viernes, 18 de diciembre de 2015

Autoanálisis ;-)

Hola a todos, nuevamente, este navegante, se embarca al son de las mareas con sus Bitácoras de Autoanálisis, con el único y sano fin, de entender la dislexia que le domina desde su más tierna infancia. Así, compartiendo su visión del mundo a través del prisma de la misma, saca partido de la cualidad de padecerla para ayudar a otros a entenderla desde dentro, desde su origen. Es así, que partiendo de la premisa de que ayudar a los demás es ayudarse a uno mismo, se afana en compartir sus experiencias y razonamientos (siempre que le es posible) con aquellos que así lo deseen. Confiando siempre, en que dichas cuestiones puedan ser de utilidad para el que lo precisé.
Lo normal es que inteligencia y memoria vayan siempre unidas de la mano. Una no suele estar reñida con la otra, salvo si eres disléxico. En ese caso, la inteligencia y la memoria van cada una por su lado. Soy de la opinión de que los disléxicos vamos sobrados de inteligencia, lo que nos falla es la memoria, la capacidad de almacenar conocimientos con fluidez. Nuestros enlaces neuronales se desunen con la misma facilidad con la que se unen si no nos esforzamos el doble que la mayoría en retener la información, lo cual, nos hace quedar por debajo del betún allí donde deberíamos deslumbrar. Ante ese panorama, es fácil rendirse ante los hechos, tirar la toalla sin plantar cara a la adversidad y dejarse arrastrar por las corrientes caudalosas de nuestro destino sin hacer nada al respecto. Os lo dice un hombre que navega al son de las mareas pilotando una botella con un timón meramente decorativo. No obstante, este maduro disléxico se niega a dejarse arrastrar, aun sabiendo, que su destino en este universo imaginario es danzar al son de las mismas. Y es que la condición de disléxico nos lleva a sentirnos vapuleados con más frecuencia de la que estamos dispuestos a asumir. Nos obliga a ir a tientas por el mundo. Sin tener nunca la certeza de estar haciendo las cosas como se supone que el resto de los mortales las hacen. Vivir presos en las mazmorras de la incertidumbre es deprimente, lo sé, pero déjenme deciros que ello no nos impide extender nuestras alas, alzar el vuelo y explorar universos paralelos llenos de alternativas de supervivencia que solo nosotros podemos ver. Pues con la madurez he aprendido a observar las cosas desde fuera. A verme tal cual soy, no como los demás acostumbran verme. Tened en cuenta que la verdad solo duele cuando es la consecuencia de una mentira. Si por una comprensible necesidad de ser aceptados nos negamos a asumir nuestra condición aunque esta se estampe constantemente en nuestras narices, flaco favor nos estaremos haciendo. La aceptación es el primer paso para mejorar. Ello no quiere decir, y lo he comentado infinitas veces, que abracemos una actitud de auto compasión negándonos a hacer determinadas cosas porque lo que somos nos lo impide. Yo, personalmente, me niego rotundamente. No tengo ni la más mínima intención de vivir esta extraña y corta vida regodeándome en mis miserias bajo un patético abanico de quejas. Ni me encasillo, ni permito que los demás me encasillen. Si tropiezo y caigo, me levanto, me sacudo el polvo y continuo adelante, siempre me las he apañado para resurgir de mis cenizas. Reinventarme es mi razón de ser. Por ello, eludo sin titubeos las etiquetas, por ello evito con firmeza los “yo soy”. Porque, por ser, soy muchas cosas, y es el conjunto de ellas las que me conforman. Una mera cualidad como la dislexia no me define. Solo es una cuestión, como tantas otras, con la que he de lidiar en mi vida.
