lunes, 10 de febrero de 2014

Despedida Inesperada

La muerte llega sin avisar, nunca estamos adecuadamente preparados para recibirla, y menos, cuando su oscuro propósito es arrancar de nuestro lado a uno de nuestros seres más querido.

Mi Padre a muerto, tan pronto estábamos juntos como dejamos de estarlo. El pasado Miércoles, estuve sentado a su lado, compartiendo unos momentos entrañables, en los que la sutil complicidad de nuestras miradas simplificaba el uso de las palabras. Yo le quería y él se sabia querido, y ese vinculo emocional lo impregnaba todo en nuestros encuentros ocasionales, eclipsando todo lo demás.

Era un hombre parco en palabras, hablaba solo cuando lo consideraba necesario, y normalmente, para dejar bien clara su postura ante las cosas. Honesto, hasta las últimas consecuencias, no permitía que nadie se llevase a engaño con su persona, él era quien era y no había vuelta de hoja.

Aficionado a la Filatelia consumía sus horas traqueteando, lupa en mano, enfrascado en el estudio de su estimada colección de sellos. Era habitual encontrarlo sumido en este menester, refugiado en su pequeño e improvisado escritorio, plagado de correspondencia, sobres, folios y estilográficas, objetos, metódicamente ordenados alrededor de una desgastada máquina de escribir. Él, no entendía de ordenadores y email, lo suyo, era el rítmico y sonoro ruido de las teclas, las improntas en tinta y el aroma y la calidez del papel.

Gustaba de salir a pasear todas las tardes con sus muletas en compañía de mi Madre. Siempre batallando por mantenerse activo a pesar de que la descalcificación de sus huesos y su cadera desviada no acompañaban al esfuerzo. Recuerdo verlo a primera hora de la mañana ejercitándose con las muletas, de un lado a otro, de una parada de Guaguas que hay al lado de su casa. Que entereza, que fuerza, así es como lo llevaré siempre arropado en mi corazón, no deseo recordarlo de otro modo. Morir con dignidad era su principal prioridad.

Hará cosa de un mes, perdió el sentido, y cuando despertó era incapaz de valerse por si mismo. Lo llevamos a urgencias, y tras una larga mañana de incomodas pruebas medicas, nos lo devolvieron sin que supieran decirnos que le había pasado. No obstante, al margen del insulso diagnostico y de nuestra consecuente preocupación, mi padre, volvió a casa feliz y despreocupado, porque su mayor aspiración era la de fallecer envuelto en el confort de su estimado hogar.

Y así fueron las cosas. Sentado a su lado, vi que le temblaban las manos y que no conseguía acomodarse en su silla. Pensé que tenia frío y le puse su manta sobre las rodillas, ayudándole a acomodarse en ella. Cuando me cercioré de que estaba a gusto, le pregunté, si quería que le llevara al hospital. Mirándome, socarrón, me dijo: - Que no cunda el pánico. Todo va bien. – Esas fueron las últimas palabras que intercambiamos. Horas más tarde, mi madre me llamaba asustada, diciendo que mi padre se había dormido y que no se despertaba. Llamé a una ambulancia, pero ya era tarde, la llegada de ésta solo sirvió para ratificar lo que todos temíamos.

¡Hay! Viejo cabezota, te has salido con la tuya y nos has partido a todos el corazón.

Dejaste dicho, que te incineráramos y que te enterráramos a los pies de un pino en la montaña de Bandama, lugar en el que disfrutaste de tu infancia, y así lo hemos hecho.

Papa, duele haber pasado tantos años lejos de casa y que hayas partido justo ahora que acababa de volver. Da la impresión de que estabas esperando mi vuelta para partir. Es todo tan confuso.

No te retengo más, suelto las amarras y te veo zarpar, mientras me despido con un, hasta pronto, Papa. Has muerto como solo lo hacen los hombres buenos, te levantaste a almorzar, como el que carga las alforjas para emprender un largo viaje, y te dormiste plácidamente, como el que, paradójicamente, alcanza el fin de un largo recorrido y demanda imperiosamente descansar, con la conciencia limpia y la satisfacción de haber hecho siempre lo correcto.

Que el camino al firmamento te sea propicio, y que en él, encuentres la paz que indudablemente mereces. A mi, aun me quedan muchas cosas por hacer aquí, pero cuando haya cumplido con lo que me toca y deba emprender tu mismo viaje, me gustaría que me esperases al final del camino. Quisiera rememorar algunos de los momentos vividos juntos. Podríamos recoger estrellas caídas como cuando te acompañaba de niño a recoger hojas secas en los jardines. Quizá se pueda aprovechar alguna para engalanar la capilla del cielo, como solías hacer con las flores en la capilla de la parroquia del Monte. No sé, como me solías decir, ya se nos ocurrirá algo.

Ilustración ©MarcoASantanaS
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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez