sábado, 19 de abril de 2014

Pasando Página


En el año 2010 descubrí que era disléxico, desde entonces, no he dejado de leer todo lo que he podido sobre ese tema. A pesar de ello, a día de hoy, al margen de algunas teorías no concluyentes, lo único que sé con certeza, es que hay cientos de personas que se ven afectadas por los mismos síntomas que yo, sin que nadie haya llegado a elaborar un diagnostico sólido, que demuestre y ratifique, a ciencia cierta, su origen y erradicación. Ante ese extenso y confuso mar de hipótesis, me decanto por no darle mayor importancia al asunto, continuando mi viaje en el turbulento mar de la vida, cabalgando solo, para no perder la costumbre, con rumbo invariable hacia las reconfortantes puestas de sol.
Cuando me hallaba sumido en la ignorancia, tenía su razón de ser el que me preocupara, pues era evidente que algo no funcionaba como debía en mí sesera. Pero ahora que sé, en cierto modo, de que se trata, entiendo que es hora de pasar página y centrarme en las cosas que me gustan, sin dejar de seguir evolucionando como lo he estado haciendo desde que era niño, con lentitud y soledad, sí, pero seguro de mi mismo.
Darle demasiadas vueltas a un tema, sea cual fuere, no va conmigo, no tengo paciencia para ese menester. Y es que nunca he servido para revolcarme en mis miserias. De hecho, no comprendo a las personas que se regodean con las suyas. ¿Qué placer puede haber en ello? ¿Qué esperan obtener a cambio? ¿Quizá crean que los demás les vamos a querer más si hacen propaganda de las mismas? Si es así, considero dicha aptitud una penosa e inmadura perdida de tiempo, y yo, valoro en demasía mi tiempo, pues lo considero un bien escaso, que se ha de aprovechar al máximo, en la medida en que sea posible. Por consiguiente, me alejo instintivamente de esos peligrosos bucles depresivos siempre que intuyo alguno de sus remolinos cerca.
Lo más positivo de haber tomado consciencia de mí citada cualidad, es que me ha permitido jugar con ventaja a la hora de ir encaminando a mis hijos en sus estudios. Partiendo de la idea de que mis características especiales se heredan, no he dudado ni un segundo en mantenerme receptivo en cada una de sus etapas escolares. Hasta la fecha no han dado señales claras de poseer mis dones. Algún que otro amago de brote se ha dejado ver, pero la pericia docente de mi esposa los ha fumigado y podado sobre la marcha, haciendo del defecto una virtud en un espacio corto de tiempo. Eso, en mi humilde opinión, dice mucho. Cabe la posibilidad de que todo se base en una mera falta de atención. A fin de cuentas, los niños disléxicos, son seres inteligentes chapoteando en un mar de dudas. Quizá, porque sus mentes imaginativas les hacen anticiparse a la jugada del docente, sacando conclusiones confusas de lo que, éste, realmente les quiere enseñar. Si solventamos sus lagunas y apaciguamos sus temores con premura, sanearemos y nutriremos sus auto-estimas maltrechas. La seguridad en si mismos es la clave. Es el único combustible que demandan para seguir adelante. No importa que los otros niños sean más rápidos con sus tareas, lo que cuenta es que los estimulemos para que se superen a sí mismos, para que avancen progresivamente, sin permitirles, que pierdan sus valiosos objetivos por la malsana debilidad de compararse con otros niños. Si lo hacemos así, sin desfallecer en el intento, nuestros hijos, en un momento dado, adquirirán la madures suficiente para entender que no existen dos personas iguales, que todas, en mayor o menor medida, arrastran con alguna deficiencia, por lo que, el noble arte de la auto-superación personal, les parecerá la cosa más natural del mundo. Es más, me atrevería a decir, que no existe nada más natural que eso. Es, sin lugar a dudas, la fuerza motriz de la humanidad desde los albores de los tiempos. Visto así, desde esa perspectiva, el termino “Deficiencia” cae por su propio peso, pues no hay lugar para él en un equilibrado y evolutivo universo plagado de vida en constante expansión. Je, je… No os asustéis, no estoy bajo los efectos de algún narcótico, solo amplio mis horizontes, porque engrandeciendo la visión de las cosas, las nimiedades generadas por lo que somos o dejamos de ser, se extinguen, sin más. Situándonos, a todos, a un mismo nivel, a ras del sólido suelo, pisando su firmeza y mirando al frente con la dignidad impoluta, desprendiendo destellos lumínicos tal cual armadura recién pulida. Porque todos somos estrellas brillando en un mismo firmamento, sin cuestionar cual se halla más lejos o más seca. Lo que vale es la evidencia de la luz que proyectamos. Es así, que lo que veamos en nosotros mismos será lo que los demás vean en nosotros. Y si dicha visión es buena, nada más importa.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

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