Como ven, el ser honesto con uno mismo facilita el rumbo a tomar, no obstante, desplegar dichas velas tiene su precio. No voy a mentiros. Cuando reuní el valor para hablar abiertamente de mi dislexia tuve que asumir que muchas personas de mi entorno empezarían a mirarme de otro modo. Y una vez empecé a publicar mis bitácoras en la red así sucedió. Era inevitable, a las personas les cuesta entender lo que no pueden ver. El escepticismo, reina a sus anchas en nuestra sociedad moderna, y poco o nada podemos hacer al respecto. No sé ustedes, pero a mi me es indiferente. Mi intención nuca ha sido convencer a nadie de nada. Solo buscaba el modo de sincerarme conmigo mismo y, al tiempo, mejorar mis deficiencias con la practica. Porque escribir se me da fatal, y si es a mano, no te cuento. Seguro que en ello influyen otros factores, no solo la dislexia, como podría ser mi penosa caligrafía y mi vergüenza a exhibirla públicamente. Este temor a influido poderosamente a la hora de abordar el mundo de las palabras apoyándome en las sofisticadas muletas de las nuevas tecnologías. Admito sin reparos que mi mundo sin la informática no seria el mismo. Esta me ha salvado la vida, ya que cuando empleo los métodos tradicionales, no puedo evitar estamparme de bruces contra la cruda realidad. Sorprendiéndome, a mi mismo, con errores garrafales en mi ortografía que me hunden emocionalmente en la miseria, e impulsan a mi yo interior a gritar de impotencia: ¡Dios! ¡Quiero ser normal!. Y es que, es extremadamente fácil, olvidar que eres disléxico cuando usas los medios informáticos. Tanto es así, que en mi regocijo, bendigo abiertamente a los creadores de esta mágica ciencia que me hace sentirme un ser completo.
Y ya que he hecho mención a el escepticismo de nuestra sociedad moderna, aprovecharé para confesar que yo mismo soy muy escéptico en muchas cuestiones. Sin adoptar una posición radical ante lo que no comprendo, mantengo una actitud abierta, receptiva, sin decantarme por unas o por otras. Soy de los que no se dejan arrastrar por ningún tipo de doctrina e ideología. No me caso ni meto la mano en el fuego por nadie, porque parto de la base de que todo es cuestionable. Os cuento todo esto, porque es curioso, que siendo como soy, haya creado este blog. Muy a mi pesar, soy consiente de que si no fuera por los síntomas de dislexia latentes de siempre en mi persona; dudo mucho que creyera en ella del modo en el que lo hago. En ese aspecto no me reconozca a mi mismo.  Y es que a un ser tan escéptico como yo le resulta fácil entender a los que no creen en ella. Aunque ello implique tirar piedras en mi propio tejado. Lo cual no quiere decir que me agrade tanta falta de empatía. Pues, como he dicho, una cosa es no creer y mantener una actitud abierta de comprensión hacia algo que no comprendes, y otra muy distinta, es no cree y cerrarte en banda en una actitud de rechazo social hacia algo que consideran una soberana falacia promovida por un grupo de pirados, fruto de la necesidad de justificar su incompetencia ante el sistema educativo establecido.
A los disléxicos nos cuesta horrores administrar nuestro tiempo. Y si la organización del mismo implica coordinar con otras personas la tarea se puede complicar más de lo previsto. Diciendo, que cuando mi mujer empieza a contarme toda la nueva programación anual de nuestros Chuquis no doy pie con bola, creo decíroslo todo. No consigo hacerme una idea de lo que me cuenta hasta que me veo inmerso en la faena en cuestión. De hecho me agobia mucho escucharla. Suena mal decirlo pero es así. A pesar de que lo que mi mujer hace es lo normal. Las parejas no pueden funcionar como es debido si no coordinan y más si hay niños por medio. Demasiadas responsabilidades en juego como para ir por la vida en las nubes. Quizá lo que me agobia no sea el que me lo cuente sino en no saber si me dará tiempo de hacerlo todo, puedo ser muy despistado pero ante todo soy terriblemente responsable. 
Ese exceso de responsabilidad es el que me mueve, a día de hoy, a mejorar mi currículum vite. Los años pesan y, como comenté en una entrada anterior, necesito encontrar un trabajo que me aporte unos ingresos más estables que los que ahora tengo. El trabajo de freelance requiere un esfuerzo y una dedicación que me empiezan a pasar factura. Necesito algo más ligero. Algo que no me sature tanto. Por ello me he metido en algunos cursos que me faciliten, o cuando menos, me sirvan de empujoncito para acceder a otro sector profesional. 
