todo mi universo y apoyo, a mi pequeña prole, hasta que, llegado el momento, sepan quedarse con lo mejor del mío para erigir el suyo propio.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.


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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

6 comentarios:

  1. Mi querido Marco:
    Una historia llena de ternura y de lirismo. Gracias por compartirla.
    Una historia preciosa que he leído con los ojos llenos de lágrimas, tantas que yo también me encuentro ahora como tu en aquella ocasión y solo puedo pensar si fuera más grande, más rápida, más fuerte, quizá...

    blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

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    1. Gracias, Rosario. Es grato comprobar que sueles pasar por este humilde rinconcito. Hacia un año que tenia el borrador en espera, en mi lista de entradas del blog. Escribirlo, fue relativamente sencillo, porque los hechos narrados forman parte de mis memorias, pero decidirme a compartirlo, no ha resultado ser una tarea fácil. Tenía mis reservas, sin embargo, una vez lo publiqué, me sentí curiosamente liberado.

      Un cordial abrazote y recuerdos para todos.

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  2. Y si nos faltan pilares, salimos a buscarlos. Una historia de lo más emotiva.

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  3. Un relato muy hermoso, lleno de sentimiento, bien escrito.

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  4. Hola, porque no se puede entrar en tu facebook, qué pasa?

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  5. En estos momentos no tengo perfil. Solo dos páginas. Como he explicado en algunas entradas de este blog, me han bloqueado dos cuentas por compartir más de lo permitido en él. En Face me consideran un spam. Como tú, otras personas se han puesto en contacto conmigo, por lo que, a pesar de haber renunciado a tener perfil, he creado un tercero, a regañadientes. Pero, esta vez, me lo estoy tomando con calma, por si me vuelven a bloquear. Si te apetece solicitar amistad ésta es la dirección:

    http://www.facebook.com/marcoa.santanas.1

    Seguramente seas la primera persona que lo haga, ya que, de momento, no he invitado a nadie.

    Un cordial abrazote.

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