lunes, 14 de enero de 2013

Señales De Vida

Hola, aquí me tenéis, otra vez, navegando en el ciberespacio, filtrando inquietudes embotelladas en las redes que se prestan a ceder un mínimo de su ancho de banda para hacerlos viajar a confines insospechados.

Compartir por compartir es mi única finalidad. Mi mayor aspiración, en este trayecto temporal que nos une circunstancialmente, es poder sumergirme en el sosiego del observar puro. La quietud del que es capaz de ver nuestra realidad desde fuera, como si no formase parte de ella. Una especie de vigilante intergaláctico al que nada le afecta, porque las emociones nublan la mente e impiden ver las cosas como en realidad son. Algo así, como una entidad invisible a los ojos del resto, con el fin de no ser interrumpido en el deleite de la disección de los entresijos del vivir cotidiano. Y como tal, sin otra motivación que la de estudiar con detenimiento a los transeúntes involuntarios de dicha corriente. Pulular entre ellos, tomando notas neuronales que conlleven a ayudar a descifrar las ecuaciones emocionales que los vapulean, y así llegar, en un momento dado, a comprenderlos del mimo modo que me comprendo a mi mismo.

Porque, incómodamente, las personas me importan más de lo que quisiera. Admito, que preferiría ser insensible al dolor ajeno. Desearía que mi empatía con los demás no fuera tan latente. Luchar por ser lo que no eres duele y escudarse tras una fachada egoísta, protege, pero no alivia. Claro está, que si no te agarras a ella, estas perdido. Porque las sanguijuelas de la piedad asechan donde menos lo esperas, y podrías acabar siendo presa de ellas. Atrapado de por vida, en una existencia de sumisión perpetua, relegado a un siniestro reino, donde dar es imperativo y recibir un anhelo insustancial. Hasta  el punto, de llegar a ser como un ánfora hueca sumergida en la oscuridad del mar más profundo.

Despertar a la vida, sobrevivir, es una constante lucha interna, entre el corazón y la razón, que nos va deteriorando, inclemente, hasta el fin de nuestros días.

Es posible, que haya empezado el año con cierta sensación de hastío. Algo cansado de mi mismo y de oírme repetir, hasta la saciedad, el mimo discurso cansino. Mi condición humana me puede, como a cualquiera, y a pesar de tener grabada la frase madrugadora: “Nunca dejes de sonreír” en el despertador de mi móvil, no es fácil cumplir con la tarea a rajatabla el resto del día, aunque haya de reconocer, que gracias a mi carácter afable, suele haber buena disposición.

En fin, no hay nada que el tiempo no cure, seguramente, uno de estos días, me despierte viendo la vida de mejor color. Hasta entonces, dejaré que las corrientes zarandeen, a voluntad, mi transporte inusual. Pues, de momento, no me veo con ganas de aferrarme al timón. Y partiendo de la base, de que las mareas me vapulearán, tanto si tengo el control, como si no, optaré por tomarme las cosas con calma, y dejar que éstas crean, momentáneamente, que me han vencido.

Ilustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. Toda contribución a mi cruzada será bien recibida. 


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