Movido por ese afán, cometí el terrible error de interesarme por un cartelito de esos que ponen en los escaparates anunciando un módulo de FP de grado medio semipresencial. Este resultó ser de auxiliar de administración y gestión (un tema que, francamente, no me interesa en lo mas mínimo) por lo que me dispuse a continuar mi camino. Pero antes de que pudiese mover un músculo, la visionaria de mi mujer, que siempre actúa por impulso, ya estaba formulando la matricula por teléfono movida por una epifanía momentánea en la que me vio en un puestito de funcionario o algo parecido. Por lo cual, al margen de mis razonables discrepancias, me veo haciendo un curso, que no sé bien si me podrá servir de algo, movido por (digámoslo de un modo sutil) una saludable necesidad de perpetuar la serenidad en mi entorno familiar. Y es que cuando a mi mujer se le mete una idea en la cabeza no hay quien se la quite.
Esta iniciativa requiere su valor, no solo porque hace muchos años que no estudio a ese nivel y he perdido el habito sino porque me obliga a enfrentarme una vez más a mi inevitable dislexia. Pero bueno, el empuje nunca ha sido mi problema aunque en este caso sea mi mujer la que me empuje. En fin, de perdidos al río y ya se verá que sale de todo esto.
En principio, con esta vuelta como alumno al mundo de la enseñanza veo un poco de todo, destacaría como muy positivo a los docentes con empatía hacia las inquietudes de los alumnos, y, por el contrario destacaría como negativo a los docentes “institucionalizados". Estos últimos son los que me preocupan, porque se hallan ajenos a la realidad que se vive fuera de sus aulas. Son personas formadas en el entorno docente para trabajar en el entorno docente. Que no conocen otra realidad que no sea esa. Encerrados en la burbuja de su lucimiento personal, sin ver más allá, a la vez que van reincidiendo en los mismos errores de quienes les formaron. Porque tristemente, todo se pega, tanto lo bueno como lo malo. Y cuando el impulso inicial se pierde y se acomodan a la rutina de sus puestos, entran en una fase de letargo encubierto del que no les es fácil salir. En ellos, no puedo evitar ver un gran despropósito cuando atiborran las materias de datos superfluos que los alumnos no van usar, ni llevar a la práctica en la vida, por el mero hecho de que las materias que imparten no pueden ser menos importantes que las que imparten los demás. En resumen, que se empecinan en hacer complicado lo que no lo es, por razones ajenas al auténtico espíritu de la enseñanza: La sencillez.
En mi humilde opinión, estos docentes “institucionalizados”, tienen mucho que aprender no solo de sus compañeros con empatía, sino también de los formadores del sector privado. Esos que viven el día a día con las necesidades reales de la gente de a pie. Personas curtidas en el rol de sacar a flote lo mejor de cada trabajador con el fin de ayudarles a ser más competentes en la labor que desempeñan. Al final, lo que cuenta no es saber mucho de todo, sino conocer lo esencial de cada cosa.
Y ustedes se preguntarán que demonios sabrá éste curtido disléxico de educar. Pues os diré que, al margen de haber vivido en mis propias carnes las consecuencias de la educación irracional en mi niñez, he impartido incontables cursos de diseño asistido por ordenador tanto para centros privados como instituciones y particulares, lo cual, me permite adoptar un actitud crítica del tema en base a dicha experiencia.
Para terminar, quisiera comentar que, a veces, me preocupa que os creéis una imagen errónea de mi. Por ello insisto en recordar que soy una persona corriente, tengo mis momentos buenos y mis momentos malos como todo el mundo. No busco seguidores, no molesto a mis familiares, amigos y conocidos suplicándoles que se unan a mi blog. No voy de simpático ni borde. Nada más lejos de la realidad. Mis bitácoras intentan ser inocuas en ese sentido, sobre todo, porque vengo jugando con Internet desde su liberación en los noventa, y sé, que los internautas suelen tender a interpretar lo que leen según el estado de ánimo en el que se encuentran, lo cual, lleva a malos entendidos. Resumiendo, sólo me interesa profundizar en la dislexia, porque, pese a todo, no me considero una víctima. Un incomprendido, quizá, pero nada más.
Ilustración ©MarcoASantanaS