martes, 2 de septiembre de 2014

Tus Zonas Erróneas

Todos tenemos un libro imprescindible. El mío, es “Tus zonas erróneas” de Wayne W. Dyer. Siempre lo tengo a mano, aunque esté inmerso en la lectura de otro u otros libros, dependiendo del grado de ansiedad lectora que padezca en el momento.
Aquel lejano día (allá por el año 1983) en el que casualmente di con él, se marcó el fin de una etapa en mi vida y comenzó otra, en la cual, éste, tomó una relevancia que en principio no supe prever.
En aquella época, mi mundo interior se hallaba en ruinas, devastado por mi impulsiva decisión de abandonar (unos años atrás) mis estudios.
Un día, me levanté y le dije a mi madre que ya no lo soportaba más, que por mucho que me esforzara, no conseguía estar a la altura de lo que se esperaba de mí en la escuela, y en consecuencia, no quería seguir asistiendo a la misma. Ésta, resignada, se lo comentó a mi padre, y éste, al igual que le dijeron a él, me dijo: - Si no quieres estudiar, tendrás que trabajar. – por lo que, a partir de entonces, comencé a ayudarle en sus tareas.
 No negaré que me sorprendió la facilidad con la que se desenvolvió la situación. Siempre había temido las consecuencias de dicha petición. No obstante, partiendo de la base de que mi madre se avergonzaba de mis notas cuando las otras madres presumían de lo buenas que eran las de sus hijos, tampoco era de extrañar que ya hubiesen hablado de ello antes de que yo tomara dicha decisión.
Lo cierto, es que nunca me sentí plenamente apoyado por ellos en lo que a mi formación académica se refiere. No digo que no se preocuparan, lo que intento decir, es que nunca contaron conmigo a la hora de decidir que era lo mejor para mi en ese campo.
Siempre tuve la sensación de estar solo. Dicha sensación se hizo rotunda al finalizar 4º de EGB. Mi profesora y la de la clase contigua se habían pasado los tres trimestres parloteando puerta con puerta descuidando por completo a los alumnos. Finalizado el curso, nos suspendieron a todos sin excepción porque no dábamos la talla. Todos los padres de los afectados se movilizaron contra dicha injusticia, salvo los míos. Consiguieron que sus hijos pasaran a 5º con la promesa del director de cubrir las lagunas que les hubiesen quedado del desastroso curso anterior. Yo, simplemente, tuve que repetir. A pesar de hallarme en la misma situación que el resto de los niños, fui el único que tuvo que repetir y soportar los hirientes comentarios jocosos de mis “ex-compañeros”.
En aquel transe, no podía dejar de preguntarme por qué mis padres no se presentaron a dar la cara por mí. ¿Por qué consideraron que lo suyo era que repitiese? ¿Por qué no hablaron conmigo antes de tomar esa drástica decisión? nunca lo supe y nunca lo sabré.
El caso, es que ese día, tuve la rotunda certeza, de que estaba completa y absolutamente solo. Dicho sentimiento, generó en mí, la imperiosa necesidad de huir de aquel reino de incomprensión, convirtiéndose, con el tiempo, en el persistente artífice de mi posterior abandono de los estudios.
Así, en el 83, en plena adolescencia, me dejaba arrastrar, a la deriva, por las circunstancias que acontecieran sin oponer la más mínima resistencia. Pues, a excepción de la música, nada tenía el más mínimo aliciente para mí. Hasta que di con el libro. Estaba en el estante de una librería, hoy día desaparecida, de la calle Triana. El machanguito formado por palabras en la portada del mismo fue lo primero que atrajo mi atención. Entre en la librería y me dirigí sin titubeos al expositor. Cogí un ejemplar, lo abrí al azar y ley:

“El hacerte cargo de ti mismo significa dejar a un lado ciertos mitos muy generalizados. A la cabeza de la lista está la noción de que la inteligencia se mide por la capacidad de resolver problemas complejos; de escribir, leer y computar a ciertos niveles; y de resolver rápidamente ecuaciones abstractas. Esta visión de la inteligencia postula la educación formal y el conocimiento académico o la cultura como la verdadera medida de la realización personal. Fomenta una especie de esnobismo intelectual que ha obtenido consigo unos resultados muy desmoralizadores. Hemos llegado a creer que una persona es "inteligente" si tiene una serie de títulos académicos, o una gran capacidad dentro de alguna disciplina escolástica (matemáticas, ciencias), un enorme vocabulario, una gran memoria para recordar datos superfluos, o si es gran lector. Sin embargo los hospitales psiquiátricos están atiborrados de pacientes que tienen todas las credenciales debidamente presentadas –como de muchos que no las tienen-. El verdadero barómetro de la inteligencia es una vida feliz y efectiva vivida cada día y en cada momento de cada día”

Al segundo de leer ese párrafo una luz se encendió en mí. Sentí, que debía cambiar mi modo de afrontar la vida y que, contra todo pronostico, estaba más que capacitado para llevar a cabo dicha cruzada.


Os animo a que lo leáis. Pues lo que ha sido bueno para mi también podría serlo para vosotros.

lustración ©MarcoASantanaS
No dudes en comunicarme cualquier error que halles en mi escritura. 
Toda contribución a mi cruzada será bien recibida.

Safe Creative #1409021885426
yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

No hay comentarios:

Publicar un comentario